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Son multitud



Esta reflexión responde a una noticia leída en un diario nacional (Un mensaje de Facebook movilizó 340.000 votos en un solo día, El País, 13 de septiembre de 2012), según la cual, como reza su título, la red tiene la virtud prodigiosa de movilizar voluntades a través del poder mágico de un solo mensaje de Facebook. La idea proviene de un experimento científico de una Universidad norteamericana, que deseaba comprobar empíricamente sus sospechas sobre el poder subyugante de la red a la hora de reconfigurar la voluntad política del electorado. Un ejemplo de optimismo conductiva, que de seguro complacerá a más de un político y, sobre todo, a las numerosas empresas de márquetin político que comienzan a pulular no solo en Estados Unidos, sino también aquí, en España, y que sustituyen a las formas clásicas de autopromoción y captación de votos en las campañas electorales. 

Nadie puede negar la influencia que poseen las redes sociales a la hora de reconfigurar la relación entre los partidos políticos y su potencial electorado. La ciudadanía tiene acceso directo y rápido a las noticias, por lo que a la clase política se le hace más difícil, cuando no imposible, controlar y manipular la información. Asimismo, Internet es un vehículo privilegiado para la movilización ciudadana. Permite con rapidez y cierta eficacia reunir a numerosos ciudadanos en torno a un objetivo común, así como reproducir viralmente mensajes vindicativos a fin de crear conciencia sobre determinados asuntos de interés público. Y todo esto sin la mediación o control de las instituciones y ajenos a los medios de comunicación tradicionales. Esto ha generado en un gran número de ciudadanos, especialmente entre la clase media ilustrada, una conciencia social y política resucitada.

Ahora bien, no debiéramos frotarnos las manos, como hacen los científicos de la Universidad de California, y pensar ingenuamente que Internet tiene poderes telúricos que si son reconducidos con inteligencia, pueden proporcionar a los políticos un éxito seguro. Más quisieran. La viralidad de las redes sociales es un hecho, pero no así la seguridad de predecir su direccionalidad y consecuencia sobre determinados comportamientos. Internet opera como un sistema cuántico. Podemos provocar una cadena de reproducción de mensajes a través de la red, incluso tener seguridad del éxito de su viralidad, si tenemos los medios necesarios para provocarla, pero en ningún caso podemos predecir el impacto y la influencia de este fenómeno más allá de un campo de influencia limitado. Es tal la cantidad de interacciones que provoca una información y su caótica interacción con otros mensajes (incluso contradictorios), que nadie puede determinar la dirección y efecto final sobre la ciudadanía, y menos aún augurar el impacto que tendrá sobre las urnas. 

Esta indeterminación no resta importancia a la red como un campo de pruebas idóneo para que los partidos políticos puedan observar las intenciones o expectativas de un limitado espectro de su electorado. Pero prever actitudes no es lo mismo que determinar conductas. A eso le sumamos que en las redes sociales no siempre coinciden las opiniones o intenciones con los comportamientos reales de quienes las emiten. Hoy por hoy no existe ningún detector de mentiras digital que nos asegure que el internauta se comporta siguiendo un sistema estable de coherencia interna.

La actual crisis económica ha desestabilizado los medidores de predicción políticos. El voto que importa se sitúa en un espacio intermedio e indeterminado que obliga a los partidos políticos a reajustar su discurso con el fin de contentar a una mayoría insatisfecha que ya no fideliza su voto en función de una ideología tradicional, sino atendiendo a múltiples factores, imposibles de cuantificar o prever. Si leemos con atención la voz popular en la red, comprobaremos que está plagada de maximalismos cargados de reproche y cabreo hacia la clase política. Abunda más el desencuentro y la indignación que los credos fieles a un partido. Es más, las redes sociales han propiciado dentro de los mismos partidos políticos la exteriorización de las ideas de la militancia, a menudo en contraposición con los órganos de dirección. Esto obliga a los partidos a jugar con doble baza, deshojando margaritas con su potencial electorado. Por un lado, pretenden ganarse a duras penas el crédito de sus correligionarios y por otro, alentar la idea de un centrismo complaciente. Hace una década, los indecisos eran minoría, hoy son multitud.

Ramón Besonías Román 

Humanistas 3.0.




Hay quienes, por tendencia al pesimismo o intereses creados, defienden una dialéctica feroz entre el libro en papel y el electrónico (ebook); abogan con encarnizada virulencia por la idea de que estamos asistiendo a una ruptura de paradigma, una revolución tecnológica que afectará de manera radical a nuestra forma de comunicarnos y de entender el mundo. La mayor parte de aquellos que defienden esta postura se instalan en una nostálgica visión del pasado, percibiendo los adelantos tecnológicos con miedo e inseguridad, probablemente porque ellos mismos han decidido no sumarse al carro de esta revolución y acabar el resto de sus días cómodamente instalados en una cultura analógica. Estas actitudes extremas o polarizadas son habituales en todo proceso de cambio cultural, más aún cuando éste se da de manera tan vertiginosa, sin tiempo a digerir y discriminar sus efectos sobre nuestra vida.

Sin embargo, si echamos una mirada limpia y desprejuiciada sobre nuestra realidad cultural, debemos reconocer que estamos asistiendo a un incremento del interés por la lectura y -he aquí la gran novedad- hacia la escritura, propiciado sobre todo por la popularización de Internet entre las clases medias. Hace quince años era impensable que cualquier ciudadano pudiera escribir y compartir lo que escribe con cientos de lectores, o establecer redes de comunicación inmediata con miles de personas de todo el mundo, en cualquier idioma. El mismo fenómeno que ha tenido lugar en el terreno de los audiovisuales, está gestándose en el universo de la lectura. Hace veinte años, para acceder a una filmoteca o una discografía amplia y variada, debías gastarte mucho dinero; hoy, a través de la red, legalmente y sin un coste excesivo, esto ya es posible. Es cierto que la red incorpora un modelo de comunicación y lectura con deficiencias y peligros que hay que tener en cuenta -inmediatez, rapidez y profusión de contenidos, mezclados sin criterios de calidad-, pero esto no resta que reconozcamos la enorme promoción de la lengua que supone el espacio digital.

Es previsible que en un futuro exista una necesaria convivencia entre ambos entornos de comunicación y conocimiento, propiciados por una creciente digitalización del sistema educativo. Esto exigirá la articulación de una nueva pedagogía, más allá de las imposiciones del mercado. Aún no existe un marco teórico consensuado acerca del impacto que las nuevas tecnologías están teniendo sobre el sistema educativo, ni estudios especialmente fiables sobre la mejor forma de aplicar las nuevas tecnologías al marco educativo. Las empresas del sector se alían con las instituciones educativas para dilatar sus cuentas, vendiendo esta revolución como un futuro inmediato e irrenunciable. Sin embargo, estas tecnologías se aplican a menudo sin control ni evaluación, casi siempre por ensayo-error o por pura inercia social. Aquellos que nos dedicamos a la enseñanza tenemos una labor especialmente sensible en este asunto. Aprender a discriminar contenidos digitales y a realizar búsquedas racionales en la red; aprender a protegerse de los abusos y peligros que esconde Internet; aprender a usar de manera eficaz y controlada las múltiples herramientas que ofrece el entorno digital. Estos son los principales retos a los que nos enfrentamos los docentes 3.0. Ha cambiado el entorno, pero los objetivos siguen siendo los mismos. Debemos dotar a nuestros alumnos de herramientas críticas que le capaciten para enfrentarse a este nuevo mundo digitalizado con responsabilidad y criterio. Debemos negarnos a claudicar ante la posibilidad de un nuevo humanismo en la era digital que despeje la perplejidad que genera la asimilación de este nuevo marco comunicativo y de conocimiento. Debemos evitar entrar en la red sin ir armados de un fuerte sistema de protección y análisis crítico de los contenidos que se nos ofrece. No todo vale en la red, ni todo posee igual valor moral, intelectual, literario, estético. Nos hemos acostumbrado a ver Internet como un profuso bazar sin orden ni concierto, en el que millones de datos pululan a merced de leyes cuánticas, y en el que el internauta es poco más que un holandés errante en busca de un puerto permanente que nunca llega. 

