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Sortilegios



Lo único positivo que uno le puede sacar a las tiranías es su falta de tacto a la hora de enmascarar sus intenciones. Sus actos reflejan su voluntad, sin injerencias de atrezo. Se agradece su pornográfica escenografía. Celebran su impoluta potestad sin prejuicios. Es lo que tiene no deberse a un electorado. En nuestras democracias es difícil distinguir entre el discurso impostado y la honesta palabra. Es más, luce mejor y resulta en no pocas ocasiones más verosímil la pirotecnia del ladrón que la lucidez del justo. Como en las películas, el malo nos subyuga con su pose ambivalente, convirtiendo al bueno en pelele sin sustancia. Las chicas eligen al chico malo, al chulo con moto y moral difusa, pese a pagar con creces los efectos secundarios que arrastra tras de sí. El ciudadano (incauto) bebe en las manos del político que presente los títulos de crédito más espectaculares. Como en la publicidad, apostamos por caballo ganador en el jinete que luce mejor, pese a que su cabalgada sea mediocre. En política, aunque nos duela, cuenta más una presentación efectista que el discurso que debiera sustentar el ejercicio del poder. Somos así de ingenuos. A costa de contemplar un producto acabamos creyendo en sus virtudes, sin necesidad de haberlo testado previamente. El medio es el mensaje, vaticinó McLuhan. Las ideas son tan solo la cáscara que adorna la puesta en escena. Tiene éxito quien es capaz de generar estados emocionales en torno al producto que intenta vender. El discurso racional nada tiene que hacer frente a una eficaz sugestión. La fría razón deviene en artificio, mientras un sortilegio bien diseñado alienta nuestra confianza. El sentido común, cuando carece de una emoción que lo acompañe, torna en sospechoso sinsentido. Quizá por esta razón la política está más cerca de ser un subgénero literario que una técnica social, ya que la materia de la que se sirve no son hechos o ideas, sino esperanzas y perplejidades. ¿Acaso importa si un proyecto político es honesto o no? La clave está en el adorno, en la presentación de un escenario que exorcice nuestras expectativas. Pese a la común aceptación de que detrás de todo votante hay un ciudadano racional, la realidad desvela que votamos imponderables, humo, anabolizantes del deseo. La ideología política es tan solo la salmodia que acompaña al ritual, la letanía que reza el penitente, retórica perlocutiva. 

Pensamiento positivo



No es inusual encontrarse en entornos laborales y en declaraciones políticas numerosas arengas a favor de un pensamiento positivo, una soflama en pro de la voluntad individual, el esfuerzo y la capacidad de adaptación al medio social como condiciones de mejora personal. Casi que se ha convertido en una religión, avalada por especialistas y gurús de moda. El coaching es en nuestros tiempos una nueva profesión; cientos de vendedores de buen rollo pululan en todos los medios ofreciendo sus servicios para mejorar tu vida. 

Lo inquietante de esta nueva religión es extrapolar su utilidad del mero plano psicológico o terapéutico al social y político. Con facilidad este elogio del pensamiento positivo se convierte en excusa para políticos y mercaderes que justifican sus medidas voraces, pidiendo a la ciudadanía una pasiva adaptación a la realidad presente, sin el arbitrio del pensamiento crítico y la reivindicación de derechos sociales. La religión del pensamiento positivo conduce con facilidad a un conservadurismo sociopolítico que fomenta la pasividad frente a situaciones de flagrante injusticia, adocenando al ciudadano y exigiéndole con descaro una dócil adaptación a los hechos. Es más, bajo este prisma, el ciudadano es presentado como único culpable de su situación; si está en paro, es a causa de su indolencia o su incapacidad de superar situaciones adversas. La causalidad estructural de la pobreza es sustituida por una suerte de nueva versión sofisticada de determinismo psicológico. El pobre lo es -como pensara el burgués decimonónico- por méritos propios y no por la estructura socioeconómica que sustenta las relaciones sociales de producción. Para salir de la miseria no es necesario introducir crispación en el entorno laboral (quejarse, hacer huelga, impedir desahucios,...), sino simplemente superarse a sí mismo. Si te va mal es que no te has esforzado lo suficiente.

Quizá, estimado lector, crea usted que esta forma de pensamiento es residual o venial, pero mucho me temo que empieza a convertirse en una tendencia viral en los entornos laborales, los debates entre intelectuales, entre tertulianos profesionales, y en el credo vendido desde el púlpito político. Y su narrativa cala en la ciudadanía, quien por puro miedo y perplejidad acaba cediendo a su meridiano argumentario, debilitando el pensamiento crítico y la confianza en la presión social como detonante de cambio. Como diría el filósofo Kant en su famosa obra ¿Qué es la Ilustración? -un texto de sorprendente actualidad-, por todos lados oímos a auto declarados tutores de la ciudadanía decirte lo que debes pensar, en lo que debes creer y cómo ser feliz. Y, como subrayara Kant, esta situación no está causada tan solo por los gurús de lo ajeno, sino que el propio ciudadano, cómodo y temeroso, acepta con docilidad y resignación tamaña intendencia. 

La adaptación al medio social se ha convertido en la clave para asegurar la riqueza nacional y en manual básico del buen patriota. Esfuérzate y calla. En tiempos de crisis, interesa a los poderes fácticos un ciudadano silente, confiado, que ofrece con docilidad su fuerza de trabajo para satisfacer las demandas del sistema financiero. La crítica es percibida como amenaza contra el orden establecido y como distopía asocial. De ahí que el propio sistema educativo se convierte por lógica en una sucursal del Ministerio de Trabajo. Asimilar la realidad sin cuestionarla, sin el arbitrio de la duda. Estudia, esfuérzate, pero no pienses. Pensar nos sitúa en el territorio de lo posible; descoloca lo real, desacomoda el orden presente. El pensamiento positivo es por definición propia una mera asimilación de lo presente. El ciudadano adapta su estado emocional y sus pensamientos a un espectro limitado de escenarios, a los que debe responder por mero equilibrio psicológico. La disidencia es percibida como una patología. La felicidad como único horizonte de salud. Incluso conceptos como cooperación o inteligencia emocional pierden su carácter vindicativo y transformador, para convertirse en meros subproductos de esta religión conservadora. Trabajar juntos por objetivos comunes, pero sin transmutar el orden, sin cuestionar la estructura, sin tocar la médula. La dialéctica debe mantenerse dentro de los límites de la epidermis social, no debe atravesar el músculo. 

A esta tendencia contribuye con eficacia la crisis económica. Un ciudadano sin recursos es más manipulable, ya que sus necesidades quedan a merced del salvador de turno, al que vende sin mediar juicio su entendimiento por un plato de lentejas. Peor aún es temer perder lo que tienes que resignarse a no tener nada. Un reducción de derechos es mejor que el temor a perderlos todos.

Creer en tiempos del cólera




La filiación política tiene un singular parecido con los mecanismos de adhesión a las religiones monoteístas. Los hay que creen con devoción y acatan con fidelidad, aún a costa de suspender su capacidad de raciocinio, los mandamientos de los dirigentes, a quienes contemplan como poco menos que gurús incontestables, obispos benefactores o incluso dioses encarnados en la tierra. Quienes así creen evitan el diálogo racional, a no ser que sus interlocutores pertenezcan a igual iglesia y similar credo; cualquier argumento contrario a sus mandamientos es interpretado como herejía. Por supuesto, asisten con celo a los ritos de su partido, participan con docilidad en las actividades que sus líderes plantean y asienten con entusiasmo a las proclamas autocomplacientes con las que el sacerdote de turno arenga a sus correligionarios a la guerra santa contra los infieles. Repiten sin perder una coma las letanías que dicta el ritual y se relacionan con el resto de fieles, aplicando las fórmulas lingüísticas heredadas. Ni siquiera en tiempos de crisis dudan de la bondad de sus dirigentes, e interpretan estas fallas como efecto de la maligna naturaleza de la oposición política, nunca como consecuencia de sus propios pecados. 


