la mirada perpleja

Filosofía post mortem



Permitidme que me entregue sin miramientos a la máxima kantiana según la cual poco caballeroso sería criticar voluntades ajenas sin obligarse uno mismo a analizar el ojo propio. Es así que después de enterarme que el ministro de Educación, Jose Ignacio Wert, ha aprobado su ley con el poder que le otorga la mayoría absoluta de su grupo parlamentario, me veo más que impelido a hacer una serena reflexión acerca del asunto, no sin ejercer a mi pesar de abogado en contra de mis propios intereses, pero obligado a ser honesto con una verdad a la que nos debemos, más allá de aquellos vientos que susurran para complacer el oído que los escucha. 

Antes de comenzar lanzo a mi lector el firme preaviso de que sin lugar a equívocos soy de partida devoto opositor de esta torpe y solipsista ley educativa, entre otras cosas por haber erosionado hasta su metástasis la posibilidad de que la Filosofía tenga como disciplina un espacio cabal dentro de un sistema educativo que responda con responsabilidad a las demandas sociales del ciudadano del siglo XXI, más allá de una mera adaptación darwinista o de los intereses políticos del grupo parlamentario de turno. Ahora bien, no debiéramos obviar que el enfermo estaba ya en serio peligro de muerte mucho antes de que apenas hubiera parido el señor Wert la primera línea de su engendro legislativo. Y lo estaba en parte por la actitud arrogante y autista de las autoridades académicas que creen dirigir sin temor ni temblor desde sus cátedras esta venerable disciplina, alejados de principios pedagógicos básicos o del mero sentido común. También lo está por no haber ejercido nosotros, profesores de Secundaria, una presión valiente y rigurosa contra unos planes de estudios obsoletos, anclados aún en la aprehensión de un legado histórico que huele desde hace décadas a naftalina; y haberlo hecho mucho antes de que venga otro a enmendar a hachazos lo que bien hubiéramos podido nosotros defender con argumentos. No digo con esto que la razón por la cual el actual Ejecutivo ha reescrito una vez más la historia legislativa española en materia educativa obedezca a nuestros pecados. Cada cual que cargue con su cuota de responsabilidad. Lo que sí puedo afirmar sin faltar a mi subjetiva percepción de este contexto es que hemos defendido nuestra profesión solo cuando tuvimos evidencias de su eminente mortalidad, y no en momentos más oportunos, sin injerencias políticas ni influidos por el temor a nuestro futuro profesional.

La Filosofía está desde hace mucho tiempo necesitada de una refundación, mediada por una reflexión que implica no solo la readaptación a principios pedagógicos que pisen con claridad y humildad el suelo que pisan nuestros alumnos, sino también una mirada honesta acerca del papel social que debe representar nuestra disciplina en la configuración del nuevo milenio. Como cualquier poder consuetudinario, hemos confiado en que nuestra disciplina perduraría eternamente mientras exista sobre la Tierra un ser que piense, como si pensar fuera patrimonio exclusivo de nuestro área de estudio, como si estuviésemos protegidos por no sé que dios profano. 

No es tarde aún (nunca lo fue) para abrir un debate no tanto sobre las maldades del poder establecido, aliviados con el placebo de estar del lado de la razón meridiana, cuanto tomar el asunto desde su raíz profunda. Vendrán otros partidos, no lo dudéis, otros gobiernos, y traerán consigo sus recetas milagrosas, su rutilante ley educativa, respuesta beatífica contra los desmanes del adversario ideológico. Quizá entonces nos sintamos a salvo de la metralla, recuperado nuestro orgullo, nuestro horario y nuestro trabajo, pero el monje seguirá vistiendo el mismo hábito raído y mugriento, pese a creerse libre de temores pretéritos. Siempre fue hora de cambiar. Que el dedo no nos impida ver el horizonte. La única solución a posteriori para nuestra futurible supervivencia como disciplina es mutar, presentar vino nuevo en odres imperecederos. De lo contrario, no habrá argumentos sólidos con los que convencer de que la Filosofía tiene cabida en la educación que vendrá. Nuestro peor enemigo no es la política mezquina, ni el mercado omnipotente, sino nuestra propia debilidad.

