Esto es lo que toca



Desde muy pequeño demostré una notable incompetencia hacia las matemáticas, que el tiempo solo consiguió agravar. Por mucho que mis padres y tutores intentaran aplicar los más sofisticados métodos pedagógicos para que los números entraran en mi mollera, el resultado pintaba insuficiente ante mi pertinaz alergia hacia el universo euclidiano. Hoy, este incorregible defecto, pese a no afectar a mi vida privada (las calculadores son un invento salvífico para los de mi especie), sale a la superficie cada vez que intento deconstruir sin éxito la mecánica arcana que rige la ciencia económica. Cuando leo un periódico, evito como la lepra la sección dedicada a la Bolsa, con sus índices y diferenciales, subiendo y bajando al ritmo de su lógica cuántica. En alguna ocasión he estado tentado de sumergirme en esta selva oscura de mercados, tipos de interés e índices hipotecarios, pero mi tolerancia a su jerga esotérica me dura menos que el oxígeno dentro del agua.

Algunas veces pienso si aquellos que inventaron los estudios económicos no decidieron a priori adornar esta ciencia de la suficiente retórica como para que el ciudadano de a pie no pudiera entender nada y, de esta forma, sucumbir ante sus augurios. También me pregunto si a nuestros representantes políticos, a no ser que posean la titulación requerida para tal efecto, les sucederá lo que a mí, o por el contrario se moverán en estas aguas como peces. Supongo que nunca podré aliviar mis dudas cartesianas y deberé conformarme con seguir siendo un perplejo mortal más, mareado por el azar de las circunstancias, unas veces herido por la fatalidad de la prima de riesgo, otras feliz de no ser azotado más de la cuenta por los recortes presupuestarios. Esto es lo que toca, como decía mi difunta abuela, doña Quica, que de esto entendía, y mucho. La economía es la moderna mitología, la nueva religión en tiempos convulsos.

Ramón Besonías Román

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