También los hay que se sitúan en el otro extremo del espectro. Pertenecieron en un pasado a una religión, pero renegaron de ella, ya sea porque perdieron la fe o no encontraron en esa iglesia acomodo a sus intereses particulares. Estos últimos es fácil que acaben logrando asilo en cualquier otro templo. Aquellos que ya no creen, sin embargo, viven con impostada comodidad en su nihilismo político, convencidos de que cualquier religión acaba defraudando a quien se acerca a ella, convirtiéndolos en corderos, o peor, en corruptos. Quienes así descreen en realidad hacen de su ateísmo su religión, consiguiendo reunir en torno suyo a un grupo disperso y variopinto de seglares, fieles a la causa. La mayor parte viven, sin embargo, acomodados en una dulce contradicción: por un lado, dan fe de su increencia con marcado histrionismo, pero por otro se dejan llevar por su hedonismo solipsista. Por último, también los hay -los menos, por ventura- que utilizan la terapia del odio y la violencia como desfogue a su propia necedad.


Pero la tipología más extendida es sin duda la de los agnósticos, aquellos que sin creer en ninguna iglesia ni asistir a misa, confiesan tener íntimas convicciones políticas, más o menos estables. En público despotrican contra los sacerdotes, pero cuando llegan las elecciones acaban votando a la misma religión. Son agresivo-pasivos; desfogan su indignación, pero sin actuar contra la causa que la provoca. Escupen contra la institución, pero aman en silencio a su dios particular. Este grupo es tan numeroso que las religiones tienen éxito gracias a su subyacente fidelidad; si tuviera que sostenerse a través de los beatos, ninguna religión pasaría de ser una secta con pretensiones. Digamos que su fe funciona a distancia, teledirigida a través de resortes inconscientes, mecanismos de adhesión fundamentados en el miedo a condenarse en un vacío sin dios. En algo hay que creer, dicen. A alguien hay que votar.

Por último, es justo y necesario incluir una inusual categoría dentro de esta subjetiva taxonomía: los deístas, los ilustrados. Rara avis. Reconocen un dios, pero sin admitir revelación ni adherirse a culto alguno. Poseen convicciones profundas, pero protegen con determinación su independencia intelectual. Creen dentro de los límites del sentido común, reniegan de la ignorancia, del celo irracional a la fe sin el arbitrio de la razón. Observan el ritual religioso como gesto irracional, repetición mecánica para el adoctrinamiento. Entre ellos, los hay que militan en alguna iglesia, pero raramente adquieren notoriedad o cargo; su resistencia al autoritarismo y a una fe ciega les hace entrar con facilidad en el subgrupo de potenciales herejes. Pensar y creer son a menudo dos actividades que se excluyen una a la otra. La religión busca adhesión incondicional,  fe sin pruebas, beso al anillo del líder. Sin embargo, los deístas son no tanto una amenaza real, cuando una molesta enfermedad para los sumos sacerdotes, fácil de sajar y eliminar. La clase sacerdotal los interpreta ya sea como molestas moscas buscando sillón o como espías políticos. Rara vez un cargo político escucha los argumentos del hereje; se limita a clasificarlo de inmediato como un agente patógeno.


Por suerte, la actual crisis económica -más allá de su evidente virulencia- está provocando en la ciudadanía lo que Kant llamaba una salida de la minoría de edad política, un creciente despertar del sueño ideológico. La fe en dios (entiéndaseme a estas alturas la metáfora) se pone entre paréntesis, se somete al juicio de la razón. La ciudadanía es a día de hoy más escéptica en materia política de lo que lo era la generación precedente. Pese a que aún actúe bajo las reglas no escritas del agnosticismo, la actividad política es sometida toda ella a evaluación. Ya no se cree sin pruebas; se esperan resultados, hechos. Igualmente, la tradicional legitimidad basada en los liderazgos individuales es cuestionada, exigiéndose modelos de organización política colaborativos, más horizontales, flexibles y transparentes. La autocomplacencia triunfalista del líder vitoreado por masas de creyentes entusiastas da paso a ciudadanos que miran la letra pequeña del discurso. Asimismo, valores democráticos compartidos, más allá de la filiación política, sustituyen como sustrato moral al catecismo ideológico de los partidos políticos, obligando a éstos a repensar su naturaleza y su relación con la feligresía. Sin embargo, esta tendencia sociológica tiene también su anverso. La desideologización presenta una vertiente pragmática e ignorante de los principios democráticos que sustentan nuestra convivencia, lo que provoca un caldo de cultivo idóneo para el aumento de populismos variados y la adhesión a determinadas políticas tan solo por la consecución de beneficios individuales. La pérdida del sentido profundo de lo público como patrimonio colectivo es uno de los efectos perversos de este cambio social.


La ciudadanía española se encuentra en un punto emocionante, pero también inquietante, de su historia en democracia. De la inconsciencia de la adolescencia política debemos pasar a una adultez que, a ser posible, no sacrifique aquello que merece la pena. Recuperar la fe no tanto en la clase política como en los valores que sustentan nuestra vida en común; ese es el reto. Me sumo al adagio de Agustín de Hipona: pensar sin dejar de creer, creer sin suspender el juicio.

Pensar la religión en democracia



¡Cuánto echa en falta uno un referendo sobre si la religión debe seguir o no dentro del sistema educativo! Una parte de la sociedad interpreta como regresivo que se mantenga en escuelas públicas la enseñanza confesional de la religión -no su estudio, sino su pastoral; es importante el matiz-. De entre estos ciudadanos, algunos radicalizan su posición: en ningún caso debe darse religión en las escuelas, sea un área impartida bajo arbitrio de la Iglesia o sin él. La religión debe eliminarse de la escuela. Sospechan la inclusión de esta área como un adoctrinamiento inquietante de la ciudadanía. 

Otros, más moderados (entre los que me incluyo), están dispuestos a buscar un consenso: religión sí, pero dentro del currículo oficial, ya sea como área aparte o contenido trasversal, presente en algunas las áreas de estudio; pero en cualquier caso impartida por titulados, sin control ni injerencia de las instituciones religiones. Y ecuménica, es decir, dar a conocer la diversidad religiosa y sus tradiciones e importancia cultural, así como valores de respeto hacia las diferencias en materia de confesión religiosa. Esta es una de las funciones esenciales del sistema educativo. La escuela como espacio de convivencia. 

En el otro lado del espectro, están aquellos que defienden el mantenimiento de la religión católica dentro del sistema educativo. También entre éstos hay de todo. Los más radicales no solo piensan que debe mantenerse, sino reforzarse. Es el caso de la Conferencia Episcopal, quien ve en ello una evangelización frente a la pérdida de valores en una sociedad democrática cautiva de su permisividad y ausencia de referentes últimos. 

Entre los moderados, defensores del mantenimiento de la religión católica en las aulas, están aquellos que defienden que ésta debe darse con respeto y libertad, fomentando el carácter ecuménico y tolerante del cristianismo. No creen en la imposición cultural, pero sí en la importancia de ofrecer a través de la escuela un servicio a aquellos que quieren mantener viva su fe, sin detrimento del diálogo entre religiones. No es raro encontrar entre numerosos profesores de religión fieles a esta actitud pedagógica, compatible con un laicismo moderado, no beligerante. 

El abanico es variado, nunca homogéneo, por mucho que determinados grupos de presión quieran pintar el tema del color de sus afectos. Se hace necesario el consenso de una ley sobre libertad religiosa, respetuosa con la diversidad cultural de la ciudadanía, pero valiente. Cierto que no podemos seguir con el actual modelo, pero tampoco aceptar extremismos regresivos. 