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Todo es posible



Leo el titular de arriba y me pregunto por qué en España -supongo que en estos afectos el resto de Europa sopla en la misma dirección- gestos como los de Michelle serían interpretados como una impostada pose actoral, un requiebro maniobrado a mayor gloria del poder. Dermoestética política. Europa es más sabia por vieja que por sensata. Los Estados Unidos, como quien dice, nació ayer, y necesita pasar por su medievo, santificar a sus dioses, adorar sus ídolos de barro, para después, quién sabe cuándo, destronarlos, descubrir el oscuro refajo que los sostiene, el subsuelo inmoral en el que enraíza tanta honorabilidad política. Aquí, en España, pisamos las antípodas; hace tiempo que la sonrisa rutilante del político nos incomoda, no solo por artificial, también por canalla. No está el horno para teatros. No cabe imaginarse -ni ayer ni antes de ayer- a Elvira Fernández Balboa, esposa de Rajoy, anunciando el Goya a la mejor película. No sin someterse a la mofa popular. Más allá del charco aún creen con inocente complicidad -no todos, supongo, pero un buen puñado- en una legitimidad ungida por telúricas fuerzas que aseguran a quien gobierna saber que está del lado correcto, que su guerra profana se juega del lado ganador, el de los buenos. 

In God we trust, reza el lema nacional de los Estados Unidos. Supongo que se refieren al dios dinero, a una divinidad globalizada que mantenga contentos a todos, independientemente de la confesión que profesen, con tal de que el espíritu nacional se mantenga inalterable, la sensación de haber sido elegidos por vete tú a saber qué ridícula deidad para regir el destino del mundo libre... y más allá. Los Estados Unidos no tienen monarca, pero como si lo tuvieran; su republicanismo proyecta su necesidad de sometimiento a un orden superior que justifique actos cuestionables y dote de sentido sus acciones, que aglutine la diversidad en un discurso unificador.

Mientras tanto, la Europa descreída, de vueltas de todo y revuelta, destrona una vez más a sus dioses, los pocos que aún le quedaban, en busca de otros que satisfagan su sed de justicia. Ni siquiera la monarquía -una de las pocas instancias consuetudinarias que malviven- parece ser lo que debiera. Hasta el poder religioso, la promesa ratzingeriana del renacer de la cristiandad, queda ahogado por la mezquindad que fagocita las instituciones desde su médula. Si dios no existe, todo está permitido, todo es posible, sentencia el adagio de Dostoiewski. Un aire fresco, instando a una refundación moral y política crece a pie de calle. Mientras los Estados Unidos vitorean con entusiasmo a sus dioses imberbes, Europa languidece para renacer de sus cenizas. 

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Habemus hominem



No tengo más remedio que confesarme; ya se sabe, la verdad, mal que nos duela, nos hará libres. Siento una simpatía involuntaria hacia Benedicto XVI desde que anunció su renuncia. Antes del suceso, tenía una explícita animadversión hacia su personaje. Aún tengo razones intelectuales y morales para disentir, incluso repugnar -faltaría más- su pontificado, pero su renuncia me ha hecho ver su figura pública desde una perspectiva más benévola. En primer lugar, por el carácter transgresor de la misma, una actitud inusual para quien se ha declarado firme enemigo de la Ilustración y adalid incansable de una posmodernidad dibujada como germen de todos los males. La renuncia del Papa no solo es transgresora desde un punto de vista estético, que ya de por sí es suficiente como para aplaudir el gesto. También supone una ruptura con elementos tradicionales, indiscutibles, dogmas de fe. Para empezar, la infalibilidad papal queda refutada por pura lógica aristotélica. Se suponía, como ya sucediera con el poder hereditario de los monarcas, que el Santo Padre lo es hasta su muerte, y que recibe por ciencia infusa las instrucciones directas de Dios, lo que le certifica como emisario de verdades metafísicas exentas de opinión o juicio racional. Vamos, que el Papa dice siempre la verdad; no la suya, la de Dios. Por tanto, su función dentro de la Iglesia es vitalicia e imposible de revocar, ya sea por agentes externos o por propia voluntad del pontífice. De hecho, un Papa deja de tener voluntad propia una vez acepta el cargo. El día que Benedicto XVI dejó de hablar como Papa y empezó a hacerlo como Ratzinger, como ese hombre de carne y hueso, dolorido por el paso de los años y el inquietante devenir de su Iglesia, ese día su infalibilidad huyó para transmutarse en una realidad contingente, fungible, defectible, sombra de su solemne impermeabilidad pontificia. Por ello, este acto voluntario tiene todo mi respeto y admiración. Como Papa y como dirigente público, como gestor de millones de espíritus habitando una carne maculada. 

