Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta religión. Mostrar todas las entradas

Noé


Nada sería del héroe popular sin el arbitrio de un rasgo peculiar que evoque su presencia, un punctum icónico a través del cual perdura en el imaginario colectivo su potencial alegórico. Su rostro se diluirá en el tiempo, incluso sus hazañas legendarias quedarán olvidadas, pero no así el talón, el tridente, la ballena, unas alas de cera, la cruz, el fuego eterno de los dioses, la serpiente y la manzana, un traje de lycra, zarpas en las manos, un caballo gigante de madera... La simplicidad del mensaje y la virtud retentiva de una imagen poderosa son condiciones para el éxito de cualquier empresa perlocutiva. ¿Qué queda, tras el paso de los siglos, del personaje de Noé? Su arca. 

Nada importan las circunstancias que circundan el relato bíblico. La aportación de Noé dentro del angosto catálogo de héroes se reduce a la acción prosaica y a la vez surrealista de haber construido un arca repleta de animales, a petición directa de Dios y -he aquí un excelente estimulante- con el premio de encontrar en el intento la salvación física y espiritual que el resto de sus conciudadanos ni merecen ni desean. 

El relato bíblico de Noé reúne todas las características del arquetípico producto hollywoodense: héroe con una misión, tragedia redentora, acción hiperbólica y final feliz. Falta una, el sexo. Pero al paso que vamos, bajo la ola de conservadurismo moralista que sobrevuela el universo cultural, este elemento acabará siendo relegado a la categoría de recurso prescindible, sin necesidad del arbitrio de un censor. Además, quién se imagina a Noé yaciendo con mujer, a no ser por la obligación que impone el santo matrimonio (Rouco dixit).

Prescindir de las complejidades de la historia asegura el éxito de cualquier empresa que busque acercar ascuas a su interés. La verdad afea el espectáculo y despista del unidimensional objetivo que el salvador de turno anhela. Así, poco importa que el relato sobre Noé se asiente sobre bases de dudosa moralidad, pero sorprendentemente leales con el neoconservadurismo heredado del ecosistema anglosajón. Resumamos:

- Dios habla en boca del justo.
- Los justos escasean.
- Dios castiga.
- Dios castiga solo a los impíos.
- Los justos sobreviven.
- Dios quiere que los justos sobrevivan y los impíos perezcan.
- Tras esta limpieza moral resplandece la justicia de Dios.

Ahí es nada. Los totalitarismos del siglo XX parecen meros aprendices al lado de esta orfebrería eugenésica. Resulta paradójico cómo la ultraortodoxia musulmana ha interpretado esta película como un atentado contra su fe, justificándose más en su iconoclastia que en el evidente maniqueismo redentorista que la alienta, tan afín a sus afectos religiosos.

Perdonen que les aje el espectáculo, que a fin de cuentas, visto lo visto, es lo único que importa. Así que asienten sus posaderas, rumien sus palomitas y asistan sin mediación del intelecto al noble relato del héroe, ejemplo de santidad y aviso a navegantes. 

Pensar la religión en democracia



¡Cuánto echa en falta uno un referendo sobre si la religión debe seguir o no dentro del sistema educativo! Una parte de la sociedad interpreta como regresivo que se mantenga en escuelas públicas la enseñanza confesional de la religión -no su estudio, sino su pastoral; es importante el matiz-. De entre estos ciudadanos, algunos radicalizan su posición: en ningún caso debe darse religión en las escuelas, sea un área impartida bajo arbitrio de la Iglesia o sin él. La religión debe eliminarse de la escuela. Sospechan la inclusión de esta área como un adoctrinamiento inquietante de la ciudadanía. 

Otros, más moderados (entre los que me incluyo), están dispuestos a buscar un consenso: religión sí, pero dentro del currículo oficial, ya sea como área aparte o contenido trasversal, presente en algunas las áreas de estudio; pero en cualquier caso impartida por titulados, sin control ni injerencia de las instituciones religiones. Y ecuménica, es decir, dar a conocer la diversidad religiosa y sus tradiciones e importancia cultural, así como valores de respeto hacia las diferencias en materia de confesión religiosa. Esta es una de las funciones esenciales del sistema educativo. La escuela como espacio de convivencia. 

En el otro lado del espectro, están aquellos que defienden el mantenimiento de la religión católica dentro del sistema educativo. También entre éstos hay de todo. Los más radicales no solo piensan que debe mantenerse, sino reforzarse. Es el caso de la Conferencia Episcopal, quien ve en ello una evangelización frente a la pérdida de valores en una sociedad democrática cautiva de su permisividad y ausencia de referentes últimos. 

Entre los moderados, defensores del mantenimiento de la religión católica en las aulas, están aquellos que defienden que ésta debe darse con respeto y libertad, fomentando el carácter ecuménico y tolerante del cristianismo. No creen en la imposición cultural, pero sí en la importancia de ofrecer a través de la escuela un servicio a aquellos que quieren mantener viva su fe, sin detrimento del diálogo entre religiones. No es raro encontrar entre numerosos profesores de religión fieles a esta actitud pedagógica, compatible con un laicismo moderado, no beligerante. 

El abanico es variado, nunca homogéneo, por mucho que determinados grupos de presión quieran pintar el tema del color de sus afectos. Se hace necesario el consenso de una ley sobre libertad religiosa, respetuosa con la diversidad cultural de la ciudadanía, pero valiente. Cierto que no podemos seguir con el actual modelo, pero tampoco aceptar extremismos regresivos. 

Quien aquí escribe se niega a aceptar que no sea posible concebir la escuela como un espacio de diálogo sobre religión (y muchos más asuntos de interés público), pero sin imposición ni segregación. El actual modelo y aquel que defienden de manera radical ciertos grupos de presión, dificultan esta voluntad de tolerancia, convirtiendo la escuela en reflejo de la polarización de discursos, en su mayor parte politizados y teledirigidos con alevosía. Se divide a los alumnos por opciones, en vez de ofrecer un modelo que permita la convivencia entre diferentes afectos espirituales, que sirva de laboratorio de tolerancia para la vida diaria. Para que este consenso tenga efecto, ambos extremos deben encontrar un punto medio de encuentro, y ceder ambos algo en su intransigente estancamiento.

Habemus hominem



No tengo más remedio que confesarme; ya se sabe, la verdad, mal que nos duela, nos hará libres. Siento una simpatía involuntaria hacia Benedicto XVI desde que anunció su renuncia. Antes del suceso, tenía una explícita animadversión hacia su personaje. Aún tengo razones intelectuales y morales para disentir, incluso repugnar -faltaría más- su pontificado, pero su renuncia me ha hecho ver su figura pública desde una perspectiva más benévola. En primer lugar, por el carácter transgresor de la misma, una actitud inusual para quien se ha declarado firme enemigo de la Ilustración y adalid incansable de una posmodernidad dibujada como germen de todos los males. La renuncia del Papa no solo es transgresora desde un punto de vista estético, que ya de por sí es suficiente como para aplaudir el gesto. También supone una ruptura con elementos tradicionales, indiscutibles, dogmas de fe. Para empezar, la infalibilidad papal queda refutada por pura lógica aristotélica. Se suponía, como ya sucediera con el poder hereditario de los monarcas, que el Santo Padre lo es hasta su muerte, y que recibe por ciencia infusa las instrucciones directas de Dios, lo que le certifica como emisario de verdades metafísicas exentas de opinión o juicio racional. Vamos, que el Papa dice siempre la verdad; no la suya, la de Dios. Por tanto, su función dentro de la Iglesia es vitalicia e imposible de revocar, ya sea por agentes externos o por propia voluntad del pontífice. De hecho, un Papa deja de tener voluntad propia una vez acepta el cargo. El día que Benedicto XVI dejó de hablar como Papa y empezó a hacerlo como Ratzinger, como ese hombre de carne y hueso, dolorido por el paso de los años y el inquietante devenir de su Iglesia, ese día su infalibilidad huyó para transmutarse en una realidad contingente, fungible, defectible, sombra de su solemne impermeabilidad pontificia. Por ello, este acto voluntario tiene todo mi respeto y admiración. Como Papa y como dirigente público, como gestor de millones de espíritus habitando una carne maculada. 