Quien aquí escribe se niega a aceptar que no sea posible concebir la escuela como un espacio de diálogo sobre religión (y muchos más asuntos de interés público), pero sin imposición ni segregación. El actual modelo y aquel que defienden de manera radical ciertos grupos de presión, dificultan esta voluntad de tolerancia, convirtiendo la escuela en reflejo de la polarización de discursos, en su mayor parte politizados y teledirigidos con alevosía. Se divide a los alumnos por opciones, en vez de ofrecer un modelo que permita la convivencia entre diferentes afectos espirituales, que sirva de laboratorio de tolerancia para la vida diaria. Para que este consenso tenga efecto, ambos extremos deben encontrar un punto medio de encuentro, y ceder ambos algo en su intransigente estancamiento.

Lo malo conocido


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El País vuelve a publicar los resultados mensuales de intención de voto. Es injusto hacer una lectura largoplacista de una encuesta que solo pretende medir los ánimos de un momento. La liga mayor se juega en las urnas. Pero puede servirnos de ejercicio sociológico, reflexión provisional.

De primera, el repunte del PP revela que la ciudadanía es sensible en tiempos de crisis a cualquier mínimo cambio de temperatura política. Los sistemas de compensación, refuerzo y contraste funcionan como agitadores de confianza. Poco nos importan los debates de relleno; lo esencial es saber qué va a ser a corto plazo de nuestra hacienda, la de cada uno, la de cada casa, no la macroeconómica. Pese a ello, el Ejecutivo (léase PP) sube un 4% en intención de voto, y la imagen de su líder solo es desbancada por Díez. La izquierda se lleva las manos a la cabeza. ¿Cómo puede ser que con la que está cayendo la ciudadanía aún siga confiando en el Gobierno? El ruido mediático no parece ser detonante suficiente como para virar la intención de voto.

Rubalcaba, y por extensión el PSOE, es el líder peor valorado; y lo es no tanto por su verbo cuanto por la herencia que representa. Rubalcaba es una metáfora andante. Ya puede tener un proyecto atractivo que el poder connotativo de su perfil mitiga las virtudes del partido. El mensajero destruye las bondades del mensaje. Y el PSOE (el núcleo duro del partido, para ser más preciso) insiste en presentar su plan reformista sin cambiar de traje. El potencial electorado prefiere ser sometido a la dieta dura del Ejecutivo que probar nuevos platos. 

El 93% de los encuestados percibe la situación económica como mala, pero el Ejecutivo sería a día de hoy la fuerza política más votada; eso sí, sin siquiera acercarse a la ansiada mayoría. La participación en los comicios bajaría al 71,7%.

No tenemos los ciudadanos la impresión de que el PSOE haya realizado los cambios necesarios como para empujar al escéptico progresista hacia sus faldas. Se confía demasiado en que el manejo de las revueltas sociales acabe por mutar la intención de voto, pero no funciona. A los hechos me remito. La vieja sinergia entre protesta e izquierda ya no funciona. Una nueva ciudadanía desvincula su cabreo del trasunto ideológico. Tiene más fuerza la esperanza en que el Ejecutivo remolque el país que la búsqueda de nuevos capitanes que la dirijan. Lo malo conocido que lo mediocre por conocer.

Ferraz confía demasiado en la parábola del hijo pródigo, en el regreso del primogénito a la vera de su padre. Un órdago que sigue revelándose, a la luz de los datos, como un imponderable. Reducir la precampaña al desgaste del Ejecutivo, la pirotecnia pseudo reformista y las rentas (exiguas) de la protesta social, es más que menos. Nada. 

En tiempos de desolación



Con los partidos políticos sucede lo que con otras instituciones sociales con una ideología formal, construida a partir de una tradición: la pluralidad de su militancia no revela con transparencia el catecismo institucional, pero éste parece hablar en boca de todos y cada uno de los fieles. Una falacia que casi nunca es fiel a la realidad. Ni siquiera el silencio o el voto son sinónimos de adhesión a los mandamientos de palacio. El voto -más que nunca en estos tiempos- obedece a imponderables, más cercanos a la fe que consecuencia de una deliberación ponderada.

En los partidos existen diferentes capas de discurso, desde aquel que alimentan los desayunos populares a aquel que esgrime con seguridad calculada el Secretario General. Unos y otros no son el mismo discurso, ni se le parecen; se mueven dentro del terreno pantanoso de la opinión, no exenta de ínfulas de universalidad cuando está en juego la presidencia. No solo existe una fractura entre la narrativa de la ciudadanía y la del núcleo de los partidos. También dentro de palacio se cuecen grupos de presión en pugna, animados por la dispersión que genera la incertidumbre en las encuestas de previsión de voto. Así, Rubalcaba, de igual forma que interpreta el papel de fiel relevo de la vieja guardia, debe hacer brindis al pueblo soberano a fin de calmar su indignación y aparentar que sus catecismo es fiel reflejo de las demandas ciudadanas. No es extraño que Rubalcaba ofrezca en ocasiones la imagen voluble de deshojador de margaritas. Y ya se sabe, a base de querer contentar a todos, uno acaba no convenciendo a nadie. Por un lado, el Secretario General del PSOE es deudor de un legado de partido, ligado a una tradición palaciega que vigila temerosa que el núcleo discursivo se mantenga dentro de los renglones establecidos. Pero también debe responder a las exigencias del presente, calcular los riesgos de un viraje sostenible. En esta báscula inestable, la ecuación no es extraño que acabe dando como resultado una irresoluble inconsistencia que, bajo las reglas pragmáticas del cálculo de riesgos, se revelen al final fruto de un oportunismo impostado más que una firme voluntad de representar a una amplia mayoría de potenciales electores. Cabe preguntarse si esta inconsistencia no se debe a que el reformismo posee para el núcleo del partido tan solo un valor publicitario, nunca una oportunidad de cambio honesto. Que tradición y reforma no parten de iguales oportunidades en la mesa de debate.

Si este panorama se traslada al escenario de la militancia local la fractura se acrecienta de tal forma que se hace casi irreconocible a los ojos del socialista de calle. El discurso oficial (si es que existe algo así) no llega claro y distinto, y si llegara es tal la retórica y distorsión que arrastra consigo que acaba confundiéndose con la mentira, pese a su voluntad de transparencia. No es extraña esta respuesta natural del militante o simpatizante; el PSOE ha sido en las dos ultimas décadas un partido instalado en la seguridad institucional, despreocupado de la creciente erosión social entre su devenir y el electorado al que se debe. Su experiencia le tranquiliza; no cree necesario fidelizar votos más de lo necesario, convencido de que el electorado acabará volviendo al redil ideológico del que proviene. De ahí que no exista dentro del núcleo del partido, menos aún en sus miembros de la vieja guardia felipista, indicios que auguren un cambio de rumbo. La sociología habla alto y claro; buena parte de la ciudadanía nació después de 1982, y quienes nacieron antes realizan una lectura crítica de las últimas décadas de socialismo y sus intereses y demandas se mueven fuera del campo de visión reducida de los políticos. Sin embargo, las reglas no escritas de la mecánica interna del PSOE apenas han cambiado; se mantiene la misma base estatutaria, los mismos ritos, estructura de cargos y formas de participación. De ahí que uno de los pecados capitales más reconocidos por el simpatizante socialista sea el divorcio insondable entre su ideología originaria y los hechos. La lectura interna de esta fractura sigue siendo autocomplaciente y autista con la voz de la calle. Se realizan lecturas que tienen como horizonte la gobernabilidad, el cálculo electoral, no la fidelización de discurso, la sinergia social que caracterizara el socialismo ochentero. Este fenómeno se manifiesta con mayor crudeza en el electorado de izquierdas, quienes tradicionalmente necesitaban la fe ideológica como sustento de su confianza; el electorado de derechas (no todo, los hay que ligan aún PP con valores tradicionales como patria, religión,...) es esencialmente práctico, vincula su voto a la protección de derechos de clase; un mecanismo que ha afectado de manera radical también a numerosos votantes de izquierda, quienes supeditan su voto no a valores universales de justicia, sino a la obtención de bienes individuales (una lectura pervertida del legado socialdemócrata). La transmutación de los valores sociales debilita el discurso tradicional socialista, quien en tiempos de carestía debe mantenerse firme en la convicción de una necesaria equidad. Todo esto y más obliga al núcleo de Ferraz a bailar sobre un fino cable. Hasta la fecha se han mantenido fieles al adagio jesuítico de no hacer mudanza en tiempos de desolación; ser junco que agita el viento, pero no se rompe. La profilaxis autoimpuesta hasta la fecha opera poco más que como mero placebo; el corazón del aparato permanece inalterable, ligando su éxito futuro a circunstancias exógenas.