Es aquí donde la escuela debe realizar su rol de mediador cultural, al igual que en el terreno literario lo ejerce el editor. Un editor no deja de ser un mero consejero cultural, alguien en el que confiamos a la hora de discriminar qué obra, dentro del ingente mercado editorial, es digna de ser leída. Un editor es un ser contingente; probablemente se equivoque, pero lo hace siguiendo unos criterios de gusto y calidad que sirven de referencia a la hora de seleccionar qué merece o no ser publicado. Algunos gurús de lo digital auguran el fin de los editores; no puedo estar más en desacuerdo. Si la figura del editor acabara muriendo, habría que reinventarla, adaptarla a los nuevos tiempos. Cuando un ciudadano entra en una web de venta de libros, echa en falta no solo una amplia oferta literaria, también unos criterios de calidad, una ayuda externa que le oriente en la densa selva editorial. Quizá por esta razón, cada día abundan más espacios digitales en el que los lectores pueden compartir gustos y opiniones acerca de los libros que leen. 

¿Recuerdan aquellos experimentos tipo Walden en los que los educadores dejaban a sus alumnos decidir libremente qué querían hacer o aprender? Cuentan que tras una semana de absoluta libertad, una niña se acercó a uno de los educadores y le preguntó preocupada: ¿Hasta cuándo vamos a tener que seguir haciendo lo que queramos? La alumna de Walden necesitaba un apoyo en el que basar su aprendizaje, un detonante que alimentara su natural necesidad de conocer. La red no ofrece a priori este apoyo. Debe ser el internauta quien venga de casa con la lección aprendida, con unos criterios previos de discriminación y selección. Esto solo lo puede dar la educación, tanto la reglada como aquella que va conformando ya en la edad adulta nuestra propia identidad.

Ramón Besonías Román

Día de Internet: luces y sombras



Las redes sociales constituyen una selva tupida y profusa, en la que se entremezclan en el mismo muro la necedad y la falta de rigor argumentativo con la lucidez y el sentido común. En ellas se ponen de manifiesto lo que el filósofo Guillermo de Ockham denominaba ídolos, fuerzas que dificultan que la sensatez se imponga sobre la estupidez que provoca sentirse arropado por el anonimato y la algarabía semántica de una masa efervescente. Aquellos que mejor visualizan el pecado capital de la red son los ídolos de la plaza; se basan en el enunciado "si está en Facebook o Twitter, es que debe ser verdad", la vieja falacia que encumbra a la categoría de verdad objetiva aquello que se publica en el muro digital, sin más criterio de verificabilidad que su capacidad de virulencia entre los internautas. 

La publicidad moderna se fundamenta en el mismo principio de entronización de los reclamos: la repetición y la viralidad como causas esenciales de la pregnancia del producto en el imaginario colectivo, llegando incluso en no pocos casos a sustituir a la autoridad de los hechos. El valor de las ideas se supedita a su capacidad de reproducción social, no a la fuerza lógica y contrastada de sus argumentos. Esto convierte a Internet en la nueva religión de la clase media occidental. Los internautas asisten con asiduidad a los santos oficios y letanías que administra la red, repitiendo -retuitear o compartir, lo llaman- con fe sus mandamientos. 

Los viejos representantes de la tribu -prensa, televisión, sindicatos, políticos- han pasado a un segundo puesto en su capacidad de legitimidad moral ante la ciudadanía, cediendo el poder discursivo a la voz plurítona de la red. Pero en este caso, un rey destrona a otro porque aquel no supo exorcizar con eficacia las demandas de su feligresía y traicionó su confianza, plegándose sin disimulo a los poderes establecidos. A esto se suma la cualidad que poseen las redes sociales de presentar sus discursos en un formato fácil de digerir y reproducir. El aforismo es el género literario de Facebook y Twitter, y el audiovisual, su fiel Sancho Panza. Al igual que las religiones monoteístas han logrado llegar con mayor éxito a sus fieles a través de iconos y versículos de corto metraje, plagados de medias verdades y recursos estilísticos que alimentan la polisemia de su credo, la red utiliza similares sortilegios para ganarse a una ciudadanía cada vez más perpleja y necesitada de iluminación. 

La diferencia con los medios de comunicación clásicos reside en que la red 2.0 presenta aún un grado de imponderabilidad suficiente como para que los poderes establecidos no puedan controlarla tanto como quisieran. La red es un gran bazar sin gerente que la administre o establezca pautas de uso. Cada internauta debe a libre albedrío discriminar el valor que asignará a cada contenido, así como las rutas de intercambio que desea establecer a la hora de compartirlos. En la red, se confunde con facilidad un chisme con un hecho, una conversación voz en alto con una obra maestra. No existen libros de instrucciones ni termómetro con el que saber ponderar la información contrastada y honesta con aquella que fue lanzada para generar el trending topic diario o el desahogo personal. Debe ser cada cual quien aprenda a caminar por su cuerda floja, teniendo la suficiente prudencia como para elegir bien, en función de sus afectos y voluntades. El internauta es como un niño que entra en una pastelería y su madre le dice: elige los dulces que desees. La primera reacción del niño puede ser quedar paralizado o lanzarse con ansiedad hacia ningún lugar, sin saber qué elegir, o eligiendo tantos dulces, que acabe empachado.

El sistema educativo debe enseñar a los menores a encontrar criterios racionales de uso de la red, así como mecanismos de protección contra sus excesos y puertas trasera, de tal forma que ya adultos sean ellos quienes controlen su ruta de uso, y no al revés. Las generaciones que nacieron sin Internet son reacias a esta revolución tecnológica precisamente por desconocimiento; ven en la red una selva insondable de la que creen no saldrán indemnes. Por el contrario, el internauta nativo, inmerso del niño en lo digital, cae en el otro extremo: confiar en este ecosistema social como un lugar cotidiano en el que se siente a gusto y libre de cualquier mal. Se han acostumbrado a considerar que la información venga compilada en este formato: interactivo, audiovisual, de escueta narrativa y fácil comprensión. 

Entre los gurús de la red se impone la defensa de un pragmatismo cognitivista según el cual no es necesario aprender aquello que puede ser accesible en cualquier momento; solo has de elegir el lugar y el momento y tomarlo. El nuevo paradigma impone un modelo de aprendizaje basado en locus interactivos a los que el internauta debe incluir su propia experiencia. El alumno viaja por un entorno interactivo que le estimula y presenta retos de aprendizaje. No hay que asimilar la información, solo constatarla y manipularla, reajustando sus elementos en función de los objetivos. El modelo tradicional de contenidos prefijados que deben ser asimilados a través de un proceso de memorización y repetidos en pruebas objetivas poco a poco va quedando relegado por una forma de aprendizaje más interactiva e inclusiva, que aunque es previa a la revolución digital, está influenciada y potenciada por ella. Sin embargo, queda aún mucho para que la escuela se ponga al día y se suba al tren de este nuevo paradigma pedagógico. El profesorado está aún en un estadio de transición, observando con escepticismo lo que para él es solo una moda pasajera, pero que le exige cada más readaptar sus formas de enseñanza. En el ámbito empresarial, más de lo mismo. Pese a que está teniendo lugar una inclusión de las nuevas tecnologías en los procesos de producción y venta de productos, este cambio es aún lento y no generalizado. A esto se le suma la falta de sensibilidad de una clase política que aún vive en la edad analógica, sin ver en la red una oportunidad para la potenciación de nuevos mercados con futuro.

Favorecer la educación tecnológica -no solo desde un punto de vista funcional, también social y ético-, impulsar la creatividad y la innovación, proteger los derechos básicos en el seno de la red y propiciar la libertad de la sociedad del conocimiento -que no solo del entretenimiento-, son solo algunos de los retos más acuciantes a los que se enfrenta nuestra sociedad en un tiempo en el que se mezclan con aparente contradicción los efectos perversos de la crisis económica con una revolución tecnológica que parece imparable y de consecuencias en buena parte imponderables.

No solo debemos subrayar la necesidad de un compromiso político que reconvierta nuestro modelo productivo a la luz de las nuevas tecnologías, sino también pensar en un nuevo humanismo que no reproduzca en la red los mismos errores que alimentaron nuestras relaciones sociales en la era posindustrial.