Hasta ahora, la imagen pública de la Iglesia de cara al universo globalizado era sinónimo de intransigencia ética, rigidez intelectual, incluso irresponsabilidad moral en casos flagrantes que exigían más comprensión (caridad cristiana) que adhesión a dogmas inalterables. La dimisión del Papa desvela una debilidad que sienta bien a una Iglesia precisamente rechazada por una arrogancia vestida de fortaleza espiritual. Dar marcha atrás (excusen el doble sentido) no es un verbo que forme parte del derecho canónico. Más bien todo lo contrario, permanecer inamovible a los vientos, autista ante la casuística, es una marca de la casa. La renuncia de Benedicto XVI deviene así en una desiderata, un sacrificio premonitorio de futuribles reformas que desde dentro insuflarían esperanza, y desde fuera evitarían tener que seguir sintiendo vergüenza ajena. Cuando la Iglesia se humaniza, su mensaje sabe divino.

La eternidad no lo compensa



Los dioses envidian la finitud de los mortales. Así describía Yourcenar la triste tragedia de ser dios. Al igual que los ángeles de Wenders en Cielo sobre Berlín, que vagaban su languidez inmortal por los tejados de la ciudad y espiaban invisibles la vida de los humanos, anhelando para sí la incertidumbre y los temores de estos, los dioses sueñan quizá con ovejas de carne y hueso, pastando ufanas por el ancho prado que las circunda. Y pagarían con alivio deshacerse del devenir infinito que les condena a repetir su letanía, y quisieran oler la hierba sin sentirla como una creación, saciar la sed que no tienen o amar con dolor a aquellos que nunca serán sus iguales. 

No hay nada más aciago que crear y no ser creado, dictar las horas y sus segundos sin sentir su peso bajo los pies. No ganar la gracia del perdón, ni reír. ¡Qué triste no poder reír!, ni reírse de tu desgracia, ni sentir de la suerte ajena tu propia alegría. Y no poder llorar tu crueldad. Herir y no poder dejar de hacerlo. Porque ese es tu oficio. 

No envidio el sino de los dioses, y en mi contra prefiero maldecir la estrechez del calendario a no poder oír el latido de mis miedos. Nada daría por ser un dios solitario y contemplativo. La eternidad no lo compensa.

Ramón Besonías Román

La Partícula de Dios



El científico Joe Incandela ha encontrado una protuberancia en los 125 Gev (gigaelectronvoltio) y la Organización Europea para la Investigación Nuclear (CERN) corrobora que podría tratarse del famoso Bosón de Higgs, nada menos que un tipo de partícula elemental que se cree tiene un papel fundamental en el mecanismo por el que se origina la masa de todas las partículas del Universo. En cristiano, algo así como la piedra filosofal, el Santo Grial de la Ciencia, el botón a través del cual Dios pudo haber originado el vasto universo conocido e ignoto. No en vano, los científicos tutean al Bosón de Higgs como la Partícula de Dios. El Bosón de Higgs era la única partícula predicha por el Modelo Estándar de Física de Partículas que aún no había sido descubierta. Este modelo cosmogónico especula acerca de la posibilidad de que en un principio existiera una masa de partículas agrupadas, pero hasta ahora no se sabía qué originaba esa masa. Fue esa masa de electrones la que permitió que existieran átomos, y estos los que originan los cuerpos físicos.

He de reconocerlo, eso de Bosón de Higgs me sonaba hasta ahora a personaje de El señor de los anillos. Aunque después de saber que se trata de una partícula primigenia, creo volver de sopetón a la época de los presocráticos y su arjé (primer principio). La naturaleza humana no cambia; seguimos empeñados en saber qué fue primero, el huevo, la gallina o el dueño del corral. Somos la especie más curiosa del planeta. Imaginemos a un niño pequeño y a un gato tumbados en el suelo de una habitación. Se entreabre la puerta y de ella sale rodando una pelota. El gato correrá tras la pelota, pero el niño girará su cabeza hacia la puerta, preguntándose quién la hizo rodar. Por mucho que digan que la curiosidad mató al gato, el ser humano supera al felino con creces. Afirmaba el filósofo Immanuel Kant que los seres humanos tienen tal afán por dar respuesta a sus preguntas, que cuando llegan a una pregunta que carece de una respuesta racional, que no podemos corroborar científicamente, nos inventamos una estructura de pensamiento metafísico que dé salida a nuestra perplejidad. De esta necesidad de dar respuesta incluso a aquello que no la tiene nacen -declara el maestro alemán- disciplinas como la religión, el arte o la filosofía. 

Supongo que ahora que el Bosón de Higgs tiene una explicación científica dejará de ser llamado la Partícula de Dios, y ocupará de seguro su lugar otro imponderable de la ciencia, como la materia oscura, que compone el 23% del Universo, pero cuya naturaleza nos es por ahora totalmente desconocida. Después de todo, es lógico que la esencia misma de Dios sea la materia oscura. Estoy más con Pascal que con Einstein. Einstein afirmaba que «el hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir», pero estoy más inclinado a pensar que precisamente tendemos a encontrar a Dios en aquellas puertas infranqueables que la ciencia aún no ha abierto o nunca lo hará. Einstein, como también le sucedía a Newton, creía firmemente en esa regla básica de la física clásica según la cual Dios creó el Universo y lo hizo regido por mecanismos causales que el ser humano es capaz de resolver con esfuerzo y constancia. ¿Para qué si no nos habría regalado Dios la capacidad de pensar? Para el científico clásico, Dios es un ser juguetón, que creó el mundo pero no nos mostró explícitamente las causas del mismo. Somos nosotros, a través de un ejercicio detectivesco, quienes debemos desenredar esta madeja deductiva. Dios muestra los efectos, pero esconde las causas. Dios quizá no juegue a los dados con el universo, pero sí juega al escondite con el ser humano. Como decía Pascal, «toda religión que no afirme que Dios está oculto, no es verdadera.» Dios se muestra cuando se esconde; es, en definitiva, una sustancia oscura, un imponderable sin respuesta, y en esa búsqueda insaciable reside el encanto de toda espiritualidad. Cuando esas preguntas inquietantes encuentran su acomodo en la respuesta que ofrecen los dogmas, ya no estamos hablando de lo numinoso; estamos en el reino de las religiones, sembradas sobre el campo estéril del apriorismo.

Todas las religiones debieran aprender de la ciencia su querencia por no cerrar nunca la última puerta, su sana tendencia a hacerse preguntas más que acomodarse en el mullido sillón de las respuestas.

Ramón Besonías Román

Matrimonios






El actual concepto de matrimonio tiene sus orígenes en el Derecho Romano, del que extraerá la Iglesia Católica su propia acepción. Para los romanos, un matrimonio está ligado a una necesidad social básica: constituir una familia, es decir, parir hijos, dejar descendencia, apellido, continuidad sanguínea, abolengo; es pues un término aristocrático y circunscrito a la procreación. El romano debe casarse y tener hijos; en esto consiste el matrimonio. En este contrato social, la mujer es un mero instrumento, una propiedad que permite al hombre dejar, una vez muerto, el honor y hacienda de su apellido. 


Esta concepción del matrimonio, patriarcal y aristocrática, ligada a la procreación, será adoptada por el catolicismo. Ya el jurista romano Ulpiano definía el matrimonio como «la unión de varón y mujer, consorcio de toda la vida, comunicación de derecho divino y humano.» La novedad que incorpora el cristianismo a esta definición reside en la incorporación de la indisolubilidad como característica inherente al matrimonio y en la íntima ligazón del matrimonio con una mitología religiosa, ligada a la metáfora de la unión mística de Dios con sus criaturas, y de éstas con su creador. Al igual que todos los seres humanos estamos religados -Zubiri dixit- con Dios, así hombre y mujer forman una unión inquebrantable. A esto hay que añadir que el cristianismo, como hoy defienden las teocracias musulmanes, no desliga la unión civil de la religiosa; el divorcio civil no exime del cumplimiento eterno del matrimonio cristiano. De nada sirve a los ojos de Dios que una pareja decida divorciarse; la unión espiritual entre hombre y mujer es superior a cualquier norma o ley pagana. Igualmente, el Derecho Canónico no se ha desligado aún del discurso patriarcal y machista, heredado de su tradición romana, que conectaba de manera indeleble matrimonio y procreación. En lo referente a costumbres sexuales, la cultura romana fue sustituida en el Medievo por un catecismo puritano que aún colea en nuestra forma de percibir el sexo en Occidente. Pero en rasgos generales, la función de la mujer en el seno del matrimonio era similar. El hombre se casaba con un mujer para tener descendencia. Tan solo cambia la narrativa de cada cultura. El discurso aristocrático de la procreación, defendido por los romanos, será sustituido por un universalismo de corte tomista, que liga la necesidad natural de procrear para dejar descendencia con un misticismo que liga lo terrenal y lo celestial a través de la unión indisoluble entre hombre y mujer. Un matrimonio católico solo estará completo cuando haya sido completado con el nacimiento de un hijo. Una pareja sin hijos es una contradicción teológica.