Hasta ahora, la imagen pública de la Iglesia de cara al universo globalizado era sinónimo de intransigencia ética, rigidez intelectual, incluso irresponsabilidad moral en casos flagrantes que exigían más comprensión (caridad cristiana) que adhesión a dogmas inalterables. La dimisión del Papa desvela una debilidad que sienta bien a una Iglesia precisamente rechazada por una arrogancia vestida de fortaleza espiritual. Dar marcha atrás (excusen el doble sentido) no es un verbo que forme parte del derecho canónico. Más bien todo lo contrario, permanecer inamovible a los vientos, autista ante la casuística, es una marca de la casa. La renuncia de Benedicto XVI deviene así en una desiderata, un sacrificio premonitorio de futuribles reformas que desde dentro insuflarían esperanza, y desde fuera evitarían tener que seguir sintiendo vergüenza ajena. Cuando la Iglesia se humaniza, su mensaje sabe divino.

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Boss: el poder absoluto en la democracia



Al igual que un dios travestido de zarza ardiente sentencia a Moisés la perogrullada identitaria yo soy el que soy, el alcalde Tom Kane, alma mater de la inquietante serie televisiva Boss, espeta a su atribulada hija un aforismo similar, con el que intenta excusar su conducta tiránica al frente de la ciudad de Chicago: la vida es lo que es, esto es lo que hay. Uno tan solo juega con inteligencia las cartas que la naturaleza cruel le da, pero no puede cambiar sus reglas. Tan solo puede aplicar con determinación una razón instrumental implacable, que le conduzca a sus objetivos a través de un ejercicio de limpieza de obstáculos, sorda a cualquier imperativo moral. Como ya señalara siglos atrás Maquiavelo, el estadista no puede permitirse representar el rol de ser libre que interpreta el ciudadano. Un gobernante se debe a la empresa incansable de mantener el poder a salvo, sólido y libre de intereses que lo desestabilicen. Si para ello ha de utilizar medios que una moral cívica detestaría, debe hacerlo sin pestañear.

Ahora bien, ¿dónde acaba el servicio a la ciudad y empieza el totalitarismo? En otra escena de la serie, Ezra Stone, asesor político de Kane, se confiesa defraudado por su mentor, quien a su juicio ha perdido esa voluntad de servicio y ya tan solo parece motivado por intereses particulares que eliminan la legitimidad interna de sus acciones. Stone afirma haber seguido a Kane en sus andanzas políticas con fidelidad y sin temblarle el pulso, pese a que muchas de sus decisiones llevaran asociada la necesidad de cometer actos deleznables (incluido asesinatos). Pero ha llegado un momento en el que las motivaciones del alcalde parecen regirse por la irracionalidad (asociado por guión al descubrimiento de una enfermedad degenerativa irreversible). Stone acepta sin problemas que el alcalde apruebe la extorsión, las amenazas, el asesinato, excusado en una inquietante racionalidad política, pero rechaza moralmente que Kane actúe movido por criterios emocionales. Una paradoja solo en apariencia. El poder político, como cualquier otra acción humana de dudosa moralidad, necesita legitimar su conducta bajo códigos éticos justificatorios, a fin de sostener emocionalmente su coartada. Bajo un principio ético universal, poco importa si Kane ordena asesinar a sus oponentes movido por razones políticas o particulares. En ambos casos obra mal. Sin embargo, su asesor político solo siente remordimientos cuando empiezan a aflorar las motivaciones emocionales que alimentan el poder absoluto, nunca bajo el velo legitimador de la racionalidad instrumental.