Ramón Besonías Román

El mito de la democracia digital



La ciudadanía del siglo XXI demanda una necesidad esencial para la construcción de su identidad: el sentimiento de pertenencia. Que sepamos, hasta ahora, el capitalismo era la mejor opción para que el individuo se integrara, sintiéndose parte de objetivos, valores y creencias compartidas. Sin embargo, el desarrollo del capitalismo ha conducido a una serie de mecanismos perversos que alejan al ciudadano de la posibilidad de esta integración social. La internacionalización de lo público, la taxonomización de la vida laboral, la atomización del ciudadano, convertido en un individuo aislado, en un mero ítem estadístico; en definitiva, la globalización de todos los ámbitos de la vida social ha conducido a un deseo ciudadano de volver a formar parte de un proyecto más allá de su propia vida cotidiana. El vehículo que canaliza de manera más eficaz esta necesidad de pertenencia es la red. El éxito de las redes sociales no es un fenómeno aislado del contexto sociopolítico en el que se inserta.

Las instituciones tradicionales que ligaban al individuo con la comunidad están desde hace años en un claro descrédito social. La Política, la Justicia, la Educación, carecen cada vez más de legitimidad ante la ciudadanía. Poco a poco, el interés por lo público se desplaza hacia el frondoso espacio de la red. Por poner un ejemplo relevante, el ciudadano contemporáneo viene a ser hoy un votante post-ideológico; los partidos políticos cada vez representan menos las demandas reales de la ciudadanía, desplazando la acción política (en el sentido griego del término) hacia formas de organización social más directas y alejadas de los cauces reglamentados. 

El origen no debemos buscarlo en la crisis económica; ésta no ha hecho sido acrecentar la grieta entre el poder político y la ciudadanía. La Sociedad de Bienestar, además de favorecer la calidad de vida de la mayoría, también ha generado pasividad y relajación en el tejido social. Como estábamos comidos y servidos, creíamos que el contrato con los gobernantes debía mantenerse sobre la base del sostenimiento de ese bienestar, dejando hacer y deshacer a los políticos, siempre y cuando mantuvieran nuestro estatus económico. La ciudadanía ha actuado como borregos amamantados a fuego lento, y la crisis ha operado como tardío despertador, revelando que no solo el sistema político, sino también nuestra pusilanimidad ha contribuido a la situación en la que nos encontramos. El Estado venía a ser como el padre amantísimo que da a sus hijos todo lo que piden, más allá incluso de lo razonable, debilitando su resiliencia; cuando papá no puede darte lo que pides, pataleas, perplejo e indignado, y exiges la restitución de los beneficios históricos de los que disfrutaste desde décadas. Pero ya es tarde; papá no tiene dinero con el que mantener el tren de vida de sus hijos, y éstos se sienten estafados, retirándoles su confianza. Estamos hablando, por supuesto, de la clase media.

Las nuevas generaciones de votantes están cada vez más desideologizadas. Entienden el pacto con los gobernantes no solo como un proyecto político compartido, como la ejecución de ciertos valores sociales. Zapatero fue, en este sentido, un defensor de este modelo de Estado, garantista de derechos; y la ciudadanía aplaudió su esfuerzo. Pero no era suficiente. La ciudadanía demanda de la clase política, sobre todo, capacidad de gestionar la vida pública con eficacia. El político ha pasado de ser un referente público de valores compartidos, a convertirse en un técnico, un ejecutor de procedimientos y acciones políticas que puedan ser empíricamente evaluables, y al que debemos restar nuestro crédito en el caso de no pasar ciertas pruebas de refutabilidad.

De la España bifronte, anclada en el bipartidismo atávico post-franquista, vamos pasando poco a poco a una democracia tecnocrática y demagógica, en la que gana el partido que más caramelos regala. Aunque parezca que quienes más han contribuido al fortalecimiento de esta actitud ciudadana han sido los conservadores, la izquierda también ha puesto su grano de arena, entendiendo el Estado de Bienestar como una tierra prometida, repleta de ambrosías, a bajo coste y sin contraprestaciones.  

A esto hay que sumar el hecho de que los partidos políticos se han convertido poco a poco en máquinas autónomas, ajenas a las demandas ciudadanas. La participación social y la democratización interna de los partidos se ha visto desde la izquierda como un discurso aparentemente deseable, pero en realidad contrario a los intereses unidireccionales del aparato ideológico. Interesa una democracia maquillada, sostenible dentro de la agenda estratégica del partido, pero no real, no alimentada desde abajo, desde la acción política local y los intereses específicos del ciudadano de a pie. Esto ha generado una desafección creciente por parte del potencial votante, que busca en otros foros de opinión un fuelle que satisfaga sus deseos y necesidades. 

La red se ha convertido en un eficaz mecanismo de descompresión de la indignación ciudadana. En el ciberespacio nos sentimos libres para hablar, compartir ideas, desfogar indignaciones, alimentar nuestra necesidad de ser parte de un todo. La red opera a modo de gran máquina psicoanalítica. Pero no es en la red desde donde se gestionan los asuntos públicos, donde se toman las verdaderas decisiones que afectan a nuestras vidas. La red genera una falsa sensación de libertad y poder. Esto recrea una ilusión de democracia que no hace sino reproducir el viejo esquema de representatividad política. Mientras la ciudadanía despotrica en las redes sociales, otros gobiernan el mundo a su pesar.

Además, existe la ingenua impresión de que la red es un espacio sin injerencias políticas o económicas. Quizá esto fuera verdad hace unos años, pero hoy las redes sociales empiezan a ser un campo de experimentación fértil para partidos políticos y empresas, que hacen todo lo posible por redirigir los trending topics diarios hacia sus necesidades, o aprovechar esas tendencias para rediseñar sus ofertas. Existen gate-keepers (porteros) contratados para modular la información en la red al servicio de intereses privados. El portero digital decide qué palabras, ideas y discursos (bucles de retroalimentación) deben filtrarse y reproducirse viralmente. Este conductismo ciberpolítico era ya una realidad desde hace años en EE.UU., y se está expandiendo con rapidez en Europa. La red es el nuevo templo desde el que se expande una religión politeísta en la que a través de una falsa libertad de expresión se vigila, discrimina y redirige el flujo de opiniones. La transparencia en la red es precisamente la mayor ventaja que poseen los poderes fácticos para utilizar a libre albedrío la información.

Los partidos políticos, aunque tarde, se han puesto las pilas y han empezado a ver en la red un espacio privilegiado para recuperar parte del crédito perdido. Pero no deja de ser una mera estrategia instrumental. No seamos ingenuos; el discurso biempensante, tan extendido últimamente, según el cual la red es el nuevo medio que tienen los ciudadanos para llegar a sus políticos y hacer llegar sus demandas de manera directa y eficaz, es un ejercicio más de despotismo ilustrado. 

Internet posee una capacidad eficaz de canalizar la frustración ciudadana por vías pacíficas, de desahogar la acumulación de energía negativa a través del diálogo. Existen en los países occidentales grupos virtuales, de organización celular, que aprovechan la red para distribuir sus soflamas anti-sistema, pero no deja de ser un fenómeno residual, que se alimenta de la indignación, el desconcierto y la desideologización ciudadana, pero que acaba siendo fagocitado por su propio extremismo y maniqueísmo discursivos. Esta minoría opera, desde un punto de vista psicoanalítico, como resorte para la justificación de la pasividad del resto de la ciudadanía. Desde casa, sin movernos del sillón, podemos despotricar contra todo y todos, aliviando nuestra úlcera. Pero fuera nada ha cambiado.

Ramón Besonías Román

Kim



No es un ocioso ni-ni descerebrado; aunque lo parezca. Se trata de Kim Schmitz, 27 años embutidos en 146 kilos, millonario ad absurdum, incriminado por el gobierno estadounidenses por pirateo y malversación de fondos. Kim, the bad kid, pasó de ser un ned hacker a venderse como consultor de seguridad informática, y hasta hoy era considerado el Steve Jobs del intercambio de materiales audiovisuales, creador del famoso portal de descargas Megaupload. 

Kim es hijo de su tiempo, la antítesis del hombre americano hecho a sí mismo. Simplemente tuvo la astucia y el ingenio de prever los signos de los tiempos. 