La Constitución de 1849 marca a nivel jurídico una desvinculación entre la unión civil y la religiosa, dejando claros sus competencias y objetivos diferenciados. Pero la Restauración Monárquica (1876) y un siglo XX marcado por el triunfo del nacionalcatolicismo supusieron una regresión a la Edad Media. La concepción patriarcal y teocrática se mantuvo intacta. A esto se suma que la transición a la Democracia no trajo un cambio radical y rápido hacia la modernización de los códigos y costumbres heredados. A los españoles nos costó deshabituarnos al catecismo milenario que nos habían inoculado en vena. Llegó el divorcio y la píldora; la mujer fue poco a poco siendo reconocida como un ser humano con iguales derechos y deberes. Cuando recordamos este hecho, parece como si estuviéramos hablando de hace cien años, pero no, fue ayer mismo cuando la mujer pudo abrir una cuenta corriente, por citar solo un ejemplo de entre muchos que me hacen sonrojar.


La Declaración de los Derechos Humanos (1948) marcó un referente moral para todas las Constituciones occidentales, exhortando a dar el paso de una mera intención a normas jurídicas vinculantes. Esto incluía dejar zangada de una vez por todas la necesaria igualdad entre hombres y mujeres, y ponerse manos a la obra para edificar estructuras políticas, sociales y económicas que propiciaran esa igualdad. El concepto de matrimonio no podía ser el mismo desde entonces. El garantismo democrático rompía con el patriarcado e imponía una unión civil igualitaria en derechos y deberes, desvinculada con rotundidad de cualquier resquicio religioso. Las creencias quedaban relegadas al ámbito de lo privado, con la absoluta libertad de ser compartidas o rechazadas. 


El concepto de matrimonio en el contexto democrático estuvo, sin embargo, durante mucho tiempo aún vinculado al viejo esquema mental de la concepción romano-cristiana. Se han necesitado unas décadas y un debate, no exento de conflicto social y aún abierto, acerca del reconocimiento de una lectura plural de aquello que debe ser entendido como familia. Los derechos de tercera generación abarcarán así el respeto a la pluralidad de la identidad sexual, más allá del biologicismo genital impuesto durante siglos por la Iglesia Católica. El primer paso dado en España ha sido el reconocimiento de la unión civil entre personas del mismo sexo, lo que llevaba implícito un recuestionamiento del modelo de matrimonio clásico, heredado durante siglos.


Aunque nuestra Democracia ha dejado ya de ser una niña, la transformación de la sociedad española en materia moral está aún sujeta a una transición lenta, que requiere mucha voluntad de diálogo y escucha. A esta relentización contribuyen en gran medida los discursos excesivamente ideologizados de la clase política, que dificultan la cauterización de posturas polarizadas y la asimilación de un consenso social en este tipo de cuestiones.


Se agradece que la Real Academia de la Lengua haya decidido incluir en la quinta revisión del Diccionario la acepción matrimonio para referirse no solo a la unión entre hombre y mujer, sino también entre personas de igual sexo. Lo que no se dice, no existe. 


Ramón Besonías Román

Pedid y se os dará



La religión de los niños, pese a ser susceptible de manipulación por parte de los adultos, es profundamente pragmática. La lógica imaginativa en la que se basa todo universo religioso exige en manos de los pequeños el respeto a rigurosas normas de coherencia interna. Si un determinado santo o santa es, por poner un ejemplo, el patrón de las embarazadas, sería absurdo que la mujer se sometiese a su veneración y obtuviese a cambio un parto doloroso o aciago. Dioses, santos y demás personajes que protagonizan una religión deben cumplir su cometido, si desean en un futuro poseer suficiente legitimación del creyente que pone en sus manos la confianza en una venturosa consecución de los hechos. La advocación debe funcionar eficazmente; como se espera de cualquier objeto práctico, el mínimo requisito que debe cumplir es que funcione y, si es posible, que dure. Leí en cierta ocasión que algunas culturas ancestrales sustituían un tótem por otro al observar que no ejerce con utilidad el poder que se esperaba de él.

Lo recuerdo como si estuviese allí en estos momentos. Al final de la ceremonia de mi Primera Comunión, los salesianos se inventaron un peculiar paseíllo hasta las traseras del manto de la Virgen. La idea era que todos los comulgantes pasaran en fila india, uno a uno, frente al manto azul celeste de María Auxiliadora y que, mientras besábamos su pliegue, pidiéramos un deseo sentido y honesto. Quedaba fuera del catálogo de peticiones cualquier solicitud que tuviera como objeto nuestra egoísta satisfacción. Por aquellas fechas, mi abuelo estaba muy enfermo -un cáncer terminal y galopante- y qué mejor ocasión que aquella que me brindaban los salesianos para intentar enmendar los errores de la naturaleza. Metido en mi papel de fiel creyente, besé el manto virginal de la Auxiliadora, a la espera de que el milagro obrase en el cuerpo de mi abuelo. Pocos días después mi abuelo murió. Desde entonces, concedo exiguo crédito a la eficacia de la religión como antídoto a mis deseos y, he de confesarlo, poseo una cierta alergia involuntaria hacia todo lo que tenga que ver con vírgenes, santos protectores y demás merchandising espirituoso. No es que uno pida a Dios y sus vírgenes una efectividad del 100%, pero cuando menos podrían esforzarse un poco, ¿no creen?

Ramón Besonías Román

Elogio del escepticismo



Nunca he sido fetichista. Cuando era adolescente, no empapelaba mis carpetas con recortes de ídolos musicales o tops de infarto; mi estética juvenil era muy parecida a un traje de Armani, austero y monocromático. Escuchaba música, algunas canciones las repetía una y otra vez hasta quemar la cinta magnética del radiocasete; pero no tenía cantantes a los que idolatrar. Leía, devoraba palabras, pero nunca hice una lista de cuarenta principales. 

En lo referente a la religión, más de lo mismo. Fui creyente practicante durante un par de décadas; un creyente comprometido (en un sentido marxista), pero nunca agaché la cabeza ante la pirotecnia del ritual o el aura sagrada de los popes. Era de los que se cuestionaba todo, de esos moscardones que en el momento más delicado hace la pregunta más sensible. La seguridad de la fe, esa convicción en que algo puede ser verdad hoy, como lo fue ayer y lo será mañana, me resultaba sospechosa e intrigaba mi curiosidad. No necesitaba imaginar al clero desnudo para saber que en aquellos seres estirados, solemnes, que hablaban como si en ellos -o a través de la hipóstasis divina- residiera la verdad absoluta, habitaban las mismas dudas, los mismos miedos que inquietan a cualquiera. Por eso, su verborrea me sonaba a truco de prestidigitador. 

Soy de la escuela de Pirrón, de Montaigne, de Hume, de Nietzsche. No creo en certezas, solo en mapas provisionales. La vida es como un desierto en el que tras la noche, el viento deshace la orografía del día anterior, y debes de nuevo reorientarse, confiar en tu ingenio y sentido común para avanzar. Mi escepticismo es militante, aunque tengo, sin saber por qué, una visión optimista de la naturaleza humana; tiendo a pensar que, pese a los síntomas, el futuro depara más ventura que desgracias. 

Conviene no confundir escepticismo con pesimismo. La palabra "escepticismo" proviene de skepsis, que significa "examen a fondo". El escéptico requiere pruebas de cualquier enunciado con ínfulas de mandamiento; todo aserto debe ir acompañado de suficientes argumentos que los explique y justifique. Popper dixit. Una afirmación o una negación son más verdaderas cuanto más veces y con mayor rigor hayan sido sometidas a falsación. Por el contrario, el pesimista lo es más por una actitud existencial, por un ethos emocional; cree que el universo tiende a una entropía distópica. En un sentido estricto, un escéptico no es necesariamente pesimista. Dudar no implica la expectativa de que toda argumentación conduce a un abismo.