Déjà vu



El relato bufo, tragicómico, de la crónica política, por entregas dosificadas, pero insistentes, provoca el efecto perverso del hartazgo, anestesiando a una ciudadanía perpleja primero, indignada después y hasta los mismísimos desde hace tiempo. Lo mucho 'jarta', y la mente del respetable mira hacia otro lado, saturada de titulares monocordes. Lo que en un principio debía ser una sana transparencia informativa, que devenga en presión social, torna con el tiempo -ya saben, tragedia más tiempo igual a comedia- en plomiza reproducción de lo mismo, eterno retorno de igual contenido, bostezo colectivo. El drama documental que se intuye más allá de la imagen que proyecta el televisor o imprime la prensa diaria se transforma en guión cinematográfico; el imputado pasa a ser un actor sobreactuado, un personaje dentro de un guión prediseñado. Dejas de oír el latido de lo real, todo te parece atrezo, puesta en escena, y una sensación a déjà vu adormece nuestra capacidad de resilencia. Sucede entonces que el ánimo del respetable desconecta y pone el automático; mira sin mirar, oye sin dejarse afectar, interpreta la dramaturgia mediática como  aquello mismo que aparenta: puro artificio. La ética es sustituida por una estética mediocre que martillea la memoria ciudadana. Los medios acaban aliándose con aquellos que celebran la apatía popular. Y aquí no ha pasado nada.

Echa uno de menos una prensa creativa, que sin dejar de regalarnos el aciago espectáculo de lo real, nos sorprenda con una audacia y un ingenio comprometidos. Mucho pedir. Más aún a la luz de la crisis económica que convierte a los medios en poco menos que supervivientes. Resulta más fácil travestir la noticia en pirueta circense. El noticiero televisivo hace suya la retórica del reality; cabeceras y transiciones obedecen al ritmo visual del spot publicitario o el trailer fílmico. El hecho deviene en show. La excusa: ¡esto es lo que quiere el público! Informar se traduce en entretener, distraer el ánimo, a mayor gloria del share. Lo mismo da, da lo mismo. Bajo esta estética perlocutiva, atenta a la empatía efectista del espectador, la noticia se transmuta en ficción; la búsqueda de una objetividad sostenible deja paso al espejismo de la verosimilitud. No es extraño que para la ciudadanía tenga más credibilidad la subjetividad de un bloguero voluntarioso o las virales cuitas en una red social que la letanía inmisericorde del telediario. El amateur informativo huele a verdad, se convierte por ciencia infusa en reducto resistente al oficialismo de los media. 

Monago, la tibieza calculada



No seamos ingenuos. Ya lo dijo recientemente Felipe González: hay que hacer políticas de consenso. No porque sean más justas o ideológicamente más coherentes, sino porque arañan un espectro electoral inestable para las formaciones tradicionales. La realpolitik anglosajona -Blair dixit- es el futuro. Monago lo sabe y actúa en consecuencia. Ni siquiera es creíble el guión de hijo díscolo, azote de Moncloa. El Ejecutivo desea como ninguno regresar, después de su cruenta sangría de derechos, a un tímido centrismo benefactor; eso sí, siempre que la agenda presupuestaria que marca Europa lo permita. La defensa del Estado social es impostada, no lo duden. La reducción del IRPF prometida por Monago es una medida que se notará poco en la economía familiar, pero que aporta incluso antes de ser llevada a cabo grandes beneficios políticos; resucita electorado disperso y recupera el mito de la identidad regional frente a las imposiciones de Madrid. Ya desde sus inicios tenía claro el presidente del Gobierno de Extremadura que debía desideologizar su narrativa e introducir en momentos calculados happenings pirotécnicos con los que asegurar su imagen de gestor eficaz. Medidas caracterizadas por un mínimo impacto en la redistribución de la renta, pero de un óptimo rédito político. Incluso aquellas medidas que vienen aderezadas de sustrato moralizante, tan solo son maniobras de cálculo presupuestario que no reducen a pie de calle la fractura social. 

Sin embargo, no puede respirar aliviado el votante progresista, pensando que es patrimonio del PP este recurso dramatúrgico. El PSOE recurre con igual prestancia a esta tibieza, en busca del nicho electoral perdido, compuesto principalmente de una clase media hasta ahora blindada contra el desamparo, a la que se le debe ofrecer esperanza, pero sin cabrear a los mercados.

Es el sino de la política pos ideológica, acelerada por la disensión social que ha detonado la crisis económica, que obliga al bloque bipartidista a reiniciarse. Esta actualización de narrativas afecta de manera negativa a los socialistas, quienes no pueden prescindir de su discurso ideológico -pese a no discrepar mucho del PP respecto al trasunto financiero-, mientras que la derecha española se ha adaptado con más facilidad a este sincretismo estratégico, debido a la mayor fidelidad de su electoral tradicional y la huida calculada del debate ideológico, para definirse a sí mismos como meros gestores públicos, defensores del sentido común. Una argucia falaz, que aplican según venga el viento, pero que sigue escondiendo un fuerte sesgo conservador, no solo en lo referente a políticas económicas, sino cuando el debate se traslada al plano religioso o moral. 

Monago ejemplifica la política que nos espera, impostada, teatral, que ya no mitifica el discurso, sino del dato, travestiéndolo a mayor gloria del poder. Las fronteras del credo ideológico se vuelven difusas, alimentando esta inquietante estrategia de fidelización. No es consecuencia solo de una dinámica política, también la ciudadanía alimentamos este tibieza cuando uniformamos el trasunto político bajo el prisma reduccionista del mito del buen gestor como desahogo a nuestra indignación. En tiempos de incertidumbre, esperamos de la política que solucione problemas perentorios, desatendiendo la base moral que debe sostener toda acción política, aceptando el placebo como refugio provisional. A merced de tibios o reaccionarios, gerentes o salvapatrias.

Cobardía



Las cifras hablan por sí solas. No varía la proporción, pero sí la pérdida de afecto ciudadano. Adelgaza el porcentaje. Lo saben, y por esta razón buscan alianzas que aseguren la gobernabilidad futura. Remojamos las barbas ante el caso italiano. 

El sistema electoral estaba blindado para la alternancia de poderes fuertes, con amplio apoyo electoral. La coalición, el pacto, el diálogo, los consensos, todo esto les es ajeno. ¿Alguien escucha a alguien más que a su grupo parlamentario? De una dictadura pasamos a una democracia en donde grupos políticos verticales, con ejecutivas cerradas al disenso, gobernaban a gusto, controlando los medios, politizando las cajas, persignándose ante el poder financiero. El control del afecto de una ciudadanía pasiva, bien alimentada y entretenida, les mantenía optimistas, despreocupados. La crisis ha curado en parte la miopía del ciudadano, haciéndole ver más allá de promesas impostadas. Y, peor, ha revelado la profunda corrupción institucional sobre la que se asientan los valores democráticos a los que nuestros representantes públicos deben lealtad sin condiciones.

No valen maquillajes. La ciudadanía no quiere salir de esta crisis con un acuerdo de mínimos. Quiere asegurarse una democracia real, fuerte y protegida contra sus enemigos internos. De lo contrario, hablará alto y claro en las elecciones, condenando al PP y al PSOE al ostracismo parlamentario.