Kim mira la vida, como el resto de su I-generación, a través de una pantalla, a la que está permanentemente enchufado. Su Facebook revienta de amigos virtuales y manda mensajes ininteligibles a través de Whatsapp. Prefiere la red-alidad que la vida al otro lado del ciberespacio, la de carne y hueso, donde la información no vuela y un gesto importa más que un emoticón. La red es un cálido útero en el que abandonarse; tiempo y espacio quedan en suspenso, la amistad es un axioma y todo es de todos.

Kim aún no acaba de creerse su calvario con la justicia. ¡Él, que tanto bien ha hecho a la Humanidad, que tantas horas de ocio feliz y gratuito ha generado! Debieran condecorarle en vez de arruinar su obra. ¡Ya me echarán de menos, ya!, se dirá en la fría oquedad de su celda, aislado, sometido a la cruel tortura de no poder estar a más de 100 metros de un gadget digital.

Kim es en verdad san Kim bendito, mártir en vida, patrón de los grupis de la nube, benefactor de la especie humana, azote del monoteísmo capitalista aventado por Sony, Warner, Disney y demás iglesias. 

Kim, ora pro nobis, allí donde estés. Vuelve, te necesitamos.

Ramón Besonías Román

Yo wasapeo, tú wasapeas


  


No hace mucho, disfrutaba con unos amigos de comida y conversación (el deporte nacional), cuando en un acceso de iluminación percibí que durante buena parte de la charla, antes, durante y después del almuerzo, algunos de mis contertulios habían compaginado -no se sabe bien cómo- el diálogo con el resto de comensales y una profusa actividad digital con sus aparatos móviles. En un principio, parecía que eran capaces de seguir el hilo de la conversación sin problemas de comprensión; incluso de vez en cuando aportaban al debate sus puntos de vista a través de breves fogonazos argumentales. Sin embargo, a no ser por la confianza y estima que nos profesamos, uno hubiera dicho que realmente no tenían mucho interés en compartir con nosotros un rato agradable de risas y discusión distendida. Apenas nos miraban a los ojos, y cuando lo hacían, nuestras miradas se cruzaban fugazmente, para en pocos segundos volver a concentrarse en la pantalla de su móvil.

Horas después me enteré de que estaban wasapeando, una actividad, al parecer, muy extendida entre los usuarios de telefonía móvil de última generación. WhatsApp (también IMessage de Apple) permite enviar mensajes cortos (ese-eme-eses) a todos tus contactos que tengan también instalada la aplicación en su móvil. El éxito del servicio se debe principalmente a que es gratuito, esquivando el gasto que supone mandar mensajes a través del operador. Sin embargo, su condición de gratuidad genera el efecto perverso de la adicción. Por esta razón, no es extraño contemplar por todas partes a adultos enfrascados durante horas en un inquietante monólogo con sus móviles. Aquello que antes era patrimonio del acervo cultural adolescente, hoy deviene en una costumbre que no entiende de edades, credos o nacionalidades. Todo el mundo intima con su móvil, mucho más tiempo del que dedica en un día a comunicarse cara a cara con sus congéneres.

Hubo un tiempo (realmente fue ayer) en el que el móvil tenía como única finalidad facilitar el intercambio de llamadas a larga distancia, sin sufrir las contingencias de la inmovilidad. Un móvil era un artilugio para llamar y ser llamado, como también lo era su antecesor, el teléfono de mesa. A mediados de los 90, los móviles eran utilizados principalmente por profesionales que necesitaban comunicarse con sus proveedores o que pasaban largas jornadas en la carretera, así como usuarios domésticos que aún no tenían teléfono fijo o que por diversas circunstancias les compensaba este tipo de telefonía. El usuario final de este producto era esencialmente el consumidor adulto. Muchos de ustedes recordarán que por entonces las compañías de telefonía regalaban sus dispositivos, a modo de anzuelo con el que fijar en la memoria colectiva una necesidad impostada. Y funcionó. En pocos años, los contratos de telefonía móvil se multiplicaron exponencialmente, hasta tal punto de que su uso en las calles se convirtió en un hábito cotidiano. Tener teléfono móvil era cool, independientemente de que fuera o no una necesidad para el consumidor. Tener móvil comenzó a ser sinónimo de inclusión social, incluso en algunos casos de voluntad clasista. Estar al día, pertenecer a este mundo, pasaba por poseer un móvil.

Pero esto solo supuso la punta de un iceberg que aún hoy parece mostrar tan solo una parte de su potencial económico. Las compañías telefónicas, apoyadas en el desarrollo acelerado de las nuevas tecnologías de la comunicación y la información (TICs), comenzaron a ver las enormes posibilidades que poseía este mercado. Su primera apuesta fue ganarse a los adolescentes, como ya lo hiciera el negocio del cine y los videojuegos desde los años 80. Los jóvenes de los años 90 -herederos del boom consumista- recibían mucho dinero de sus padres para ocio y entretenimiento, y las compañías telefónicas vieron en este grupo de edad una oportunidad única para amplificar su volumen de negocio. Nacieron los SMS, los grupos de amigos, los duados, las tarifas personalizadas. Los dispositivos se volvieron más estilizados, menos ladrillo, y mejoraron la recepción de señal. Airtel, la antigua Vodafone, lanzó a la calle una campaña dirigida a los jóvenes consumidores, bajo el eslogan «No sin mis amigos». Este fue el comienzo de una estrecha relación entre adolescencia y telefonía móvil, que aún dura, y para rato.

El siglo XXI trajo consigo una verdadera revolución de las nuevas tecnologías. El abaratamiento de los ordenadores personales, la universalización del acceso a Internet, la aparición de nuestros dispositivos digitales en sinergia con los tradicionales, así como una inversión creativa y eficaz en I+D, provocó que el móvil pasara de ser un mero gadget para llamar o mensajear, a convertirse en un dispositivo multimedia, mezcla de teléfono, cámara audiovisual y ordenador. Pero no hay blanco sin negro. La diversificación en la funcionalidad del móvil modifica sustancialmente el uso social del mismo, así como nuestra forma de comunicarnos con otras personas. El móvil multimedia dispersa la atención; si antes el usuario solo estaba atento a recibir o enviar llamadas o mensajes, ahora las demandas se amplían, atando al usuario a un sinfín de tareas a las que debe dar respuesta a través de una necesidad social inducida. Hoy, el móvil es un dispositivo cuya utilidad se está desplazando de la clásica llamada telefónica hacia la venta de productos online. El usuario pasa más tiempo cacharreando en este tipo de servicios que llamando. Las utilidades que antes asumía el ordenador personal, ahora las focalizan los dispositivos digitales móviles (teléfonos y tabletas). Los jóvenes -la generación nativa de la revolución tecnológica y futuros usuarios adultos- pasan más tiempo enredando con su móvil que en el ordenador. Si un dispositivo te ofrece las mismas virtudes que un ordenador, permitiéndote además desplazarte con comodidad, la elección es clara. Al igual que las videoconsolas volvieron obsoletos los juegos de ordenador, los móviles y tabletas es previsible que acaben desplazando también a los ordenadores. Los dos grandes mercados emergentes son la televisión 2.0 y los dispositivos móviles de última generación (teléfonos y tabletas). 

La tecnología ha experimentado en diez años una mutación extraordinaria, que no solo ha afectado a aspectos económicos y prácticos de nuestra existencia, sino también a nuestra cultura, nuestra vida social y a la forma como procesamos la información. Antes, la tecnología de la comunicación y la información tenía un alcance limitado y su uso se circunscribía a un ámbito local. Cuando hablábamos por teléfono, lo hacíamos en un espacio reducido y en privado. Hoy, la tecnología va con nosotros a todos lados, la llevamos en el bolsillo, y nos permite estar en contacto con muchas personas a la vez y tener información de última hora acerca de cualquier asunto público o privado. Esto ha provocado que el concepto mismo de noticia haya mutado hacia el formato instantáneo del tweet, efímero y fácil de asimilar, sin necesidad de reflexión. La mayor parte de los mensajes externos que recibimos a diario tienen este formato. Un adolescente lee y visiona más mensajes instantáneos breves que libros leerá en toda su vida. Esta realidad comienza a afectar de manera radical a la capacidad que tienen los alumnos de asimilar los contenidos que se les enseñan en clase, minando su concentración e interés. El uso de las nuevas tecnologías en el aula puede ser un aliado privilegiado del docente, pero también su peor enemigo. Podemos mostrarle a un alumno los contenidos de manera interactiva, pero al final deberá comprenderlos y reproducirlos por sí mismo. Las nuevas tecnologías en ningún caso pueden sustituir al cerebro humano; es él quien debe procesar la información y deconstruirla creativamente y con espíritu crítico. Y esto no se puede conseguir mediante mensajes cortos. Tarde o temprano, hay que pensar.