Por supuesto, no practico un escepticismo paranoico; no veo en cada argumento una ocasión de duda. Pero sí poseo una cierta sensibilidad -llámese si se quiere instinto- para detectar la estupidez humana, con su persistente catálogo de prejuicios, dogmas y catequesis. Huelo a un vendedor de Biblias a kilómetros de distancia. Cuando escucho o leo noticias, tiendo con facilidad a analizar los argumentos del protagonista; a buscar, como quien realiza un puzle, grietas que revelen inconsistencia. 

Más que creer, confío, otorgo crédito. Y lo hago solo con quienes lo muestran con naturalidad -revelarse, como diría Heidegger- o se lo han merecido con hechos fehacientes. Regalo mi confianza a las personas, no a sus ideas.

El propio ejercicio dialéctico excita mi intelecto; más allá de ser un compromiso con la inteligencia, deviene también en un acto lúdico, un entretenimiento de la mente, un juego de seducción intelectual. Hablando claro, me gusta discutir, lanzar pelotas que después pueda recibir con mayor potencia. Soy un mayeútico que se resiste a amarrar sus ideas en puerto. Como Ulises, amo el camino hacia Ítaca.

Ramón Besonías Román

Cristo en pepitoria



Leo esta mañana una de las no pocas noticias que te ajan el día a través de un relicario de estupideces con las que el ser humano enreda la madeja de la existencia ajena. Al parecer Javier Krahe y Enrique Seseña rodaron allá por el 77 un cortometraje en el que explicaban cómo se cocina un Cristo. "Calcúlese un Cristo ya macilento para dos personas. Se le extraen las alcayatas y se le separa de la cruz, que dejaremos aparte. Se desencostra con agua tibia y se seca cuidadosamente...” En 2004, Canal Plus emitió el corto como soporte audiovisual a una entrevista con Krahe. Ni corto ni perezoso, el Centro Jurídico Tomás Moro -algo así como una Santa Inquisición jurídica, que vela por el sostenimiento público de la fe- interpuso una querella por "ofensa a los sentimientos religiosos". Un juez ha recuperado este caso, ya denunciado sin éxito en dos ocasiones desde su creación.

Lo que me llama la atención de todo este asunto es la denominación de la querella: "ofensa a los sentimientos religiosos". Por definición, una ofensa es una humillación o herida en el amor propio o la dignidad de alguien, o ponerlo en evidencia con palabras o con hechos. Y cuando decimos alguien nos referimos a que la ofensa es un acto que requiere de dos protagonistas, un ofensor y un ofendido. Quien hiere un sentimiento lo hace a una persona física; no se puede ofender los sentimientos de un grupo, porque por definición los sentimientos son individuales e intransferibles. El concepto "sentimiento" no es aplicable a una colectividad que comparte determinado credo o ideología. 

A esto hay que añadir un matiz que, a mi juicio, es la raíz misma de este tipo de esperpentos jurídicos: la distinción entre literal y figurado. Quien orquestó el guión de este documental es evidente que no pensó en ofrecer a sus espectadores un curso de cocina, ni pretendió cocinar al horno el cuerpo insepulto de Cristo transfigurado. Su intención es metafórica, probablemente una crítica cáustica contra las mezquindades religiosas. Cuando el Cristianismo comenzó a extenderse entre la cultura romana, una de las críticas más habituales contra esta nueva secta emergente fue atacarla con una falacia similar a la utilizada por determinados creyentes en el caso del vídeo de Krahe. Los romanos no entendían cómo una religión puede incluir entre sus ritos comerse el cuerpo y beberse la sangre de su dios. De seguro, se imaginaban a los cristianos practicando actos antropófagos en las eucaristías, como también es lógico pensar que los cristianos asistían perplejos ante la ignorancia de los romanos. Hoy es la ciudadanía democrática la que tiene que asistir con estupefacción a la impostada afectación de determinados grupos ultraortodoxos, que en estos tiempos de progreso y supuesto sentido común deberíamos diferenciar con claridad los códigos semánticos del lenguaje audiovisual. Pero no, nuevamente intenta imponerse la sinrazón religiosa. 

Ante este tipo de noticias, me reafirmo en la necesidad de que los docentes intentemos educar a nuestros alumnos en la discriminación y valoración de los mensajes audiovisuales que a diario pueblan el universo digital de los adolescentes, donde se entremezclan diferentes lecturas semánticas, fácilmente confundibles. El texto ha sido sustituido por la imagen como nuevo medio de comunicación de ideas, y lo está haciendo en un marco digitalizado donde los mensajes se suceden con rapidez y agrupados en grandes cantidades en un mismo espacio. El sistema educativo debiera incluir en sus programas didácticos contenidos que tengan como objetivo la adquisición de habilidades de análisis y valoración crítica de los contenidos digitales. Damos por hecho con demasiada ingenuidad que un adolescente sabrá, cuando llegue a adulto, discriminar las múltiples significaciones que lleva implícita la comunicación audiovisual, sin necesidad de entrenarse previamente en descodificarlas. Un error mayúsculo. La adquisición de capacidades de análisis crítico de los miles de estímulos audiovisuales que recibimos cada día -especialmente aquellos que tienen una voluntad perlocutiva- es un reto educativo prioritario. De lo contrario, estaremos alimentando en los futuros ciudadanos adultos la ignorancia y la indefensión ante aquellos grupos y estamentos que intentan aprovecharse de la ignorancia popular para vender sin obstáculos su producto o, peor, manipular sus querencias e ideas a libre albedrío.

Posdata: Os recomiendo leer otro artículo publicado en este mismo blog, titulado Dios hasta en la sopa, que puede resultar un perfecto complemento a lo dicho.

Ramón Besonías Román

El plumero católico





La Conferencia Episcopal Española ha vuelto a demostrar que aún se encuentra instalada en la lógica perversa del nacionalcatolicismo. La única diferencia reside en que en democracia la Iglesia, cualquier iglesia, pasa a ser un grupo de presión más entre millones de ciudadanos, sin derecho a imponer un estilo de vida determinado, sujeta al escrutinio público y al disenso. Señor Rouco, señor Camino, ustedes ya no poseen la legitimidad moral suficiente entre la ciudadanía, y -por ventura- ni siquiera el poder institucional de antaño, que convertía a los gobernantes en meros bufones de su catecismo.

A los obispos les sentó mal la política social del PSOE y ahora que estamos en campaña aprovechan la coyuntura para arengar al electorado hacia el voto moral. España es uno de los pocos países europeos en los que aún existe una fuerte vinculación entre el credo religioso y la política conservadora. El PP ha intentado en lo posible evitar un debate directo acerca de su posicionamiento en asuntos morales, pero cuando no le ha quedado más remedio que pringarse, se le ha visto el plumero católico. 

La biblia conservadora del PP encaja a la perfección con las demandas de la Conferencia Episcopal. Exceptuando la oposición al divorcio, que a estas alturas sería absurdo e infértil vindicar, el Partido Popular coincide en devolver a España los valores que antaño -según ellos- hicieron de este país un ejemplo para la Cristiandad. Ningún partido conservador europeo posee este grado de sintonía programática con la fuerza religiosa imperante. La ideología neocon del PP en materia religiosa contradice la esencia misma del liberalismo clásico, según el cual es condición necesaria para que un Estado moderno adquiera un grado de concordia y cohesión social desvincularse radicalmente de cualquier credo religioso, respetando la separación entre Estado e Iglesia y dejando los asuntos espirituales en manos del libre discernimiento privado. Pese a que el Partido Popular es una fuerza política democrática, aún persiste en él un sesgo preconstitucional del que aún no se ha liberado, ni parece tener intención de hacerlo. No ha entendido a estas alturas que el Estado debe ser neutro en materia religiosa, y que su única implicación en estos asuntos debe ser la de propiciar que todos y cada uno de los ciudadanos españoles puedan ejercer con libertad su derecho a creer (o no) en lo que deseen, sin favoritismos ni imposiciones. La moral del Estado es la Constitución y sus mandamientos las leyes que se acuerdan en el Congreso. La Iglesia Católica es una más entre las muchas confesiones privadas a las que tienen derecho los españoles a pertenecer o a excomulgarse. Para el Estado, que un español sea católico debe tener igual peso que si es del Real Madrid o es socio del Club de Amigos del Lince Ibérico. Todos estos ejemplos pertenecen al ámbito privado de la ciudadanía y el Estado no debe injerir en ellos, ni propiciando ni impidiendo. 