No hay hoy por hoy en el PSOE aliento de reformas que convenzan a pie de calle. Y esto sucede porque su núcleo duro no se ha ablandado, permitiendo una reforma profunda de sus Estatutos y abriendo un Congreso Extraordinario. El PSOE de Ferraz no es creíble, y las ejecutivas locales, provinciales y regionales callan, a la espera de noticias de Roma. Solo el militante de a pie, el simpatizante indignado, habla, grita lo obvio, y poco a poco se distancia. La valentía de los dirigentes socialistas brilla por su ausencia. El PP cava su tumba política por su cruel inmoralidad hacia los ciudadanos más vulnerables, y el PSOE lo hace por su cobardía travestida de prudencia.

Los hechos y las soluciones



Antes de seguir leyendo mi artículo o, si lo prefieren, una vez finalizado, les recomiendo leer la noticia en la que está inspirado. De esta forma podrán juzgar por ustedes mismos la naturaleza de los mismos.

Veamos pues. El PSOE extremeño propone una medida loable, que permitiría desahogar a numerosos estudiantes universitarios: aumentar de dos a tres el número de pagos de las tasas universitarias -al formalizar la matrícula, en enero y en abril- y crear un fondo que anticipe el pago de las becas del Ministerio. Hasta aquí todo parece razonable, nadie se negaría a una propuesta de este calibre. Ahora bien, la sugerencia viene sola, el qué sin el cómo. IU apoya la medida, pero la considera inviable sin tener en cuenta otros factores, como la sostenibilidad del presupuesto de la UEX. Suponemos que el Gobierno extremeño no acepta la medida ni a priori ni a posteriori, es decir, sin o con estudio posterior de viabilidad. Las razones no las sabemos. Solo tenemos una idea lanzada por la oposición, pero sin estudio de sostenibilidad económica, e IU defiende su prudencia, pero tampoco aporta soluciones paralelas. En cualquier caso, quien pierde es el ciudadano. Unos y otros echan tierra al oponente político, pero de soluciones nada. Poco importan al respetable las cuiras políticas o las propuestas lanzadas al vuelo, a sabiendas de que el adversario no las apoyará y de que así uno queda bien ante la opinión pública. 

En tiempos de crisis, toda propuesta de alivio al ciudadano debe sacarse de un presupuesto ajustado, que se gasta en función de las prioridades sociales de quien gobierna. Eso lo sabe todo aquel que tenga una economía familiar exigua. Si gasto en esto, debo quitar a aquello. Lo importante es saber elegir con sabiduría qué es lo realmente prioritario y dónde podemos permitirnos licencias.

El PSOE debiera haber aportado, junto a su propuesta, un informe de sostenibilidad presupuestaria, es decir, cómo vamos a apoyar a la Universidad sin ese montante inicial que le llega a través de los pagos de matrícula. Desde un punto de vista político, es muy fácil proponer ideas luminosas, que desacreditan a quien no las tome, pero sin decir cómo llevarlo a cabo. En principio, la actitud de IU es sensata, aunque no popular. Apela a un principio de responsabilidad, pero tampoco aporta soluciones eficaces que contenten a ambas partes, alumnos y UEX. La casa por barrer. Y del Gobierno extremeño qué decir. Oídos sordos y que las familias apenquen con el drama. 

Lo cierto es que el ciudadano está harto de que los problemas sociales siempre se resuelvan en clave de imagen interna, y no como una cuestión práctica. Nadie aporta una solución real al problema de los pagos universitarios sin recordar los pecados del vecino y sin aportar junto a su teoría mesiánica un procedimiento viable que haga factible el desahogo de los estudiantes y sus familias. En fin. Una más. Todos quieren que el otro quede mal frente a la concurrencia, sin saber que en el duelo todos perdieron y el ciudadano el primero. Me reafirmo: otro tipo de política es posible, pero esta no, por favor.

Cabe también disentir desde nuestra perspectiva de ciudadanos acerca de la información sesgada y poco argumentada que los partidos ofrecen a los medios, y la cobardía de éstos para ofrecer algo más que pinceladas basadas en frases al vuelo, hiladas con impostura por los protagonistas de la noticia. Los políticos se quejan de que los medios interpretan o buscan el titular de neón. Por su parte, los medios dicen transcribir simplemente el guión que ensayan cada día nuestros representantes públicos, a mayor gloria de su ego institucional. Y el ciudadano, en medio del fuego cruzado, es educado para asentir o despotricar, pero sin mayor criterio que su afecto apriorístico a su credo político o una indefensión aprendida que le condena al escepticismo político. Da la sensación de que ni unos y ni otros, prensa y políticos, juegan limpio cuando comunican los hechos, convencidos de que la ciudadanía entrará en su red de aforismos autocomplacientes, o peor, que la reproducción insaciable de esta dialéctica vacua acabará generando tal desazón que lograrán desgastar  la imagen pública del adversario. En este escenario los hechos poco importan, a menos que jueguen a favor de la lógica instrumental del partido de turno. 

Imaginemos una política real y directa, basada en demandas ciudadanas y soluciones políticas, nada más. Necesito poder pagar la Universidad a mis hijos. ¿Qué va a hacer usted para solucionarlo? Imaginen que el ciudadano obviara la retórica falaz que se amontona a diario en los medios, en manos de partidos interesados en mandar mensajes prediseñados. Que tan solo evaluara a sus representantes públicos bajo criterios de eficacia social, sin mediación de factores numinosos, fuerzas telúricas, liderazgos presidencialistas, credos ideológicos difusos. Imaginen que al mago se le viera el truco, la carta bajo la manga. Que incluso penalizáramos como debiera el juego sucio, la falaz narrativa, la publicidad engañosa, los malos resultados. No tenemos la política que nos merecemos, pero es bien cierto que tenemos la política que permitimos.

El bueno, el feo y el malo



En el célebre western de Leone, El bueno, el feo y el malo, tres personajes se disputan el protagonismo de cada escena. Rubio (el bueno) es el pistolero a sueldo; Ojos de Ángel (el malo), el matón pulcro; y Tuco (el feo), un fugitivo siempre vigilante por si la muerte le alcanza por la espalda. Permítanme convertir este símil fílmico en un reflejo del trasunto político extremeño, y de paso entrever las actitudes que caracterizan a Monago, Celdrán y Vara. 

A Monago le he asignado por méritos propios el papel de el bueno. Entiéndanme lo de bueno como una ironía (se sobrentiende). Monago quizá represente fuera de Extremadura una suerte de reibarrización del discurso en defensa de nuestros intereses regionales, pero desde dentro su estrategia es más bien la de aquel que intenta contentar a todos a través de su calculado rol de centrista, basculando su narrativa en función del rédito político. No es una lógica exclusiva de Monago; muchos otros neoconservadores parecen haber encontrado en el discurso sobre el fin de las ideologías la excusa perfecta para hacer de su capa un sayo a medida. Monago representa como nadie el papel impostado del buen gestor, alérgico a categorías teleológicas; anclado en la asepsia del estratega, evita que se vea el refajo de sus acciones, la mano que mece su cuna. Sabe que la desideologización a quien más hace daño es a la izquierda. Según esta teoría, el burócrata conservador solo puede ser evaluado en términos de error o eficacia, mientras que el socialista interpreta el péndulo de sus afectos entre la traición y la fidelidad a su credo. Esto afea las previsiones electorales del PSOE y atempera los daños evidentes que está provocando la gestión del ejecutivo de Rajoy sobre sus barones autonómicos. Las mata callando, ni chicha ni limonada. Monago es como la Coca-Cola, para los progres, para los neocons, para los defraudados, para los devotos... Siempre Monago.

Celdrán posee in aeternum el título de el feo. Hasta hace nada, invicto alcalde de Badajoz, jubilado con arrestos para desflorar su verbo allá donde encuentra abono a su incontinencia; amigo del chascarrillo arrabalero, desde que tengo memoria viene haciendo de su retórica soez virtud para una ciudadanía ciega, sorda y muda, que confunde maleducado con campechano. Celdrán, en estética, representa la Extremadura pre constitucional, de señoritos y riegracias, que recibe por herencia infusa el cetro y no lo abandona hasta que un ahijado digno de su magnificencia recibe la gracia de relevarle. En no pocas ocasiones el feo en política gana, travestido de amigo del pueblo, campechano y azote de rojos.