Esta lógica, a mi juicio, define de manera explícita la estructura misma del poder político contemporáneo, sustentado en un modelo de racionalidad instrumental mayestática, vendida como necesidad y ajena a la voluntad de la ciudadanía. El poder absoluto se presupone, pese a que las reglas democráticas lo rechacen. De hecho, la democracia queda reducida a mera superficie, chasis que justifica la legitimidad del poder, bajo el engaño de una supuesta soberanía popular. Afirma Kane en otra de sus suculentas sentencias de guión que los ciudadanos desean un poder que les ofrezca seguridad; quieren ser gobernados por alguien que les asegure que sus necesidades son satisfechas. Poco les importa si para ello el gobernante ha de utilizar medios abyectos, con tal de que cada cual tenga cubierta su ración de bienestar y las apariencias se mantengan protegidas contra el escándalo que supondría hacer públicas las cloacas del poder. El sistema de compensación moral es perfecto; ambos, ciudadanía y gobernantes, quedan libres de remordimiento. Kane sustenta su legitimidad en su eficacia, alivia su sentido moral bajo el velo de la honorabilidad de su servicio público. La ciudadanía, por su parte, hace oídos sordos al subsuelo político mientras éste permanezca oculto y no acabe afectando a su cota sostenible de bienestar. Todos presuponen que para que un país sea próspero debe ser regido por gobernantes a los que no les tiemble la mano, que sepan cuándo es necesario renunciar a su moralidad a fin de proteger los intereses generales. Ahora bien, si el gobernante no sabe mantener las apariencias a recaudo o no es capaz de equilibrar de manera inteligente el aguante del ciudadano dentro de unos márgenes aceptables, entonces perderá su legitimidad y será sometida su inmoralidad a escarnio público. En este escenario, la ciudadanía queda libre de culpa y asume el papel de víctima sin responsabilidad, pese a haber cedido pasivamente al gobernante su potestad absoluta, a la espera de obtener a cambio una aceptable ración de bienestar.

A su vez, esta lógica totalitaria, protegida bajo un velo de mezquina moralidad, se sostiene a través de las consecuencias que alimentan el dilema del prisionero. Ningún agente político espera de su adversario, ni siquiera de su leal correligionario, otra motivación que la adquisición de poder como único horizonte y la aplicación de cualquier medio que esté a su mano para lograr sus propósitos. La retórica bienpensante que adorna el discurso democrático es tan solo la capa superficial que asegura a los votantes no sentir remordimiento por ceder el poder absoluto, sin más cláusula que la temporalidad, con tal de mantener su estatus. No es extraño que la preocupación del pueblo soberano por la corrupción institucional encuentre su mayor grado de insatisfacción en tiempos de crisis económica y zozobra política. Bajo circunstancias óptimas de bienestar, nuestro sentido moral suspende su rigor, autoconvenciéndonos de estar viviendo en el mejor de los mundos posibles. Poco importa si el gobernante ejerce su poder, ajeno a los límites legales y morales que sustentan el orden constitucional. Ande yo caliente... 

Cabe pues, más allá de la mera intuición, sospechar que el orden democrático se sustenta sobre las mismas estrategias que hacían posible el absolutismo, con la diferencia de que en el sistema monárquico y en ciertos totalitarismos el poder se ejerce sin el recurso sutil a una capa inconsciente que adorne su discurso a través de mecanismos de publicidad, recompensa y supuesta transparencia moral. La ciudadanía cada vez somos más conscientes de la oscura maquinaria que sostiene el poder político contemporáneo, aunque asumimos nuestra lucidez convencidos de no poder transgredir su orden, pese a que el poder legítimo de las democracias se sustenta en el pueblo soberano. Esta impotencia tiene su base en el inquietante sistema de compensaciones que equilibra el sistema, basado en el consumo (excedente) como gasolina que autogestiona inconscientemente nuestra capacidad de resiliencia. No en vano democracia y capitalismo son eficaces aliados que trabajan mutuamente para lubricar la máquina social. Y seguirá siendo así a no ser que por virtud del azar la ciudadanía declinemos seguir alimentando esta eficaz fábrica de deseos.