El PP sigue al pie de la letra su catecismo neoliberal del laissez faire en materia económica, pero evita aplicarlo en todo lo referente a asuntos morales que atentan -a su juicio- contra el catecismo católico. Esta implicación del Partido Popular en materia religiosa atenta gravemente contra un principio constitucional básico y pone en peligro el derecho de la ciudadanía a vivir su vida sin las injerencias del Estado. España dejó hace tiempo de ser Católica. Apostólica y Romana, para convertirse en un territorio plural, dialogante, en donde es posible la convivencia pacífica entre diferentes confesiones o convicciones porque el Estado las protege con igual encono que el derecho a no pertenecer a ninguna de ellas.

En estos días se habla mucho de la agenda oculta del PP en materia económica, pero desde siempre ha estado también en la mente de este partido facilitar en España las demandas del Vaticano, impidiendo que las leyes alcancen con su garantismo de derechos a aquellos que quedan fuera del credo pontificio. Cada vez que el Partido Popular abre la boca para hablar de asuntos morales, supura esta convicción atávica y preconstitucional que le ajena de parecer y ser un partido moderno y plenamente consciente del espíritu que alienta nuestra Carta Magna.

Ramón Besonías Román

Dios en la escuela



Desde un punto de vista político, la religión ha sido utilizada como ingrediente esencial para la cohesión social, especialmente en aquellos países de tradición católica, como es el caso de España. En nuestro período franquista, preconstitucional, la Iglesia Católica estaba ligada directamente con la moral imperante y el aparato legal y cultural del régimen. Con el advenimiento de la democracia, esta conexión se fue diluyendo, en favor de un modelo no confesional de Estado y de la defensa de la libertad religiosa. Instituciones tradicionales como el ejército o la educación se han ido desligando de su influencia religiosa, para configurar un espacio público plural en donde convivan sin injerencias ni coacciones diferentes credos y opiniones, al servicio de la convivencia. Pese a que la educación católica sigue estando presente en la escuela pública, de manera opcional y voluntaria, el sistema educativo público se concibe como un espacio de aprendizaje, reflexión y diálogo ciudadanos, que aporte una sana socialización para insertarse con responsabilidad, respeto y espíritu crítico en el mundo adulto.

No se puede obviar la religiosidad como un elemento de nuestra cultura, pero tampoco convertir la educación religiosa en una catequesis. No es misión de la escuela predicar credos particulares, sino educar en valores colectivos que permitan a los menores integrarse en el mundo. La catequesis y el apostolado son patrimonio privado de la Iglesia y deben ofrecerse en espacios particulares (parroquias). Sin embargo, es importante dar a conocer a nuestros alumnos la religión como parte de nuestra cultura y enseñar a valorar y respetar las diferentes creencias. Sería un error aislar la educación pública del conocimiento de las religiones; esto solo conduce a un integrismo laicista y a una ignorancia autista. Educar sin escuchar a todas las voces y sin establecer un diálogo con ellas no ayuda en nada a fortalecer la convivencia. Al contrario, genera división social y posicionamientos extremos. La educación religiosa en la enseñanza pública no debe ser una catequesis, pero tampoco puede desaparecer. Debe integrarse en el modelo educativo de forma equilibrada y transconfesional, tomada exclusivamente desde un punto de vista cultural, propiciando el diálogo respetuoso y la confrontación de ideas.

Cabe defender un modelo de educación religiosa en la escuela pública plausible y respetuoso con la Constitución. Implicaría mantener la enseñanza religiosa dentro del currículo, como un área más, pero diversificando los contenidos más allá de la adquisición de conocimientos sobre religión católica. Los alumnos estudiarían el hecho religioso y la historia de las religiones; el objetivo sería dar a conocerlas como parte de nuestro patrimonio cultural y aprender a valorarlas y respetarlas como códigos morales legítimos. Sería sano que dentro de la escuela se estableciera un diálogo multiconfesional que enriqueciera visiones sesgadas y dogmáticas del hecho religioso. Este modelo implicaría igualmente desligar la enseñanza religiosa de los obispados, siendo las Consejerías competentes quienes a través de los cauces legales de oposición gestionen y paguen a los profesores titulados. De esta forma, mantendríamos la enseñanza religiosa, pero desligada del control particular de cada iglesia. El Ministerio de Educación y las Consejerías se encargarían de establecer los contenidos mínimos del área y de habilitar profesionales para impartirla.

Tanto el modelo actual de educación religiosa, como otras alternativas virulentas -por citar algunas, hacer desaparecer
la religión de la enseñanza o habilitar horarios de tarde para impartirla- no hacen sino convertir la religión en un gueto que discrimina a la ciudadanía entre los que son creyentes y los que no, en vez de propiciar un diálogo sereno y constructivo dentro de los mismos centros educativos. La religión debería convertirse en una ocasión para generar cohesión social más que multiplicar las divergencias. Para ello todos deben ceder parte de sus intereses; la Iglesia Católica perdería la primacía y control pedagógico sobre los planes de estudios religiosos, en favor de un modelo multiconfesional gestionado por las instituciones educativas públicas, y el Estado se comprometería, por su parte, a proteger la enseñanza religiosa en la escuela pública con un plan de estudios respetuoso con la diversidad cultural española, integrando el conocimiento y diálogo con otras religiones.

Ramón Besonías Román

Dios hasta en la sopa



Dios (bueno, más bien los atributos con los que sus diplomáticos terrenales le definen), pese a ser Uno e indivisible, posee una asombrosa maleabilidad en función de los tiempos y sus modas. Así, su iconografía publicitaria varía a lo largo de los siglos, adaptándose a los gustos y las estéticas de cada momento histórico. Hoy toca entrar en las redes sociales para ganarse a la feligresía joven, picardeada por el laicismo; insertarse en el folclore popular, llevar a Dios allí donde la juventud orea su identidad. Dios mismo ha decidido -en un esfuerzo de mutabilidad extraordinaria- representarse a través de la imagen arquetípica de su hijo, Jesucristo, en diversos objetos de uso común entre la chiquillada. Un acto -todo hay que decirlo- de profunda humildad por su parte; ¡qué necesidad tiene Dios de caer tan bajo, haciéndose ver en una superficie de una patata frita o de una pizza!

Los dueños de una pizzería australiana se quedaron de piedra al descubrir cómo en la orografía de una pizza tres quesos podía distinguirse la figura de Jesucristo. Su asombro mutó pronto en interés crematístico y decidieron subastarla por Ebay; el negocio le salió redondo: algún coleccionista de arte sacro decidió que 110 euros era una ganga por un Cristo 3 quesos. No es de extrañar que en unos años Sotheby´s la subaste por millones. Sabíamos hasta ahora que Dios era trino, pero después de hallazgos tan prodigiosos como estos, la teología podría dar un giro copernicano: Dios puede hipostasiarse en cualquier objeto, ya sea patata, pizza o tortita mexicana. En Ohio, una mujer estuvo a punto de zamparse a Cristo, impreso en una empanadilla polaca; menos mal que se percató del pecado mortal que estaba a punto de cometer y decidió congelar la pierogi, vendiéndola días después por 1.240 euros. Y en Dallas, cuál fue la sorpresa de un matrimonio al abrir su bolsa de cheetos, que cayó en la cuenta de que unos de ellos tenía forma de Cristo y decidieron apodarlo Cheesus. Pero Dios, en su infinita misericordia, no solo se ha avistado en estas formas, con el fin de dar a conocerse en este mundo impío, nueva Babilonia, Sodoma sin redención. No, también tuvimos el gusto de encontrarlo en el pan naan de un restaurante indio, en la pintura desconchada de un bar irlandés, en unas lonchas de beicon quemadas sobre una sartén, en la tapa de un tapón de Marmite. Incluso un ateo de Nueva York volvió a la fe verdadera tras recibir la iluminación divina bajo la mediación de la superficie de una media naranja; en ella podían distinguirse las figuras de Cristo y la Virgen María, un dos por uno. En un comedor de caridad, un pastor de Florida reconoció la imagen de Cristo crucificado en una de las patetas que estaba pelando. Se han experimentado avistamientos tan insólitos como el de un Cristo impreso sobre un ticket de los supermercados Wall-Mart.