A Vara le confiere la reciente memoria popular la categoría de el malo. Hijo predilecto de Ibarra, arropado a su sombra, fue tejiendo, por tibio y conciliador, su imagen de bonachón y atemperado, que a causa de los pecados irredentos de su partido acabó tornando, por la lógica infame del rebote, su virginal postal política en reflejo de la pusilanimidad del socialismo pos Zapatero. Ya puede Vara beber agua bendita que malo es y malo queda en este spaghetti western. Y -he aquí su aciago destino- a día de hoy no hay heredero que beba su cáliz, ni voluntad para fabricarlo. La aporía de Vara no obedece tan solo a fuerzas exógenas, también y en buena medida al legado de Ibarra, quien transmitió a su pupilo un modelo de liderazgo anclado en un poder sin fisuras -pese a su pose angelical-; enrocarse y resistir, trágica hipóstasis de un general Caster embutido en sus botas hasta que la muerte falsee su aparente sentido del deber. Vara actúa como el padre benefactor de una camada huérfana y desperdigada, incapaz de regenerarse. Si Dios muere, ¿quien podrá ocupar su lugar? Mejor aferrarse a una deidad moribunda y esperar a que amaine.

Como ven, Extremadura rinde fiel tributo a esta profana trinidad. Tan alta vida espero, que a una vela ardiendo me aferro.

Cuando el rico ríe, el pobre espera



Obviando el trasunto mediático y las subtramas de presunta corrupción, mirando solo la pose, el rictus facial, la forma de presentarse en público, solo eso, ya tiene uno la sensación de estar ante una forma ilustrada de cesarismo, de optimismo triunfalista, de sentir que el poder de las urnas da alas, ajeno a la voluntad popular. Barberá y Camps representan un estilo de política pornográfica, impúdica escenificación de quien no cree tener el poder de prestado, sino a espuertas, a libre albedrío, con el ciego beneplácito de la concurrencia. A un sector de la población española esta puesta en escena les genera la seguridad de estar del lado de los triunfadores, del caballo ganador. Más aún ahora que las lentejas no están seguras, es fácil claudicar, declinar el sentido común por una esclavitud consentida. Cuando el rico ríe, el pobre espera. El conservador español funda su credo en la teoría del efluvio económico: la suerte del rico acaba por beneficiar a las clases menos venturosas. Por eso, es esperable por lógica meridiana que el que no tiene rinda pleitesía al que puede. Y si no, claro está, es un desagradecido, poco patriota, o un vago. No es extraño que algunos imputados se sorprendan cuando se les pide cuentas. ¡Con lo que hemos hecho por España! Así se nos paga. El mediocre, el resentido, la izquierda bullanguera y populista, a su juicio, tan solo sirve para soliviantar al pueblo contra los poderes fácticos, quienes son a todas luces sufridos salvadores de la patria, fuente de progreso y protectores de la moral nacional. No se puede, creen, atacar a quien con su sano egoismo genera riqueza para el resto. Debieran dejarles hacer, confiar en la sabia destreza del triunfador, y esperar ser agraciados con las sobras de su fastuoso banquete. 

Todo es posible



Leo el titular de arriba y me pregunto por qué en España -supongo que en estos afectos el resto de Europa sopla en la misma dirección- gestos como los de Michelle serían interpretados como una impostada pose actoral, un requiebro maniobrado a mayor gloria del poder. Dermoestética política. Europa es más sabia por vieja que por sensata. Los Estados Unidos, como quien dice, nació ayer, y necesita pasar por su medievo, santificar a sus dioses, adorar sus ídolos de barro, para después, quién sabe cuándo, destronarlos, descubrir el oscuro refajo que los sostiene, el subsuelo inmoral en el que enraíza tanta honorabilidad política. Aquí, en España, pisamos las antípodas; hace tiempo que la sonrisa rutilante del político nos incomoda, no solo por artificial, también por canalla. No está el horno para teatros. No cabe imaginarse -ni ayer ni antes de ayer- a Elvira Fernández Balboa, esposa de Rajoy, anunciando el Goya a la mejor película. No sin someterse a la mofa popular. Más allá del charco aún creen con inocente complicidad -no todos, supongo, pero un buen puñado- en una legitimidad ungida por telúricas fuerzas que aseguran a quien gobierna saber que está del lado correcto, que su guerra profana se juega del lado ganador, el de los buenos. 

In God we trust, reza el lema nacional de los Estados Unidos. Supongo que se refieren al dios dinero, a una divinidad globalizada que mantenga contentos a todos, independientemente de la confesión que profesen, con tal de que el espíritu nacional se mantenga inalterable, la sensación de haber sido elegidos por vete tú a saber qué ridícula deidad para regir el destino del mundo libre... y más allá. Los Estados Unidos no tienen monarca, pero como si lo tuvieran; su republicanismo proyecta su necesidad de sometimiento a un orden superior que justifique actos cuestionables y dote de sentido sus acciones, que aglutine la diversidad en un discurso unificador.

Mientras tanto, la Europa descreída, de vueltas de todo y revuelta, destrona una vez más a sus dioses, los pocos que aún le quedaban, en busca de otros que satisfagan su sed de justicia. Ni siquiera la monarquía -una de las pocas instancias consuetudinarias que malviven- parece ser lo que debiera. Hasta el poder religioso, la promesa ratzingeriana del renacer de la cristiandad, queda ahogado por la mezquindad que fagocita las instituciones desde su médula. Si dios no existe, todo está permitido, todo es posible, sentencia el adagio de Dostoiewski. Un aire fresco, instando a una refundación moral y política crece a pie de calle. Mientras los Estados Unidos vitorean con entusiasmo a sus dioses imberbes, Europa languidece para renacer de sus cenizas. 

Boss: el poder absoluto en la democracia



Al igual que un dios travestido de zarza ardiente sentencia a Moisés la perogrullada identitaria yo soy el que soy, el alcalde Tom Kane, alma mater de la inquietante serie televisiva Boss, espeta a su atribulada hija un aforismo similar, con el que intenta excusar su conducta tiránica al frente de la ciudad de Chicago: la vida es lo que es, esto es lo que hay. Uno tan solo juega con inteligencia las cartas que la naturaleza cruel le da, pero no puede cambiar sus reglas. Tan solo puede aplicar con determinación una razón instrumental implacable, que le conduzca a sus objetivos a través de un ejercicio de limpieza de obstáculos, sorda a cualquier imperativo moral. Como ya señalara siglos atrás Maquiavelo, el estadista no puede permitirse representar el rol de ser libre que interpreta el ciudadano. Un gobernante se debe a la empresa incansable de mantener el poder a salvo, sólido y libre de intereses que lo desestabilicen. Si para ello ha de utilizar medios que una moral cívica detestaría, debe hacerlo sin pestañear.

Ahora bien, ¿dónde acaba el servicio a la ciudad y empieza el totalitarismo? En otra escena de la serie, Ezra Stone, asesor político de Kane, se confiesa defraudado por su mentor, quien a su juicio ha perdido esa voluntad de servicio y ya tan solo parece motivado por intereses particulares que eliminan la legitimidad interna de sus acciones. Stone afirma haber seguido a Kane en sus andanzas políticas con fidelidad y sin temblarle el pulso, pese a que muchas de sus decisiones llevaran asociada la necesidad de cometer actos deleznables (incluido asesinatos). Pero ha llegado un momento en el que las motivaciones del alcalde parecen regirse por la irracionalidad (asociado por guión al descubrimiento de una enfermedad degenerativa irreversible). Stone acepta sin problemas que el alcalde apruebe la extorsión, las amenazas, el asesinato, excusado en una inquietante racionalidad política, pero rechaza moralmente que Kane actúe movido por criterios emocionales. Una paradoja solo en apariencia. El poder político, como cualquier otra acción humana de dudosa moralidad, necesita legitimar su conducta bajo códigos éticos justificatorios, a fin de sostener emocionalmente su coartada. Bajo un principio ético universal, poco importa si Kane ordena asesinar a sus oponentes movido por razones políticas o particulares. En ambos casos obra mal. Sin embargo, su asesor político solo siente remordimientos cuando empiezan a aflorar las motivaciones emocionales que alimentan el poder absoluto, nunca bajo el velo legitimador de la racionalidad instrumental.