Ramón Besonías Román

Esta no es Scarlett Johansson


 



La Modernidad transmutó el goce de la naturaleza por un placebo impostado a imagen y semejanza de la iconografía mental del autor. Esta impostura tuvo como fieles aliados a las nuevas tecnologías, que permiten convertir lo blanco en negro y viceversa, haciendo una hazaña imposible saber qué queda de real entre tanto maquillaje. Pero el exceso de las vanguardias por doblegar a la naturaleza al ingenio del creador ha provocado a largo plazo una reacción dialéctica, alérgica a los artificios dentro del arte. Así, desde hace unos años empiezan a tener crédito popular manifestaciones artísticas que recuperan la voluntad por sugerir en la obra indicios de la realidad cotidiana, estelas de la vida más allá de la ficción estética. Dentro del arte audiovisual, podemos hablar de un repunte del documental, del amateurismo cámara en mano, del plano defectuoso con virado lomográfico. A este fenómeno han contribuido especialmente el éxito de las redes sociales y la aparición de móviles inteligentes, que permiten hacer fotos y vídeos con cierta calidad de manera instantánea y lanzarlos a la nube virtual en unos segundos. Pero la causa principal de este giro estético obedece más a razones sociológicas que técnicas. La posmodernidad comienza a saturarse, ha agotado su discurso hiperficcional, su demanda de teatralidad y esnobismo argumental, provocando que artistas y espectadores demanden un regreso a la realidad, un matrimonio feliz entre physis y téchne. Al igual que en el ámbito político, la ciudadanía demanda una democracia real, el arte popular comienza a buscar una belleza real, entendida ésta no como el acceso a priori a un modelo ideal de perfección formal, sino como gozosa contemplación de la vida a nuestro rededor. Estas nuevas manifestaciones artísticas intentan constatar, registrar, hacer arqueología de lo real, discriminando qué queda de auténtico después de que el mercado lo haya convertido todo en icono publicitario. Podemos ver indicios de esta voluntad en corrientes artísticas como el hiperrealismo de Antonio López, en donde se aprecia la necesidad de educar la mirada del espectador, revelando la belleza subyacente de las cosas cotidianas.

El concepto de belleza contemporáneo se polariza. Por un lado, tenemos la hiperrrealidad a la que nos conduce la saturación de imágenes que nos llegan a través de múltiples gadgets multimedia, mediatizados por un mercado omnipresente que fagocita todo aquello que posee significatividad dentro de la cultura popular. Se trata de una belleza inducida, estandarizada, cuyo poder transgresivo se agota en su necesidad de autorreproducción infinita. Por otro lado, surge en este mismo contexto, auspiciado igualmente por el mismo soporte tecnológico, un ethos reactivo que demanda autenticidad. Se busca un punctum que trascienda la artificiosidad de la imagen, un rasgo singular, que sin necesidad de explicarse, cautive, respire el misterio de lo real. Los seres humanos vivimos rodeados de imágenes perlocutivas que demandan de nosotros una respuesta pavloviana: salivar, crear dentro de nosotros necesidades sociales, aparentemente naturales. Esta intoxicación continuada provoca que la mente segregue por sí misma defensas contra el veneno, pidiéndose espacios de intimidad, lugares donde la luz del foco, la seducción del merchandisin no le atrape. La búsqueda de un nuevo modelo de belleza se produce por la necesidad de generar relaciones no mediatizadas, ajenas al mercado que todo lo ve.

La belleza está en las relaciones interpersonales no inducidas, aquellas que fabrica el azar y regamos por propia voluntad. Siempre que contemplamos una fotografía familiar, gozamos con el detalle singular, la huella personal que quedó impresa en la película y pocos más allá de uno mismo pueden apreciar. El arte se convierte en una experiencia fenomenológica, un acto de manifestación de una verdad revelada en el encuentro mismo entre nuestra memoria emocional y la potencial materia numinosa de la obra.

Esta concepción estética, enraizada en el arte popular, posee, sin embargo, un carácter eminentemente trágico y regresivo, casi infantil. Buscamos dar esquinazo al artificio escénico que nos rodea, pero no podemos crear por nosotros mismos nada auténtico sin su mediación.

* La modelo de la fotografía es la famosa actriz estadounidense Scarlett Johansson.

Ramón Besonías Román

Biblionáutica



Me cuesta leer a través de un ebook o una tableta, lo reconozco. Lo he intentado en no pocas ocasiones; he leído algún que otro libro en estas plataformas digitales, pero no acabo de cogerle el gusto. Por mucho que los gurús de la revolución digital oreen soflamas en favor de estos medios, para las generaciones que nacimos sin ordenadores, leer sigue estando asociado a la placentera sensación que produce sentir sobre tus dedos la flexible orografía de un libro de papel. Se trata de una cuestión de cultura generacional, no un acceso alérgico a las tecnologías. El que escribe sabe bien que tarde o temprano el libro en celulosa quedará relegado a segundo plano dentro del mercado editorial, aunque de seguro seguirá teniendo crédito y estima en una parte de la población, que nunca le hará ascos a la presencia física de un libro, especialmente si éste está editado con profusión de ilustraciones y enlomado con sensibilidad. Sin embargo, la evolución de los hechos hace presagiar que en una década el mercado editorial ofrecerá la mayor parte de sus libros en formato digital.

Por ahora, este proceso es lento, no tanto porque no exista un soporte tecnológico que lo sostenga, como por el recelo razonable que provoca lanzarse al mercado digital sin tener en cuenta los evidentes riesgos que éste supone. Las editoriales temen sucumbir, como ya lo hicieran las discográficas, ante la virulencia de la piratería. Un libro digital, como un disco musical, es fácilmente reproducible; además, presenta la ventaja innegable de -dado su
exiguo peso- ser descargable en escasos segundos. Hoy por hoy, el modelo de libro digital sigue imitando la estructura y mecánica del libro en papel. Cuando abrimos un libro digital, el entorno virtual que se genera simula fielmente el pase de páginas, su numeración y su justificación y estilo tipográfico. La única diferencia entre un libro en celulosa y uno digital reside en que las fisicalidad de las páginas desaparece. Por lo demás, un ebook o una tableta siguen teniendo en formato rectangular y el tamaño de un libro, y el paginado sigue un proceso similar al que efectuamos con un libro en papel.

El futuro del libro digital pasa por desligarse poco a poco de su dependencia estética con el libro en papel, centrándose en las virtudes que ofrece su entorno multimedia e interactivo. El libro del futuro seguirá teniendo el texto como uno de sus lenguajes, pero no será el único. La forma de leer (si es que podremos seguir llamándola así) cambiará. El lector no solo leerá un texto, también interactuará con otros estímulos, como vídeos, imágenes, sonidos y efectos especiales. El libro pasará a convertirse en una experiencia multisensorial donde el lector será un actor activo. Incluso podrá comunicarse con otros lectores, reformar la trama o los desenlaces, compartir opiniones, recrear las acciones del libro en clave videojuego, etcétera. Esta experiencia nunca la podrá aportar un libro. En el libro de papel, el lector debe hacer todo el trabajo a través de un esfuerzo imaginativo. Con el libro digital, el biblionauta se sumerge en un entorno creado a priori, pero con diversidad de rutas. El libro digital del futuro combina elementos del libro en papel (mezcla de texto y cómic), la página web, la red social, el videojuego, la televisión, el GPS... Las editoriales deben ofrecer un producto que se desmarque de la experiencia que ofrece el libro
tradicional, de lo contrario el usuario no se animará a comprarlo, o recurrirá al pirateo como primer opción. Solo se podrá solventar la costumbre popular de piratear productos culturales, si se ofrece un producto que tenga un atractivo superior al producto descargable. Los creativos deberán quebrarse la cabeza para atraer un mercado potencial, especialmente juvenil, dispuesto a leer, pero a través de un entorno afín a los entornos que maneja en su ocio habitual.