Es tal la fama que adquirieron estos avistamientos gastronómicos, que algunas empresas decidieron hacer caja a su costa. Una marca de tostadoras lanzó la Jesus Toaster, que imprime en las tostadas la cara de Cristo. Muy sonado fue el caso del Cristo de Kit-kat, un fake viral lanzado adrede por esta empresa a modo de broma publicitaria. La marca sacó al mercado chocolatinas que las morderlas descubrían a lo largo y ancho de su sección el rostro de Jesucristo.

Dios se ha vuelto sofisticado; ya no se conforma con hacerse ver en zarzas ardientes o a través de sueños esotéricos. Hay que adaptarse o morir. Estamos inmersos en pleno capitalismo; todo el mundo consume, llenando su hogar de objetos inservibles. ¡Qué mejor campaña de márquetin divino que llevar a Cristo a todas las familias a través de objetos de consumo! Si no puedes con ellos, únete.

Ramón Besonías Román

Babel



La visita del pontífice Benedicto XVI ha reabierto el debate en torno al papel de la Iglesia Católica dentro de la vida pública española. Seglares disconformes con el boato y la ostentosidad con la que el Papa se presenta ante su feligresía y ciudadanos de diversa confesionalidad, críticos con el modelo actual de relación entre Estado e Iglesia, especialmente en lo referente al gasto público para este tipo de visitas públicas, han manifestado en la calle su disensión. Benedicto XVI sabe que visita una España que ha manifestado una profunda transformación en sus creencias religiosas y convicciones morales; sabe que existe parte de una ciudadanía española disidente con la política exterior y el discurso moral sobre la cultura en Occidente que mantiene con obstinación su papado. Por eso, el primer gesto al entrar en España se dibuja a modo de súplica a la ciudadanía y al Estado español: respetad la identidad y los valores cristianos que poseen muchos españoles. Benedicto aboga por la tolerancia a todas las opciones religiosas en lo que puede interpretarse como una llamada al multiculturalismo (opción poco probable), o más bien como un aviso a navegantes, demandando un amago por parte del ejecutivo hacia posturas amables con el Vaticano.

El Gobierno ha apoyado
la visita del pontífice con todos los medios disponibles por el Estado, en un gesto de responsabilidad tanto hacia los miles de ciudadanos españoles que asistirían a los actos de la JMJ como a los jóvenes que vienen desde fuera de España. Televisión Española ha cubierto la visita en directo, respetando una narrativa informativa cómplice con la población a la que va dirigida esta Jornada, obviando las manifestaciones de protesta que ha generado. En términos de responsabilidad política, las instituciones han respondido con eficacia y respeto, adecuando su voluntad de servicio a la naturaleza del evento.

Aún así, esta visita papal ha generado posturas extremas que más que alentar el entendimiento, propician una dialéctica infértil y crispante. Por un lado están aquellos políticos y ciudadanos que sueñan con una España arreligiosa en donde la confesión católica deje de tener voz pública, y por el otro, aquellos que quisieran recuperar los años dorados del nacionalcatolicismo. Ambos excesos no hacen sino quebrar la posibilidad de un debate sereno y responsable acerca de la relación futura entre Iglesia y Estado. Es evidente que se hace necesario a estas alturas de nuestra democracia abrir un debate político acerca de estos asuntos, aunque éste debe hacerse con prudencia y voluntad de escucha, a menos que queramos involucionar de nuevo hacia posturas dogmáticas, sin dejar hueco al consenso. Los españoles estamos preparados para firmar un acuerdo de no beligerancia, estamos preparados para una Ley de Libertad Religiosa. Los ciudadanos de a pie nos comportamos con respeto hacia cualquier tipo de confesión, comprendiendo el carácter privado de la misma; de igual forma, consideramos grave el intento por parte de cualquier religión de capitalizar la moral y las costumbres de la ciudadanía.

Un consenso de esta naturaleza debiera garantizar dos aspectos esenciales: la aconfesionalidad del Estado y la libertad religiosa de todos los ciudadanos. La función de todo ejecutivo se circunscribe a la protección de la libertad religiosa de los ciudadanos, sin inmiscuirse en sus convicciones y conductas morales, a no ser que éstas contravengan derechos constitucionales. Igualmente, los creyentes -como cualquier otro ciudadano- están en su derecho cuando manifiestan su acuerdo o disenso en cualquier asunto público, siempre y cuando respeten la pluralidad de confesiones y discursos. Este modelo de relación entre Iglesia y Estado tiene sus bases en el laicismo moderno, que considera toda religión una manifestación privada de creencias, ajenas a la competencia del Estado, el cual posee la competencia de dirimir en los asuntos públicos y no en la moralidad de su ciudadanía. Esta no injerencia es bicondicional; la Iglesia institucional debe entender que sus formas de vida no pueden ser extensibles al resto de la población. El sueño dogmático de una España Católica, Apostólica y Romana queda descartado en democracia. Benedicto XVI debe asumir la pluralidad de credos, costumbres e ideologías como una condición sine qua non de la convivencia democrática. La dirección que toman las convicciones morales de la ciudadanía en un período histórico determinado deben responder (en democracia) a su propia voluntad y entendimiento, y en ningún caso deben estar sometidas a la coacción o al privilegio de ninguna confesionalidad. Mal que pese a algunos, España solo puede mejorar su convivencia y cohesión social a través de un ejercicio de tolerancia y respeto a la pluralidad.

Así, cuando el ejecutivo aprueba leyes como la unión civil de parejas homosexuales, está abriendo derechos legítimos de un sector de la población que hasta ahora carecía de ellos, pero en ningún caso limita los derechos del resto de ciudadanos. Leyes como ésta amplían derechos, no los coartan. La Iglesia institucional tiene el derecho legítimo a opinar y disentir acerca de estas leyes, pero no posee competencias para derogar ni inmiscuirse en derechos ajenos. El Estado, con leyes como la unión civil de homosexuales, no está apoyando moralmente unas conductas (este no es ni debiera ser su cometido), sino reconociendo el derecho de este tipo de uniones a poseer iguales prestaciones públicas que el resto de uniones voluntarias. Las conductas privadas y convicciones morales de los homosexuales no son competencia del Estado, como tampoco lo son las creencias religiosas de la ciudadanía.

La ampliación de derechos hasta ahora constreñidos por imposiciones culturales y religiosas de determinados sectores de la población debe ser un objetivo esencial en todo gobierno democrático, al igual que el camino más sensato hacia la convivencia es la cohabitación de todos los credos y opiniones, sin la injerencia dogmática de ningún grupo de presión. Es fácil caer en la postura moral de creerse en la verdad absoluta e intentar imponerla al resto de la sociedad, bajo la convicción de que estamos haciendo lo correcto, de que estamos salvando el alma de nuestros vecinos; sin embargo, también es razonable inferir de esto que la imposición de una moral privada deviene en esclavitud. Solo bajo el arbitrio voluntario del contagio y entendimiento mutuos, mediados por el respeto y la tolerancia, pueden convivir en un mismo espacio y tiempo opciones vitales diversas, sensibilidades dispares, enriqueciéndose mutuamente. El sueño despierto de una Babel democrática fue vista a menudo por puritanos e integristas como una distopía demoníaca. Hoy es ya una invitación plausible a una paz perpetua.

Ramón Besonías Román

Agua y aceite



No sé si ustedes han tenido alguna vez la sensación de saber que la posibilidad de un mínimo entendimiento con una determinada persona estaba condenada a fracasar sin redención posible. En esos casos, pese a que uno ponga un denodado empeño en sacar adelante la relación, tiene la convicción profunda de que un abismo afilado y profundo te separa de tu antagonista; que cada cual habla lenguajes diferentes, que su mapa del mundo traza rutas a millas de la tuya, que palabras iguales poseen en el universo cognitivo de cada uno una exégesis fundada en axiomas anversos. Una sensación similar tengo cada vez que oigo por la prensa los discursos públicos del pontífice Benedicto XVI. Aunque con el tiempo he llegado a inmunizarme, aún adolezco de una cierta urticaria de indignación que me enciende la mala leche o, si me pilla manso, cortocircuita mi sentido común. Tras el sofoco, reconozco que una pasión de esta naturaleza es inútil, que agua y aceite, pese a poder convivir en un mismo hábitat, son fácilmente discriminables debido a su dispar estructura molecular.