Esta lógica, a mi juicio, define de manera explícita la estructura misma del poder político contemporáneo, sustentado en un modelo de racionalidad instrumental mayestática, vendida como necesidad y ajena a la voluntad de la ciudadanía. El poder absoluto se presupone, pese a que las reglas democráticas lo rechacen. De hecho, la democracia queda reducida a mera superficie, chasis que justifica la legitimidad del poder, bajo el engaño de una supuesta soberanía popular. Afirma Kane en otra de sus suculentas sentencias de guión que los ciudadanos desean un poder que les ofrezca seguridad; quieren ser gobernados por alguien que les asegure que sus necesidades son satisfechas. Poco les importa si para ello el gobernante ha de utilizar medios abyectos, con tal de que cada cual tenga cubierta su ración de bienestar y las apariencias se mantengan protegidas contra el escándalo que supondría hacer públicas las cloacas del poder. El sistema de compensación moral es perfecto; ambos, ciudadanía y gobernantes, quedan libres de remordimiento. Kane sustenta su legitimidad en su eficacia, alivia su sentido moral bajo el velo de la honorabilidad de su servicio público. La ciudadanía, por su parte, hace oídos sordos al subsuelo político mientras éste permanezca oculto y no acabe afectando a su cota sostenible de bienestar. Todos presuponen que para que un país sea próspero debe ser regido por gobernantes a los que no les tiemble la mano, que sepan cuándo es necesario renunciar a su moralidad a fin de proteger los intereses generales. Ahora bien, si el gobernante no sabe mantener las apariencias a recaudo o no es capaz de equilibrar de manera inteligente el aguante del ciudadano dentro de unos márgenes aceptables, entonces perderá su legitimidad y será sometida su inmoralidad a escarnio público. En este escenario, la ciudadanía queda libre de culpa y asume el papel de víctima sin responsabilidad, pese a haber cedido pasivamente al gobernante su potestad absoluta, a la espera de obtener a cambio una aceptable ración de bienestar.

A su vez, esta lógica totalitaria, protegida bajo un velo de mezquina moralidad, se sostiene a través de las consecuencias que alimentan el dilema del prisionero. Ningún agente político espera de su adversario, ni siquiera de su leal correligionario, otra motivación que la adquisición de poder como único horizonte y la aplicación de cualquier medio que esté a su mano para lograr sus propósitos. La retórica bienpensante que adorna el discurso democrático es tan solo la capa superficial que asegura a los votantes no sentir remordimiento por ceder el poder absoluto, sin más cláusula que la temporalidad, con tal de mantener su estatus. No es extraño que la preocupación del pueblo soberano por la corrupción institucional encuentre su mayor grado de insatisfacción en tiempos de crisis económica y zozobra política. Bajo circunstancias óptimas de bienestar, nuestro sentido moral suspende su rigor, autoconvenciéndonos de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Poco importa si el gobernante ejerce su poder, ajeno a los límites legales y morales que sustentan el orden constitucional. Ande yo caliente... 

Cabe pues, más allá de la mera intuición, sospechar que el orden democrático se sustenta sobre las mismas estrategias que hacían posible el absolutismo, con la diferencia de que en el sistema monárquico y en ciertos totalitarismos el poder se ejerce sin el recurso sutil a una capa inconsciente que adorne su discurso a través de mecanismos de publicidad, recompensa y supuesta transparencia moral. La ciudadanía cada vez somos más conscientes de la oscura maquinaria que sostiene el poder político contemporáneo, aunque asumimos nuestra lucidez convencidos de no poder transgredir su orden, pese a que el poder legítimo de las democracias se sustenta en el pueblo soberano. Esta impotencia tiene su base en el inquietante sistema de compensaciones que equilibra el sistema, basado en el consumo (excedente) como gasolina que autogestiona inconscientemente nuestra capacidad de resiliencia. No en vano democracia y capitalismo son eficaces aliados que trabajan mutuamente para lubricar la máquina social. Y seguirá siendo así a no ser que por virtud del azar la ciudadanía declinemos seguir alimentando esta eficaz fábrica de deseos.

On the left, on the right



Uno de los efectos gratificantes que ha generado la crisis es que el votante conservador comienza a apreciar la importancia del disenso, la crítica y la implicación sociales. Votantes de centro derecha que antes no se preocupaban por los asuntos públicos, ahora incluso se afilian a sindicatos, se unen a plataformas ciudadanas y critican con ferocidad las decisiones del Ejecutivo y del PP. 

Hasta hace poco era vox populi el prejuicio maniqueo de las dos Españas, enfrentadas en su forma de entender el universo. Se suponía que el votante de derechas era alérgico al compromiso social y vivía absorto en sus intereses particulares. A esta generalización ha contribuido más bien bastante la izquierda española, que fiscalizó y politizó los movimientos sociales a mayor gloria de su estrategia. Era casi una contradicción que un votante del PP formara parte de sindicatos como UGT o CC.OO., los cuales es sabido defienden en fondo y figura intereses políticos (y corporativos), más allá de la defensa de los derechos laborales. Durante el escaso tiempo que he militado en el PSOE, recibí en varias ocasiones mensajes en los que se me pedía que apoyara determinadas protestas sindicales, ligadas directamente con estrategias políticas teledirigidas por el partido. 

Ser de izquierdas era una cosa, y de derechas otra. Pero ya no está tan claro. La izquierda se ha revelado como más conservadora de lo esperable, y la derecha, de la noche a la mañana, se ha caído del burro, descubriendo que la pobreza no entiende de colores y que el PP no se acerca ni por asomo a la visión beatífica, de salvador de la patria, que decía representar. Esta mutación ha obligado a los futuros votantes a reflexionar, a dejar de mirar con complacencia sus afecciones políticas y criticar con dureza el catecismo y las acciones de sus amados partidos. Vamos, que ya somos -venga uno por la izquierda o lo haga por la derecha- un poco menos estúpidos, y no nos creemos lo que diga el dirigente de turno sin antes comprobar por nosotros mismos si las palabras recalan en hechos evidentes.

La generalización de las protestas ciudadanas ha provocado un cambio sustancial en la percepción que tienen los votantes de los partidos mayoritarios. No solo esto; ha generado una reflexión política a pie de calle que trasmuta el mapa clásico que ha alimentado hasta ahora el escenario ideológico español. El votante conservador se vuelve tan escéptico como el de izquierdas, y a causa de las mismas razones que provocan el desencanto del vecino. El votante deja de observar su filiación política apoyado tan solo en una irracional empatía ideológica o una tradición familiar. La democracia se ha convertido en la única religión del pueblo soberano, más allá del frágil sistema representativo que la sostiene. 

Es previsible -si es que al calor de nuevas vacas gordas no se nos tuerce el ánimo y se nos borra la memoria- que este fenómeno social provoque una transformación política. Los mensajes de conservadores y progresistas se volverán más centristas, en busca de ese alto porcentaje de votantes inestables. Pero a su vez, ese electorado no desea centrismos complacientes, sino hechos consumados y leyes vinculantes, signos palpables de un viraje significativo que afecta no solo a las políticas particulares de cada partido, sino a acuerdos globales en el Congreso que afecten a la propia estructura institucional. Ya no nos basta la perlocución habitual del puedo prometer y prometo, o el recurso al ataque feroz contra el adversario político. Al político actual se le ha perdido el manual que hasta ahora le ayudaba a orientarse sobre el perfil del votante español. Debe como quien dice volver a reescribir el guión, a escuchar más cerca la voz popular, alérgica cada vez con más energía a los catecismos ideológicos que caracterizaron al viejo siglo XX.