Apple Store ya revolucionó las descargas de aplicaciones, ofreciendo un producto atractivo y barato. La tendencia bascula en esta dirección. Libros sugerentes, accesibles y baratos. Recientemente, el escritor
Erik Loyer publicó Strange rain, una novela digital singular, en donde el texto se integra con imágenes. Senghor on the rocks, de Christop Benda, exige al lector disponer de Internet y GPS. Mientras leemos la novela, vemos a la derecha de la pantalla, a través de Google Earth, en qué lugar del mundo se encuentra nuestro personaje. La novela tradicional tan solo requería de un autor y un editor para su publicación. En el futuro, las novelas requerirán la colaboración de diferentes autores, encargados cada uno de diferentes ámbitos del proyecto: guionistas (lo que llamamos hoy escritores), directores, productores, músicos, realizadores de cine, diseñadores gráficos, diseñadores multimedia. Como en el cine, la obra final será el producto de una acción colectiva.

El concepto tradicional de obra cerrada queda superado con la obra digital. Una novela, un poema, pasan a ser obras interactivas, donde el lector se sitúa también como autor y actor de la obra, con posibilidad de reconstruir la trama o viajar dentro de historias paralelas. Por otro lado, la novela del futuro permitirá situar la obra dentro de la realidad de su lector, exigiéndole la participación en la resolución de los conflictos que aquejan a los personajes. Este modelo de obra rompe radicalmente con el concepto tradicional de autor, donde era el escritor quien ilustraba al lector acerca de su universo personal, llevándole de la mano mediante el uso de diferentes recursos literarios. La obra digital se expande más allá de su creación, a partir de la aportación de los lectores y la diversificación de las rutas de lectura.

Puede que mis lectores, como me sucede a mí mismo, se hayan mareado ante este catálogo de futuribles. Puede incluso que se hayan convencido aún más de que
no hay nada comparable a un libro de papel. Sin embargo, este futuro es un presente más cercano de lo que a priori pudiera parecernos, y requerirá de nuestra mediación para que se convierta en un mero divertimiento o (esperemos) una estupenda oportunidad para reilustrar la mirada de futuros lectores con ganas de aprender y comunicarse. Cambia el formato del libro, pero no la naturaleza humana. Todo sigue dependiendo de nosotros.

Ramón Besonías Román

El quiosco digital



Uno de los fenómenos publicitarios más asombrosos de las últimas décadas ha sido la evolución en la venta de dispositivos móviles. Ustedes recordarán cómo hace unos 15 años las compañías de telefonía móvil regalaban sus dispositivos al crearnos una cuenta corriente en una entidad bancaria o incluso comprando algún electrodoméstico. Los móviles, eso sí, eran ladrillos pesados, con antena y numerosas interferencias. Al principio, solo lo compraban clientes sin teléfono fijo o profesionales que debían estar todo el día en la carretera. Las compañías de telefonía móvil no regalaban sus artefactos por altruismo; al contrario, esperaban que en pocos años los móviles fueran gadgets cotidianos, pronóstico en el que atinaron al cien por cien. Una vez creada la necesidad, los móviles ya no se regalaban. El dispositivo móvil diversificó sus utilidades y se abrió con éxito al mercado más fructífero, los adolescentes. Hoy en día, la telefonía móvil, unida al acceso wifi a través de múltiples dispositivos tecnológicos, se ha convertido en un mercado fértil y duradero, que promete revolucionar el acceso a la información y la comunicación, hasta ahora mediados por el uso de ordenadores y netbooks. La cultura tecnológica del software está siendo sustituida por la de las apps y la nube. La tecnología se simplifica y se hace más interactiva; el cliente accede a información de manera rápida, sin tener que descargar onerosos programas o tener que estar pendiente de virus o cuelgues en su sistema informático.

Desde ya todo el acceso a la información y la forma de comunicarnos a distancia estará mediada por dispositivos digitales de fácil uso y manejabilidad, con acceso a conexión inalámbrica y servicios más o menos baratos prepago. Estos dispositivos estarán interconectados entre sí, diversificando así su potencial práctico. En este sentido, otra de las novedades de futurible popularidad en pocos años es la televisión 2.0. En breve existirá una sinergia completa entre televisor y dispositivos móviles. Desde el televisor accederemos a información y servicios de ocio online, al igual que podremos visionar una televisión a la carta desde nuestros dispositivos móviles, especialmente a través del gadget más polivalente: la tablet.

Es previsible que la tableta sea a día de hoy el dispositivo que sustituya al hardware tradicional (los ordenadores personales y portátiles). Esta rápida revolución tecnológica está obligando a numerosos sectores económicos a replantearse sus estrategias
empresariales. Algunas formas de negocio son ya obsoletas y se ven abocadas a la desaparición o al reciclado adaptativo. Véase si no el caso del mercado audiovisual o de la prensa escrita. Medios de comunicación tradicionales como los periódicos están aún en un período de transición, a medio camino entre su necesidad de cubrir un mercado en papel aún resistente al cambio tecnológico, pero con un público fiel, y la urgente necesidad de adaptarse a esta nueva forma de mercado emergente, con visos de dejar de ser en unos años un sistema de comunicación e información secundario.

Un ejemplo de este ajuste entre adaptación tecnológica y sostenibilidad económica ha sido el acuerdo entre los principales grupos españoles de información de crear un servicio prepago de acceso a sus productos -periódicos y revistas- para dispositivos móviles. La creación de un quiosco digital que permita al lector de prensa tener acceso a su periódico a través de su tableta, su móvil o la web, posee, sin embargo, algunos riesgos evidentes.
Hasta ahora, cualquier ciudadano podía acceder desde su ordenador, incluso a través de su móvil o su tableta (mediante el acceso a una red inalámbrica), a la versión digital de la prensa nacional y regional sin limitaciones sustanciales. El periódico digital se mantiene casi tal y como era, a excepción de la exclusión de algunos servicios, como la lectura de artículos de opinión. El lector de prensa digital ha aumentado a causa de la creciente competencia tecnológica de la población. Esto, sumado a la aparición de nuevos y sugerentes dispositivos móviles, ha llevado al mercado de prensa ha aprovechar esta inmersión tecnológica para vender sus productos a través de la red. Es de esperar que en un principio los ciudadanos se mantengan un tanto escépticos hacia este tipo de servicios prepago, ya que el periódico digital aún les ofrece lo que desean. Pero también es presumible que los grupos empresariales de la información vayan reduciendo el acceso a determinadas secciones de su periódico digital, a la espera de observar cómo evoluciona la rentabilidad de este quiosco digital. La experiencia pasada no es demasiado halagüeña; ya El País intentó sin éxito ofrecer su periódico digital bajo pago, aunque por entonces la tecnología móvil estaba aún en pañales.

Existen aspectos sociales y culturales que afectan de manera directa a este nuevo enfoque empresarial. Se desequilibra el derecho igualitario a la información digital. Todos los ciudadanos pueden seguir teniendo acceso a la información en prensa escrita en igualdad de condiciones, pero no así en su versión digital. El servicio al periódico digital es por ahora caro; 0,79 € por cada ejemplar, frente al precio de 1,20 € en su versión en papel. Una diferencia discreta, teniendo en cuenta que aún podemos acceder a casi todas las secciones del periódico vía web. En cuanto a la suscripción mensual, los precios varían mucho, desde los 9,99 € de El País -barato frente a los 36 € que nos costaría su versión en papel- a los 23,99 € del diario regional Hoy. En tiempos de crisis, hay que reconocer que aún se trata de un servicio prescindible y francamente caro para lo que ofrece.

La prensa digital va a tener que ofrecer su producto a un precio más asequible y con servicios auxiliares atractivos, si lo que desea es que los potenciales lectores se animen a comprarlo. Por otro lado, existe el riesgo de alejar aún más a los ciudadanos de la lectura de prensa, disminuida a causa de la competencia suculenta de nuevos medios de comunicación e información digitales, como es el caso de las redes sociales o los blogs. Por otro lado, esto puede provocar -ya lo está haciendo- una banalización de la información, cada vez más ajustada al formato rápido, breve, poco contrastado y reflexivo, que caracteriza a la información dentro de la nube digital. Aún está por ver cuál será el futuro de la prensa en España, mareada por la celeridad de los cambios tecnológicos.