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On the left, on the right



Uno de los efectos gratificantes que ha generado la crisis es que el votante conservador comienza a apreciar la importancia del disenso, la crítica y la implicación sociales. Votantes de centro derecha que antes no se preocupaban por los asuntos públicos, ahora incluso se afilian a sindicatos, se unen a plataformas ciudadanas y critican con ferocidad las decisiones del Ejecutivo y del PP. 

Hasta hace poco era vox populi el prejuicio maniqueo de las dos Españas, enfrentadas en su forma de entender el universo. Se suponía que el votante de derechas era alérgico al compromiso social y vivía absorto en sus intereses particulares. A esta generalización ha contribuido más bien bastante la izquierda española, que fiscalizó y politizó los movimientos sociales a mayor gloria de su estrategia. Era casi una contradicción que un votante del PP formara parte de sindicatos como UGT o CC.OO., los cuales es sabido defienden en fondo y figura intereses políticos (y corporativos), más allá de la defensa de los derechos laborales. Durante el escaso tiempo que he militado en el PSOE, recibí en varias ocasiones mensajes en los que se me pedía que apoyara determinadas protestas sindicales, ligadas directamente con estrategias políticas teledirigidas por el partido. 

Ser de izquierdas era una cosa, y de derechas otra. Pero ya no está tan claro. La izquierda se ha revelado como más conservadora de lo esperable, y la derecha, de la noche a la mañana, se ha caído del burro, descubriendo que la pobreza no entiende de colores y que el PP no se acerca ni por asomo a la visión beatífica, de salvador de la patria, que decía representar. Esta mutación ha obligado a los futuros votantes a reflexionar, a dejar de mirar con complacencia sus afecciones políticas y criticar con dureza el catecismo y las acciones de sus amados partidos. Vamos, que ya somos -venga uno por la izquierda o lo haga por la derecha- un poco menos estúpidos, y no nos creemos lo que diga el dirigente de turno sin antes comprobar por nosotros mismos si las palabras recalan en hechos evidentes.

La generalización de las protestas ciudadanas ha provocado un cambio sustancial en la percepción que tienen los votantes de los partidos mayoritarios. No solo esto; ha generado una reflexión política a pie de calle que trasmuta el mapa clásico que ha alimentado hasta ahora el escenario ideológico español. El votante conservador se vuelve tan escéptico como el de izquierdas, y a causa de las mismas razones que provocan el desencanto del vecino. El votante deja de observar su filiación política apoyado tan solo en una irracional empatía ideológica o una tradición familiar. La democracia se ha convertido en la única religión del pueblo soberano, más allá del frágil sistema representativo que la sostiene. 

Es previsible -si es que al calor de nuevas vacas gordas no se nos tuerce el ánimo y se nos borra la memoria- que este fenómeno social provoque una transformación política. Los mensajes de conservadores y progresistas se volverán más centristas, en busca de ese alto porcentaje de votantes inestables. Pero a su vez, ese electorado no desea centrismos complacientes, sino hechos consumados y leyes vinculantes, signos palpables de un viraje significativo que afecta no solo a las políticas particulares de cada partido, sino a acuerdos globales en el Congreso que afecten a la propia estructura institucional. Ya no nos basta la perlocución habitual del puedo prometer y prometo, o el recurso al ataque feroz contra el adversario político. Al político actual se le ha perdido el manual que hasta ahora le ayudaba a orientarse sobre el perfil del votante español. Debe como quien dice volver a reescribir el guión, a escuchar más cerca la voz popular, alérgica cada vez con más energía a los catecismos ideológicos que caracterizaron al viejo siglo XX.