En su primer discurso (homilía para los conversos), Benedicto XVI se ha dirigido en un principio no a sus fieles, sino a los paganos -políticos ateos y laicos díscolos, supongo-, rogándoles respeto a los valores cristianos (a saber). Un ruego del que se infiere que la opinión del pontífice respecto a la postura del ejecutivo y de cierto sector de la sociedad española en relación a la Iglesia Católica incomoda la sensibilidad del Papa. Resulta un tanto ingrato por su parte comenzar su periplo apostólico por tierras españolas recriminándonos intransigencia religiosa; más aún observando el despliegue de medios y personas que ha levantado su Jornada Mundial de la Juventud y que las instituciones políticas han acometido con tanta diligencia y profesionalidad. No es muy gentil por su parte, digo yo.

Dicho esto, Benedicto XVI -Ratzinger para los paganos- se ha dirigido a los jóvenes presentes, exhortándoles a no dejarse llevar por las tentaciones de este mundo y evitar la soberbia de creerse dioses, como esas personas que deciden ellos mismos qué es verdadero, bueno o justo, o aquellos otros que se mueven por la vida actuando por impulsos o al azar. El pontífice considera que esta actitud conduce a «una existencia sin horizontes, una libertad sin Dios». Al cierre de esta exhortación, un coro ha cantado exultante un Aleluya. Menos mal que uno es alérgico a estos happenings; de lo contrario, no hubiera aguantado levantar la mano a la espera de una explicación. Ya, ya sé que es propio de este tipo de celebraciones una adscripción pasiva a las palabras del pontífice, al que se le supone a priori y a posteriori total infalibilidad y validez cartesiana. Lo sé, pero uno no puede evitar tener algunas dudas y querer aliviar ipso facto el resquemor que le dejan en cuerpo y alma. Qué le vamos a hacer, Dios me hizo así, curioso y preguntón.

Lo cierto es que entendí muy bien eso de que no es recomendable -más aún durante el fragor hormonal de la adolescencia- dejarse llevar muy a menudo por los impulsos más inmediatos o por el sino de una ruleta, especialmente si con ello se intuye que van a ser peor las consecuencias que el desfogue. Lo entiendo y me uno a las súplicas del pontífice. ¡Jóvenes de todo el mundo, sed inteligentes, divertíos con seso y mesura,... pero divertíos! Lo que no acabo por masticar tan fácilmente es esa súplica de no decidir uno mismo que es más conveniente para sí. Eso me lo tiene que explicar el señor Ratzinger. Yo siempre había supuesto que Dios nos había instalado de serie un sensor de sentido común, que según las circunstancias o la voluntad, así subía o bajaba. Pero va a ser que no, que existe un libro de instrucciones que te indica paso a paso lo que es mejor para ti, sin mediación del entendimiento. Si me lo llega a decir antes, señor Ratzinger, me hubiese ahorrado horas y horas de deliberación y en su lugar hubiese tirado del libro. Esas cosas se avisan. En fin, que le voy a contar yo a usted, paciente lector, que ya no sepa. Agua y aceite.

Ramón Besonías Román

Católica, apostólica e indignada



España es católica, apostólica e indignada; podremos confirmar este titular durante la Jornada Mundial de la Juventud. El fervor de la feligresía adolescente convivirá con el cabreo ciudadano, creyentes y no tanto, en pos de una Iglesia menos hipócrita y más humilde, y de una separación taxativa entre religión y Estado (lo que es del rey, al rey; lo que es de Dios, a Dios). Esta es la realidad de nuestro país; nuestra cultura aún sigue anclada, pese a las estadísticas, en la imaginería católica; no vamos a misa, disentimos del catecismo retrógrado de la Conferencia Episcopal, pero cuando la Iglesia pide apoyo popular, salen miles de católicos debajo de las piedras. Repelemos el compromiso practicante que demanda toda fe, pero nos apuntamos con entusiasmo a la fiesta pirotécnica del Papa superstar.

Sin embargo, de las ruinas de la secularización está empezando a surgir un laicismo vindicativo, paralelo a la discrepancia de no pocos católicos heterodoxos, que no quieren callar ante los excesos, las pócimas medievales y esta pirotecnia publicitaria que desalienta a muchos feligreses e indigna a los paganos. Rouco, tras esta megaverbena católica, es seguro que proclamará entusiasmado el auge y vitalidad del cristianismo español, alérgico a la lacra mortal del laicismo. Extenderá las manos al cielo, dando gracias al Creador, por infundir en las almas de los españoles el milagro de la fe. Y tengamos claro que utilizará este éxito mediático para vender al ejecutivo la imagen complaciente de una España católica reemergente de las cenizas del paganismo. Este tipo de jornadas y visitas estelares no son otra cosa que merchandisin contra la competencia resistente de la secularización. Pretenden vender su producto a través de placebos destinados a una juventud entusiasmada por salir de casa, viajar y compadrear con gente de todo el mundo. ¡Qué joven se resistiría a tamaña propuesta!

Pero una cosa es placebo y otra medicina. Actos como la Jornada
Mundial de la Juventud no desmienten la necesidad de la sociedad española de un cambio de actitud dentro de las instituciones católicas en materias como su relación con el Estado o asuntos de índole sociocultural; véase el caso del aborto, los homosexuales, la eutanasia, la libertad religiosa, etecé, etecé. Ratzinger no va a encontrar solo jóvenes retozando por las plazas, vitoreando totus tuus; también debe reconocer la voluntad de numerosos ciudadanos indignados con la Iglesia, que demandan reformas esenciales. Esta necesidad de reformismo no proviene de ateos o agnósticos; brota del propio seno de la Iglesia, pidiendo una humanización urgente, una escucha tolerante al laicado, un acercamiento sincero a la realidad social de los seres humanos, frente a la intolerancia metafísica que defienden los adláteres pontificios.

Ratzinger, Rouco y demás santos varones, protectores del dogma, creen que basta con la orquestación de una escenografía faraónica para acallar la disensión popular y el cabreo de una feligresía descontenta, alejada hace ya décadas del reglamento moral de la Iglesia. Por otro lado, quizá algunos ingenuos confían en que España dejó hace tiempo de ser católica, pese a su potencial movilizador de masas. La realidad demuestra la persistencia de la cultura católica, aunque en convivencia con la liberalización de las costumbres, menos permeable a los dictados abstractos -cuando no perniciosos- con los que taladra la Conferencia Episcopal a correligionarios y paganos. El único camino conciliador es -siempre lo fue- el necesario reconocimiento de la pluralidad religiosa, ideológica y de costumbres que vertebra toda sociedad democrática. Estamos obligados a convivir; para ello hay que aprender a escuchar las voces ajenas. No hay otro camino que lleve al entendimiento y la cohesión social que la convivencia pacífica y respetuosa de todos los credos e ideas. La tarea del Estado es protegerla, sin injerencias dogmáticas; el reto de la ciudadanía,
hacerla posible.

Ramón Besonías Román

Indulgencias



Aunque las bulas son meros documentos administrativos -reglados según derecho canónico- que la Cancillería Apostólica emitía bajo rúbrica papal (un sello de plomo en el que se marcaba la cruz y las figuras de San Pedro y San Pablo), las que más fama adquirieron fueron las llamadas indulgencias. El Papa, bajo determinadas circunstancias, disminuía al penitente la purga que debe acompañar a todo arrepentimiento. La indulgencia no perdona los pecados (la absolución queda reservada a Dios), solo alivia las exigencias que se derivan de ellos. Aún así, la obtención de una indulgencia no era menospreciada por ningún creyente, ya que en algunos casos la penitencia consistía no solo en la práctica de costumbres ascéticas (como el ayuno o la austeridad), sino también en la autoimposición de crueles quebrantos físicos. No bastaba con rezar tres padrenuestros y dos avemarías para sanear las cuentas con Dios. El penitente debía realizar una purga interior y exterior; a través de la mortificación del cuerpo, el alma se acerca a Dios. «¿Ha predicado usted? ¿Ha orado? ¿Ha ayunado? ¿Ha tomado disciplinas? ¿Ha dormido sobre duro? Mientras usted no se decida a esto, no tiene derecho a quejarse» (cura de Ars).