Ramón Besonías Román

Marketing político viral



En no más de 15 años, internet se ha convertido en el medio de información y comunicación más utilizado, desbancando a los medios tradicionales y obligándoles a un necesario reciclaje. Las empresas han ido confiando con una cierta lentitud en las posibilidades publicitarias de la red. Los últimos en ceder a esta evidente transformación cultural y tecnológica han sido los partidos políticos, que como quien dice fue ayer cuando supieron que si querían darse a conocer y conocer las opiniones de su electorado, debían tener presencia directa en las webs, los foros de opinión y, sobre todo, en las redes sociales, aprovechando su éxito popular, su inmediatez y su potencial reproductivo (viralidad). Una noticia de prensa posee una viralidad reducida; la expansión de su mensaje tiene una onda expansiva escasa, circunscrita al ámbito familiar, laboral o de amistad. Sin embargo, en la red los mensajes de expanden exponencialmente, llegando a reproducirse con rapidez en numerosos círculos de interés. En pocas horas, una noticia acaba en el ordenador de miles de internautas, que a su vez la difundirán a otros miles. La única diferencia entre los medios tradicionales y los digitales reside en que en la red es difícil determinar la repercusión, la direccionalidad que tomará la noticia una vez expandida, mientras que en la prensa o la televisión sí es posible ponderar con mayor precisión su impregnabilidad en la ciudadanía. Aún así, ya existen empresas que realizan estudios sociológicos para marcas comerciales y partidos políticos con el fin de comprender la evolución en las pautas de consumo y temas de interés social (trending topics).

Los partidos políticos han entrado tarde en esta revolución y cuando lo han hecho, se han limitado a crear una web oficial y a estar presentes dentro de las redes sociales. Pero este modelo de comunicación con la ciudadanía hasta ahora ha venido siendo unidireccional; era el ciudadano quien debía acercarse a ellos y no ellos al ciudadano. Por lo que el impacto publicitario se reducía a los conversos. Movimientos como Democracia Real Ya (DRY), La Tercera Ola (LTO), o grupos más radicales e internacionalizados como Anonymous, han demostrado saber gestionar con mayor eficacia el potencial viral de la red, haciendo llegar a muchos ciudadanos, en poco tiempo y con un considerable éxito sus demandas y propuestas.
Por el contrario, la clase política sigue instalada en un modelo de relación con la ciudadanía heredado de la época de la imprenta. Estos últimos meses, hemos sido testigos de cómo la ciudadanía ha demostrado con mayor eficacia que la clase política su capacidad de hacer llegar sus mensajes vindicativos.

No obstante, ya en los pasados comicios catalanes observamos un aumento del uso de marketing viral por parte de los partidos nacionalistas y del Partido Popular, lanzando mensajes populistas y de un tono de dudosa corrección moral a través de vídeos expandidos desde Google Docs o Youtube hasta las redes sociales. Este tipo de publicidad digital está creciendo en el ámbito político, utilizando una semántica excesivamente maniquea, cuando no insidiosa, que creen que puede calar con mayor fuerza entre la ciudadanía.
El carácter fungible de la información en la red hace que los mensajes posean un fuerte calado emocional y de fácil asimilación, casi siempre centrados en desacreditar al oponente político más que aportar soluciones propias. Se reproducen con rapidez y durante un periodo reducido de tiempo generan un ambiente de revuelo en las redes sociales, que esperan que cale en la opinión pública y vayan deshaciendo la confianza del electorado hacia el oponente. El objetivo es impactar, provocar; su puesta en escena y su semántica no está muy alejada de aquella que utilizan los reality shows televisivos. La naturaleza de su discurso va dirigida más al sistema límbico, encargado de responder a las emociones, que al prefrontal, dedicado a controlar los razonamientos lógicos. Poco importan ya las ideas, el programa político; la mejor forma de atraer al electorado es mediante la provocación de estados emocionales colectivos, una técnica utilizada de manera eficaz por los grandes totalitarismos del siglo XX.

Es evidente que el modelo de comunicación política protagonista de este siglo emergente es la red, y lo será cada vez más y de manera más generalizada. El problema esencial que debe preocupar a la ciudadanía es saber distinguir las falacias y argucias que esconde este tipo de marketing político, evitando ser manipulado por los partidos. Y a la clase política compete la misión de hacer uso de la red de manera inteligente y respetuosa con la ciudadanía. Internet es un vehículo excelente de comunicación bidireccional entre ciudadanos y gobernantes. Lo lógico sería que los partidos políticos arbitraran nuevas vías de relación con la ciudadanía, más directa y participativa, de tal manera que la gente sintiera que sus inquietudes acaban teniendo eco en las políticas reales de sus representantes. Este es el clamor generalizado que preside los actuales debates ciudadanos en plazas y redes sociales.

Ramón Besonias Román

Sangre en tu móvil



En 2010, Geim y Novoselov obtuvieron el Premio Nobel de Física por un descubrimiento en apariencia anecdótico -el grafeno ya se conocía desde 1930-, pero que con el tiempo resultó poseer un potencial práctico incuestionable para la tecnología de las comunicaciones. Observaron que la estructura laminar del grafeno lo convertía en óptimo candidato para sustituir al silicio, semiconductor esencial en la fabricación actual de componentes informáticos. Pero el silicio, además no tener los atributos de ductilidad del grafeno, comenzaba a dar problemas de imagen a las grandes compañías del sector de las telecomunicaciones. El silicio se obtenía especialmente en países africanos como el Congo, donde las ganancias que generaba su extracción no beneficiaban a la población autóctona, sino que servían para financiar sus guerras tribales. Además, las condiciones laborales de los trabajadores eran infrahumanas. Multinacionales como Apple o Intel reducen costes facilitando con sus negocios el aumento de la miseria y la hostilidad interna en esos países.

Con la aparición del grafeno, estas empresas pretenden limpiar su imagen de tiburones insensibles a las desgracias ajenas y ofrecer una cara amable, solidaria y ecológica de sus negocios. El secretismo de estas multinacionales es absoluto. Solo después de muchos años la verdad llega a la opinión pública; y solo entonces estas empresas, presionadas por razones publicitarias, deciden modificar su política de obtención de minerales. Mientras tanto, en el mundo desarrollado seguimos consumiendo móviles, tabletas, ordenadores y demás artefactos tecnológicos, ajenos a la triste realidad que subyace durante su proceso de elaboración.

Por esta razón, se agradece descubrir documentales valientes y necesarios como Blood in the mobile, que ponen de manifiesto la inmoralidad y la impunidad con la que estas multinacionales operan a su antojo en numerosos países pobres, recrudeciendo su situación más que aliviándola. ¿Por qué la Televisión pública no emite en horarios de máxima audiencia este tipo de documentales? ¿Por qué Wikileaks no se impone a sí misma el deber moral de publicar estos hechos? Es evidente que la globalización de la economía permite -no precisamente por leyes del azar- establecer una estrecha relación entre nuestro bienestar y la pobreza del resto de habitantes del planeta. Un efecto mariposa manipulado por aquellos que detentan el poder económico. Y todo bajo nuestra complicidad. Los ciudadanos del mundo desarrollado necesitamos seguir consumiendo, adaptándonos al tren del progreso tecnológico; para ello necesitamos que los países pobres sigan viviendo en condiciones de miseria. Es el nuevo modelo de esclavitud del siglo XXI. Todos tenemos manchadas nuestras manos de sangre. El mismo que escribe estas líneas lo hace gracias a la tecnología de una empresa que abarata costes para que yo pueda comprar sus productos a un precio sostenible, pero a costa de perpetuar el determinismo económico que condena a millones de personas a una pobreza vitalicia.

Sucedió durante la revolución industrial y también ahora, a través de la explosión tecnológica. La necesidad de fuentes de energía y minerales revela un nuevo formato de colonización, basada en el
modelo de economía globalizada, en el que unos se convierten por decreto tácito en consumidores y otros en operarios, dejando a una minoría privilegiada el rol de productores. Como afirmaba Marx, el capitalismo no ha reducido las viejas formas de esclavitud, tan solo las ha simplificado. La única diferencia con respecto al capitalismo primitivo reside en que la explotación de seres humanos se ha globalizado a través de un modelo de interacción económica similar al de la Grecia Clásica. El mundo desarrollado del consumo mantiene un tren de vida, nuestra sociedad de bienestar, gracias a que el resto de la población mundial vive en la miseria. Los consumidores somos una pieza más dentro de esta inquietante maquinaria social.