En lo que respecta a la ciudadanía, debemos reconocer que existe un espacio público compartido, que actúa más allá de la afección ideológica, y que lucha por objetivos comunes. Por citar un caso reciente, la Plataforma de Afectados por la Hipoteca (PAH) no es un movimiento social ideologizado, pese al interés político por fiscalizar sus beneficios. Defiende una causa moral universal, de orden constitucional, no partidista. Poco importa la filiación política de cada participante. Lo que importa es la recuperación de una forma de hacer política que enganche directamente con las necesidades reales de la ciudadanía, y no con variables macroeconómicas que el votante de a pie desconoce y no tiene por qué valorar. La ciudadanía estamos recuperando la visión primigenia del concepto democracia, y reconfigurando con ello la vieja taxonomía ideológica que dividía el universo en izquierdas y derechas. Sería una pena que el tiempo se lleve esta venturosa mutación. De seguro los partidos políticos intentarán por todos los medios hacer suyo este espacio público, a fin de recuperar el afecto perdido. 

Del auge de esta nueva ciudadanía debiera originarse la esperanza de nuevas formas de entender lo público, la semilla de ideas compartidas, alejadas del modelo clásico de partido blindado. Quiere uno pensar que estos gestos no quedarán en una brisa pasajera y que supondrán el renacer de nuestra mayoría de edad como democracia.

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Hechos son amores



Quizá antes de la crisis económica y del fenómeno de decadencia institucional que sufrimos pudiéramos decir sin equivocarnos que el contrato social entre gobernantes y gobernados se basaba en la capacidad de aquellos de lograr la suficiente confianza de estos otros. La masa de fieles adeptos a una ideología de piñón fijo lleva años decreciendo, pese a que aún es multitud. Los hay que militan, esperando de su partido una esperanza o un sillón; las motivaciones van según quien estornude y es difícil distinguir a uno de los otros. En cualquier caso, esta feligresía actúa sin cambiar de marcha durante todo el trayecto, abandonando en cajón sellado su capacidad crítica; todo ello a causa de lo que llaman lealtad o cultura de partido. De entre ellos levanta el dedo algún que otro ciudadano, desviando el discurso teledirigido hacia otros argumentos, pero pronto es ahogado por la eficaz maquinaria del partido, promovida con fidelidad por los medios de comunicación, cronistas diarios del teatro político. Quien decide militar acaba sabiendo más tarde o más temprano cuál es su función dentro del partido: asentir y promover catecismos a fin de otorgar al partido un escenario óptimo de futurible gobernabilidad. Poco o nada tiene que ver la política con la verdad, la evidencia o la certeza. Sin embargo, desde hace un tiempo la ciudadanía comienza a cambiar los criterios a través de los cuales evalúa la acción política. Ni siquiera al militante o simpatizante le basta con asentir piadosamente a los mandamientos del partido. El ciudadano no cree a ciegas, desea pruebas que certifiquen estar ante algo más que meras palabras. No basta la fuerza perlocutiva de los mensajes políticos en los medios. La ciudadanía empieza a estar inmunizada contra el cacareo habitual. No solo esto; sabe que el modelo de comunicación tradicional de los gobernantes se ha basado hasta ahora en meras apariencias, en un discurso hueco, carente de referentes verificables en su realidad más próxima. De ahí que cuando escuchan a un político hablar en los medios, evitan escuchar, saben que cada cual vende una moto gripada a priori por su voluntad actoral. 