En lo que respecta a la ciudadanía, debemos reconocer que existe un espacio público compartido, que actúa más allá de la afección ideológica, y que lucha por objetivos comunes. Por citar un caso reciente, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) no es un movimiento social ideologizado, pese al interés político por fiscalizar sus beneficios. Defiende una causa moral universal, de orden constitucional, no partidista. Poco importa la filiación política de cada participante. Lo que importa es la recuperación de una forma de hacer política que enganche directamente con las necesidades reales de la ciudadanía, y no con variables macroeconómicas que el votante de a pie desconoce y no tiene por qué valorar. La ciudadanía estamos recuperando la visión primigenia del concepto democracia, y reconfigurando con ello la vieja taxonomía ideológica que dividía el universo en izquierdas y derechas. Sería una pena que el tiempo se lleve esta venturosa mutación. De seguro los partidos políticos intentarán por todos los medios hacer suyo este espacio público, a fin de recuperar el afecto perdido. 

Del auge de esta nueva ciudadanía debiera originarse la esperanza de nuevas formas de entender lo público, la semilla de ideas compartidas, alejadas del modelo clásico de partido blindado. Quiere uno pensar que estos gestos no quedarán en una brisa pasajera y que supondrán el renacer de nuestra mayoría de edad como democracia.

Hechos son amores



Quizá antes de la crisis económica y del fenómeno de decadencia institucional que sufrimos pudiéramos decir sin equivocarnos que el contrato social entre gobernantes y gobernados se basaba en la capacidad de aquellos de lograr la suficiente confianza de estos otros. La masa de fieles adeptos a una ideología de piñón fijo lleva años decreciendo, pese a que aún es multitud. Los hay que militan, esperando de su partido una esperanza o un sillón; las motivaciones van según quien estornude y es difícil distinguir a uno de los otros. En cualquier caso, esta feligresía actúa sin cambiar de marcha durante todo el trayecto, abandonando en cajón sellado su capacidad crítica; todo ello a causa de lo que llaman lealtad o cultura de partido. De entre ellos levanta el dedo algún que otro ciudadano, desviando el discurso teledirigido hacia otros argumentos, pero pronto es ahogado por la eficaz maquinaria del partido, promovida con fidelidad por los medios de comunicación, cronistas diarios del teatro político. Quien decide militar acaba sabiendo más tarde o más temprano cuál es su función dentro del partido: asentir y promover catecismos a fin de otorgar al partido un escenario óptimo de futurible gobernabilidad. Poco o nada tiene que ver la política con la verdad, la evidencia o la certeza. Sin embargo, desde hace un tiempo la ciudadanía comienza a cambiar los criterios a través de los cuales evalúa la acción política. Ni siquiera al militante o simpatizante le basta con asentir piadosamente a los mandamientos del partido. El ciudadano no cree a ciegas, desea pruebas que certifiquen estar ante algo más que meras palabras. No basta la fuerza perlocutiva de los mensajes políticos en los medios. La ciudadanía empieza a estar inmunizada contra el cacareo habitual. No solo esto; sabe que el modelo de comunicación tradicional de los gobernantes se ha basado hasta ahora en meras apariencias, en un discurso hueco, carente de referentes verificables en su realidad más próxima. De ahí que cuando escuchan a un político hablar en los medios, evitan escuchar, saben que cada cual vende una moto gripada a priori por su voluntad actoral. 

Pero no lancemos campanas al viento. Son muchos aún los que tan solo escucharán lo que desean oír, al viento de su propio credo político. Pululan las sedes de partido, las redes sociales y sus círculos sectarios. Despotrican contra el oponente político sin escuchar sus argumentos, por el solo hecho de pertenecer a bando ajeno. Cuando uno les pide razones, lo único que obtienes son versículos marcados de su biblia integrista. El otro es el enemigo, el que se equivoca, el que quiere acabar con España, el inmoral y corrupto. Su concepto de sentido común no es libre, está contaminado por atávicos prejuicios políticos a los que contribuye un proceso ritualista de mitologización de su ideología, similar al que alimenta el fervor religioso. Es habitual en su liturgia la defensa de la grandeza del partido, recordando sus hazañas históricas y sus logros institucionales. Pero lo que más sorprende es su flagrante maniqueísmo, la demonización del adversario, observado no como un demócrata legítimo, con ideas diferentes, sino como una amenaza contra su visión de España o del progreso colectivo. Esta concepción dualista del devenir político, aciaga secuela de tiempos preconstitucionales, perdura aún en el imaginario colectivo, especialmente en el interior de los partidos, cuyos dirigentes excitan a su feligresía con carne fresca a la que hincar diente. Más aún en tiempos de crisis, este recurso al miedo e incitación al odio se convierte en una eficaz herramienta con la que los partidos esperan aumentar la confianza de su potencial electorado.

Pese a la insistencia de los partidos por mantener este modelo de fidelización, los nuevos tiempos revelan un viraje sustancial en la percepción que tiene la ciudadanía de la vida política y una demanda creciente de transparencia, de eficacia evaluable (no solo cada 4 años) y de sólida contrastabilidad con la realidad social. Esto no quiere decir que la ciudadanía desee ser gobernada por meros gestores, hombres de negro que actúan en función de un criterio de rentabilidad económica, de mera razón instrumental. La nueva ciudadanía demanda en primer lugar una democracia real, que sepa protegerse contra la decadencia institucional a través de leyes vinculantes y que establezca resortes de participación más allá del modelo representativo. Leyes así requieren una transformación radical del modelo de partido tradicional, anclado sobre una estructura de lealtades ajenas a la creación de proyectos políticos fieles a la voluntad popular. 

Esta nueva exigencia ciudadana debiera invalidar el merchandising mediático. La ciudadanía ya no quiere promesas, sino hechos; no desea teatralidad, sino argumentos consistentes. Cualquier intento de engatusar debiera ser interpretado como un ataque directo contra la inteligencia del respetable. La política tan solo debe certificar hechos, en ningún caso imponderables o requiebros. Por su parte, el modelo de comunicación política que caracteriza a los medios tradicionales debiera cambiar. De ser meros transcriptores de la realidad política -incluso adléteres borregos de tal o cual catecismo-, debieran ejercer su papel sustancial de servidores de la ciudadanía y no de intereses particulares. Rara vez se puede leer u oír en los medios la voz popular, y sí la letanía impenitente del devenir político, radiado como un destino insoslayable.

¿Invalida esta exigencia la continuidad de las ideologías? Al contrario, enriquece la pluralidad, pero protegiéndola contra los virus internos que la engangrenan. Una democracia fuerte, protegida contra la opacidad de los partidos, nunca puede ser una mala democracia, nunca puede derivar en clientelismos, oligarquías políticas o corruptelas. Sin embargo, no son pocos los políticos que ven en esta demanda una amenaza contra el modelo bipolar de partidos, contra la continuidad del gran relato de la España bicolor, maniquea y populista. Es lógica su reacción; sienten miedo de que se rompa el gran acuerdo que sostiene su alternancia en el poder. Por esta razón, no debemos claudicar, menos aún cuando la crisis aminore. 

Si para algo bueno está sirviendo esta crisis, es para expulsar el polvo bajo la alfombra y detonar la lucidez ciudadana, subrayar un sano escepticismo que exija lo obvio. La percepción ciudadana del universo político está mutando, y esperemos que para bien, para entrar en un periodo de madurez democrática, resistente contra las sirenas del populismo. En próximos comicios no debiéramos votar sin antes hacer un ejercicio de reflexión; es preferible no votar a hacerlo sin tener claro que lo hacemos como ciudadanos libres y racionales, que han entrado por derecho propio en una era de mayoría de edad democrática, desafectados ya por los grandes relatos que han alimentado hasta ahora el teatro político. Si la política no quiere cambiar, la ciudadanía debe ejercer su derecho a denegarles su acceso al poder. No podemos seguir sosteniendo nuestra confianza en determinados partidos en una mera esperanza, en un gesto improbable. Hechos son amores.

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