Ramón Besonías Román

El Dios binario



Dios creó a la mujer y al hombre a su imagen y semejanza; vio que eran buenos y decidió descansar de su obra. Pero Eva y Adán se hicieron adultos y el Edén empezó a quedárseles pequeño. Entonces decidieron buscar nuevas rutas -más allá del bien y del mal- donde satisfacer su connatural curiosidad. Sustrayendo la hermenéutica religiosa, este mito de creación revela con nitidez la relación trágica del ser humano con su naturaleza, su inherente inconsistencia para la felicidad. Igualmente, podemos interpretar la fabulación de Adán y Eva como una metáfora de la relación conflictiva del autor con su obra. El texto, una vez creado, se rebela contra su progenitor y busca en sucesivas lecturas nuevas líneas de interpretación.

Algo similar le ha sucedido a Tim Berners-Lee, creador en 1989 de Internet. Tim -permitan que tutee a nuestro egregio benefactor- ha declarado recientemente que Internet no es lo que era, que él lo creó con el fin de ensanchar cualitativamente el conocimiento y la comunicación entre los seres humanos, pero que se ha convertido en una red social de chismorreos y exabruptos incendiarios. Tim ha sido especialmente virulento con las redes sociales, a las que critica de proponer
tan solo un modelo de comunicación limitado a roles afines entre internautas; en definitiva, un patio de colegio, un foro de autocomplacencias. Tarde o temprano -declara- la gente se cansará de Facebook o de Twitter, buscando nuevas sendas de comunicación que les ofrezcan aquello que estas redes le niegan. El usuario quiere una red que reproduzca con isomorfismo las necesidades que configuran su vida cotidiana. Esto solo lo puede ofrecer una red que establezca una sinergia absoluta entre el mundo físico y la realidad digital. Pero si esta conjunción de planetas tuviera lugar algún día, supongo que nos preguntaríamos necesariamente por qué vivir una existencia sometida a las contingencias físicas y los efectos perversos de la interacción social, si la red nos ofrece lo mismo, pero sin riesgos y desde tu propio sillón. Esto conduciría a una red socioneuronal -Berners-Lee la denomina red semántica- conectada a través de una matriz que guarde a modo de gran memoria del mundo deseos, experiencias, ideas, comportamientos; incluso quizá pueda llegar algún día a discriminar intenciones y expectativas.

No olvidemos que
Tim Berners-Lee es el Dios de la tela de araña, el creador primigenio del universo digital. Era de esperar que soñara que su Frankenstein hiciera posible el sueño de un cosmopolitismo absoluto, un sistema de comunicación global en el que cada elemento esté en íntima relación con el resto. Internet poseería entonces casi todos los atributos medievales de Dios: omnipotente, omnisciente, omnipresente. Abarcaría toda la experiencia humana y trenzaría puentes entre todos los seres humanos del mundo. Nada estaría oculto. El universo digital sería un gran confesionario sin cortinas, el sueño distópico de la sociedad transparente. La pregunta que pende de este hilo es evidente: ¿quién protegería esta red de los intereses particulares?, ¿cómo asegurarnos que la vida privada, la intimidad, el derecho a estar solo, desconectado, quedaría a salvo? Al fin y al cabo, la función natural de toda red es atrapar para sí todo aquello que alcance su radio de acción, fagotizarlo, socializarlo a mayor gloria de la gran hermandad virtual. Quizá el señor Berners-Lee vaticine este modelo de red como un paraíso futurible. Por lo pronto, al que escribe le huele a otra forma -eso sí, sinuosa, vendida como una suerte de religión new age- de totalitarismo.

Ramón Besonías Román

La fe del navegante



Rafa y Marzban son dos jóvenes empresarios, hacedores de ideas, a los que se les ha ocurrido vender un singular programa informático: genera un entorno de trabajo sereno, silencioso, acogedor, en el que el internauta pueda escribir, navegar o realizar cualquier tarea sin ser molestado por otros programas ni estresado por una interfaz irritante. Los creadores de esta herramienta afirman vender silencio a sus clientes, propiciar una atmósfera de óptimo confort. Nada más encender el ordenador, podrás centrarte en tus asuntos sin que nada ni nadie te turbe.

Quizá nos parezca una idea absurda o inútil, pero si lo pensamos bien un ordenador viene a ser algo así como un templo donde el alma del creyente (navegante) puede alejarse del ruido mundano y solazar su mundo interior, sin interferencias, ajeno al trajín cotidiano. Un confesionario, un oratorio digitalizado donde cada cual reza al santo que más cree propicio a sus deseos. Una caverna comunitaria en donde resarcir penas o exorcizar la indignación a través de dígitos binarios. Un mapa, entre el cielo y la tierra, sobre el que cada uno navegamos sin brújula ni puerto. Demandar silencio es casi que una condición sine qua non para entregarse sin perturbaciones a estos asuntos. El devoto internauta requiere una puesta en escena similar a la que exige el penitente, el anacoreta. Intimidad, un lugar reconocible, un ritual periódico, el
habitual relicario de tareas: mirar el correo, leer el periódico, revisar tu Facebook, tuitear, chatear con los amigos, navegar por navegar, descargar archivos... Para muchos ciudadanos, el ordenador es una puerta desde la que acceder a un mundo prohibido más allá del umbral de su habitación. Alicia tras el conejo.

Hay períodos históricos caracterizados por la urgente necesidad de buscar en universos privados reconocimiento y un cálido sentimiento de pertenencia que el entorno social no proporciona. Uno de esos períodos fue el Helenismo. La crisis de la democracia griega produjo entre sus ciudadanos un sentimiento colectivo de desorientación y falta de referentes con los que reconstruir su identidad. En respuesta a esta soledad generacional, numerosas sectas religiosas, vendedores de pócimas terapéuticas, escuelas filosóficas con recetas de felicidad, se ofrecieron como nuevos profetas. Ni siquiera el Imperio Romano pudo satisfacer esta orfandad existencial. Fue una religión monoteísta, el cristianismo, quien se encargaría de dar cobijo a esa necesidad, ofreciendo un catecismo transnacional que todos pudieran entender y cumplir, dotando a cada creyente de un feto íntimo desde el que purgarse, maldecir, ilusionarse, resignarse o combatir. Hoy, esa función espiritual parece ofrecerla la red de redes, Internet. Cada individuo se conecta en comunión con el resto del mundo a través de esta entelequia digital. Por primera vez en la historia de la humanidad, todos los ciudadanos podemos tener acceso a la red neurosocial del resto de nuestros congéneres, imbricarnos con una iglesia virtual desde la que sentirnos partícipes de algo superior a nosotros mismos.

Pero Internet, como toda religión de éxito, está auspiciada por una estructura económica y un aparato ideológico que la sostiene y protege. Su politeísmo democrático se asienta sobre los mandamientos del mercado. El internauta es en realidad un consumidor, aunque el libro de horas de la red aliente en él la falsa creencia de libertad. Para que toda religión subsista debe reproducir un bucle de promesas y expectativas, debe alentar esperanza. La ilusión que sermonea Internet es la del mito de la libertad infinita, la representación de un mundo paralelo al físico, a la realidad social inmediata, en el que no existen injerencias a la opinión, donde cada cual puede expresarse y contar en igualdad de condiciones. Internet aporta al individuo del siglo XXI la posibilidad de ser significativo, relevante, en un mundo globalizado en el que cada vez es más improbable que un solo individuo pueda ser tenido en cuenta. Un mundo en el que el sistema financiero escribe con renglones torcidos los designios de cada uno de nosotros, perplejos e impasibles ante su ferocidad. Cada vez se manifiesta de manera más explícita la función de Internet como el opio del pueblo, además de ser un vehículo privilegiado de manipulación política y control de opiniones y gustos. Aún así, como toda religión emergente están aún por despuntar sus posibilidades sinérgicas. Es muy probable que, al igual que el comunitarismo que caracterizaba a los inicios del cristianismo se convirtió con los siglos en un fuerte aparato totalitario, Internet acabe transformándose con el tiempo en un espacio menos abierto y politeísta de lo que hoy aparenta ser.

Ramón Besonías Román

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