Pero no lancemos campanas al viento. Son muchos aún los que tan solo escucharán lo que desean oír, al viento de su propio credo político. Pululan las sedes de partido, las redes sociales y sus círculos sectarios. Despotrican contra el oponente político sin escuchar sus argumentos, por el solo hecho de pertenecer a bando ajeno. Cuando uno les pide razones, lo único que obtienes son versículos marcados de su biblia integrista. El otro es el enemigo, el que se equivoca, el que quiere acabar con España, el inmoral y corrupto. Su concepto de sentido común no es libre, está contaminado por atávicos prejuicios políticos a los que contribuye un proceso ritualista de mitologización de su ideología, similar al que alimenta el fervor religioso. Es habitual en su liturgia la defensa de la grandeza del partido, recordando sus hazañas históricas y sus logros institucionales. Pero lo que más sorprende es su flagrante maniqueísmo, la demonización del adversario, observado no como un demócrata legítimo, con ideas diferentes, sino como una amenaza contra su visión de España o del progreso colectivo. Esta concepción dualista del devenir político, aciaga secuela de tiempos preconstitucionales, perdura aún en el imaginario colectivo, especialmente en el interior de los partidos, cuyos dirigentes excitan a su feligresía con carne fresca a la que hincar diente. Más aún en tiempos de crisis, este recurso al miedo e incitación al odio se convierte en una eficaz herramienta con la que los partidos esperan aumentar la confianza de su potencial electorado.

Pese a la insistencia de los partidos por mantener este modelo de fidelización, los nuevos tiempos revelan un viraje sustancial en la percepción que tiene la ciudadanía de la vida política y una demanda creciente de transparencia, de eficacia evaluable (no solo cada 4 años) y de sólida contrastabilidad con la realidad social. Esto no quiere decir que la ciudadanía desee ser gobernada por meros gestores, hombres de negro que actúan en función de un criterio de rentabilidad económica, de mera razón instrumental. La nueva ciudadanía demanda en primer lugar una democracia real, que sepa protegerse contra la decadencia institucional a través de leyes vinculantes y que establezca resortes de participación más allá del modelo representativo. Leyes así requieren una transformación radical del modelo de partido tradicional, anclado sobre una estructura de lealtades ajenas a la creación de proyectos políticos fieles a la voluntad popular. 

Esta nueva exigencia ciudadana debiera invalidar el merchandising mediático. La ciudadanía ya no quiere promesas, sino hechos; no desea teatralidad, sino argumentos consistentes. Cualquier intento de engatusar debiera ser interpretado como un ataque directo contra la inteligencia del respetable. La política tan solo debe certificar hechos, en ningún caso imponderables o requiebros. Por su parte, el modelo de comunicación política que caracteriza a los medios tradicionales debiera cambiar. De ser meros transcriptores de la realidad política -incluso adléteres borregos de tal o cual catecismo-, debieran ejercer su papel sustancial de servidores de la ciudadanía y no de intereses particulares. Rara vez se puede leer u oír en los medios la voz popular, y sí la letanía impenitente del devenir político, radiado como un destino insoslayable.

¿Invalida esta exigencia la continuidad de las ideologías? Al contrario, enriquece la pluralidad, pero protegiéndola contra los virus internos que la engangrenan. Una democracia fuerte, protegida contra la opacidad de los partidos, nunca puede ser una mala democracia, nunca puede derivar en clientelismos, oligarquías políticas o corruptelas. Sin embargo, no son pocos los políticos que ven en esta demanda una amenaza contra el modelo bipolar de partidos, contra la continuidad del gran relato de la España bicolor, maniquea y populista. Es lógica su reacción; sienten miedo de que se rompa el gran acuerdo que sostiene su alternancia en el poder. Por esta razón, no debemos claudicar, menos aún cuando la crisis aminore. 

Si para algo bueno está sirviendo esta crisis, es para expulsar el polvo bajo la alfombra y detonar la lucidez ciudadana, subrayar un sano escepticismo que exija lo obvio. La percepción ciudadana del universo político está mutando, y esperemos que para bien, para entrar en un periodo de madurez democrática, resistente contra las sirenas del populismo. En próximos comicios no debiéramos votar sin antes hacer un ejercicio de reflexión; es preferible no votar a hacerlo sin tener claro que lo hacemos como ciudadanos libres y racionales, que han entrado por derecho propio en una era de mayoría de edad democrática, desafectados ya por los grandes relatos que han alimentado hasta ahora el teatro político. Si la política no quiere cambiar, la ciudadanía debe ejercer su derecho a denegarles su acceso al poder. No podemos seguir sosteniendo nuestra confianza en determinados partidos en una mera esperanza, en un gesto improbable. Hechos son amores.