Las primeras recomendaciones de penitencia a causa de pecados de lesa divinidad eran realmente imaginativas y nada complacientes, como por ejemplo, someterse al escarnio público. Pero el método penitenciario más recurrente y conocido es el cilicio, una simulación de los tormentos que debió pasar Jesucristo hasta morir en la cruz. El cilicio no era solo un instrumento de penitencia; también se usaba como estrategia preventiva contra las tentaciones, especialmente aquellas asociadas a la entrepierna.

La pena era directamente proporcional a la gravedad del pecado. Si era venial, pero persistente, quizá debieras tan solo ayunar y rezar. Si el tropiezo amenazaba la salvación del creyente, la purgación requería medidas más expeditivas; sea el caso de peregrinar a lugares santos. Fue precisamente la peregrinación una de las formas tradicionales de obtener indulgencias papales. El peregrino, mientras caminaba, tenía tiempo suficiente para pensar en sus pecados y arrepentirse de ellos; el camino hacía las veces de terapia espiritual. No hay que ser muy astuto como para no intuir que un viaje a lugares santos era más accesible para las clases altas que para un simple molinero o agricultor. Hoy el peregrinaje es una opción asequible para casi todo el mundo, no solo por la mejora de las comunicaciones, sino porque existe toda una industria que facilita este tipo de excursiones religiosas a precios modestos.

Fue precisamente el abuso que hicieron los nobles de indulgencias a cambio de dinero, en connivencia con las autoridades eclesiásticas, que no le hacían ascos a cambiar un escaño en el cielo a cambio de llevarse los bolsillos. Precisamente el abuso de este tipo de transacciones fue uno de los detonantes de la reforma luterana (con las famosas 95 tesis de Wittenberg). Lutero se da cuenta de que la Iglesia utiliza las indulgencias para por un lado atemorizar a los fieles con los horrores del infierno, y por otro sacar tajada de ese miedo. Las indulgencias provocaban que el penitente no se arrepintiera de corazón; la prueba a la que te sometía la indulgencia hacía las veces de alivio para el alma. Una eficiente instrumentalización del perdón divino. Fue tal el desmadre de las indulgencias que tuvieron que prohibirlas. Además, suponía una medida claramente discriminatoria y clasista. Una versión moderna de las indulgencias, que ha influido profundamente en nuestro derecho, es el concepto de rehabilitación penitenciaria. El preso obtiene prebendas a cambio de buena conducta.

Benedicto XVI ha decidido poner de nuevo de moda las indulgencias, prometiendo una atenuación de la pena a las madres abortistas que durante los actos de la Jornada Mundial de la Juventud se sometan a confesión. El Papa ha habilitado a los sacerdotes que estén presentes en estos actos para librar a las pecadoras de su execrable asesinato. No deberán someterse a mortificaciones, ni deberán pagar tributo a la Iglesia, no. Basta con confesar su pecado y de inmediato intermediará ante Dios para que el pecado rebaje su gravedad unos puntos. Si participas en algún acto de la jornada o te enrrollas con algún coleguita, haciéndole un favor, te llevas una indulgencia plenaria. Pero si no estás tú muy generoso esos días, puedes recurrir al mini descuento (indulgencia parcial); solo tendrás que echarte una oración y listo. Cosas del derecho canónico, o no, quizá sea que con esto de la fiesta juvenil a Benedicto se le ha ablandado el alma y quiere (a falta de clientela) lanzar rebajas de fin de verano. Vete tú a saber, los caminos del Señor (Ratzinger) son inescrutables.

Ramón Besonías Román

Totus tuus



Hay evidentes diferencias entre la próxima visita del Papa a España, con motivo de la Jornada Mundial de la Juventud, y la entrada nada triunfal de Jesús de Nazaret en Jerusalén, montado a lomos de un burro y acogido tan solo por unos pocos curiosos, la mayoría indigentes y lisiados, en busca de una esperanza de última hora, o simplemente para reírse de aquel iluminado, convertido para regocijo de los judíos en otro payaso más entre tanto predicador y vendedor de recetas para ser feliz. El señor Ratzinger -Benedicto XVI para los conversos- llega más como un emperador recién electo que como el humilde representante de la Iglesia Católica que lidera. Pero esto francamente importa poco a quien esté alejado de estas pompas y oficios. Para el pagano, la visita del Papa es más bien un incordio; obligará a cortar calles y plazas y, lo que es peor, vaciará las exiguas arcas del gobierno para alimentar el fan-atismo de unos miles de fieles papistas. No solo asociaciones laicistas, también numerosos grupos católicos están siendo bastante críticos con la escenografía faraónica de esta visita. A éstos les preocupa la imagen pública que Ratzinger está dando al mundo de la Iglesia Católica y la incoherencia con la voluntad de servicio y votos de pobreza y humildad que ésta preconiza. A aquellos otros les molesta que se utilicen fondos públicos para organizar eventos privados, pensados solo para ciudadanos con unas determinadas creencias religiosas. ¿Debe un Estado aconfesional utilizar sus presupuestos para financiar parte de estos eventos?

Queda aún por ver si una ley de libertad religiosa tiene su apoyo en la España del siglo XXI. En el caso de que los conservadores accedieran al poder, dudo mucho que esta ley llegara siquiera a sugerirse; lo más probable es que los acuerdos con la Santa Sede serían aún más generosos de lo que ahora son y que los colegios religiosos concertados encontrarían menos obstáculos y más fondos. La postura de progresistas y conservadores en materia religiosa es en teoría radicalmente opuesta, aunque ambos partidos han evitado en la medida de lo posible radicalizar sus opiniones y propuestas en esta materia, temiendo quizá perder el cariño de parte de su electorado. Es curioso cómo en España la actitud acerca de la
relación entre Iglesia y Estado de los progresistas es mucho más liberal -en un sentido clásico del término- que la de los conservadores. El PSOE ve la religión como un asunto privado del ciudadano; el Estado no debe inmiscuirse en estas cuestiones, sino tan solo proteger el derecho a la libertad religiosa cuando éste sea violado. Los progresistas entienden mejor que los conservadores la aceptación y el respeto a la diversidad cultural y religiosa de los españoles, más aún ahora que la inmigración es un hecho consumado en España y estamos en un mundo globalizado e interconectado por las tecnologías de la comunicación. El PP, por el contrario, interpreta la religión -la católica en exclusiva- como uno de los elementos esenciales de la cohesión social y de lo que ellos llaman la unidad nacional. Su visión de la relación entre Iglesia y Estado está aún demasiado ligada a su antecedente preconstitucional y, en parte, es incoherente con su ideario liberal. Al PP parece interesarle proteger más las libertades económicas que las religiosas.

La religión sigue siendo en España un tema político de difícil resolución, ya que la ciudadanía aún se encuentra muy polarizada, pese a que las costumbres y creencias de los españoles han presentado cambios manifiestos desde el nacimiento de nuestra Constitución. El electorado se mueve aún con una doble moral: por un lado, reconoce ser un ciudadano moderno, tolerante y abierto desde un punto de vista moral, pero por otro lado, buena parte de esa ciudadanía también se reconoce como católico (no practicante). Costumbres paganas en un alma católica, ésta parece ser la idiosincrasia de no pocos españoles. La Iglesia Católica permite este doble rasero dentro de su feligresía; aplicar la severidad de la virtud cristiana les dejaría sin laicos en pocos años, muchos más de los que ya pierden a causa de su defensa de una moral medieval, inflexible y atávica. Por otro lado, el gobierno socialista, pese a su voluntad de llevarla a cabo, no pudo poner en marcha su ley de libertad religiosa; la crisis económica ya le ha provocado suficientes agravios electorales, como para entrar a pocos meses de unas primarias en la difícil tarea de poner sobre la mesa un tema aún tan complejo como éste. No es previsible que veamos en pocos años una ley como ésta; una pena, ya que crear un debate social sobre el papel de la religión en la vida
pública y dentro del Estado sería una buena oportunidad para sumar voluntades y fortalecer la convivencia.

Ramón Besonías Román

la mirada perpleja © 2014