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Lanza al vuelo y rocín flaco



No hay quien no reconozca la creatividad del español cuando se empeña en hacer del drama una chirigota. Debe ser un resorte emocional, un fuelle profiláctico contra el pesimismo, o simplemente una manera de controlar la mala hostia que nos entra cuando abrimos cada día la crónica de noticias y solo encontramos excusas para el desasosiego. Algo de eso habrá. Somos un pueblo acostumbrado a utilizar el humor como arma de compensación masiva; pistola de plástico, pero a fin de cuentas terapéutica.

Algunos pensarán: ¡así nos va! Y no les falta razón. Soltamos lastre con dos chistes, un que os jodan y tres padre nuestro. Pasado el calentón, cada cual a lo suyo, es decir, a aguantar y al tajo. Siglos de catecismo y dios salve al rey dejan huella, dan consistencia al fatalismo. ¡Habe!, sentenciamos los extremeños cuando sentimos que la montaña es demasiado alta como para dedicarle siquiera un intento. Hay cosas que no se pueden cambiar; por mucho que te empeñes, es absurdo cavar hacia arriba. El rico al bollo, ya se sabe. Hacer hoguera del pasado es la opción más práctica para quien nada espera excepto el mismo sainete que ronda la Historia desde que el mono es hombre. Gritamos, sí; pero sin esperanza de que algún alma caritativa haga de nuestro clamor su batalla. Ladra el perro cuando oye ruido; pasado el miedo, mueve la cola y calla. 

Nuestra indignación es histriónica, placebo y poco más. Sin mediar tiempo pedimos dimisiones y mentamos la madre de todo aquel que tenga columna en prensa. En esto somos punta de lanza europea. El español es macho (muy macho), apostólico y dominguero. Pero cuando llega el patrón, enmudecemos, no sea que que del almuerzo nos quiten hasta el plato. No hay mal que cien años dure, ni que el cuerpo no aguante.

Por eso, cuando escucha uno el ruído mediático, la letanía política en bares y esquinas, no acaba de creerse que llegue algún día el petardo a la luna; mucho menos que el trueno achante al villano. Cuando el fuego atenúe su rabia, vestiremos orgullosos esa atávica dignidad indolente, marca de la casa. Nadie recordará, cuando las vacas recobren su lozanía, la necesidad de hacer del sentido común menú del día. O somos Sancho Panzas soñando ínsulas mientras sesteamos, o canosos Quijotes travestidos de noble caballero, lanza al vuelo y rocín flaco.

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Elogio del pesimismo




No sé si les sucede a ustedes lo que a mí. Pese a la gravedad del caso Bárcenas, asisto con una perplejidad contenida, un cansancio sin disimulo, a la crónica diaria en los medios. Será que uno acaba por saturarse, y a mínimo que te muestren otra corruptela, te enrocas en la autodefensa del "uno más qué más da". Acabas aceptando este estado de cosas como un universal consumado y el siguiente titular no te afecta de la misma forma. Sí, ya sé que es grave, una tragedia nacional, ya sé que debiera defecar sobre las progenitoras de la plana pepera, pero a uno ya no le queda mucha rabia y sí bastantes razones para creer tan solo en los hechos consumados, en las acciones vinculantes, en la ley ciega e implacable (allá donde esta habite). Está uno ya para poca retórica; a estas alturas no te crees ninguna palabra que no venga acompañada de obras. Le escama a uno hasta su sombra. Y no es para menos. Quizá hace un año pudieras pensar que tanta decadencia institucional y sordera política pudieran responder a causas residuales, efectos temporales del vendaval económico, flecos aislados de la impostura de unos cuantos. Pero hoy, perdonen que no me siente, uno sabe más por viejo que por ilustrado, y huele la insensatez desde más lejos. Intuyes el carácter estructural de nuestro déficit moral, la inercia atesorada durante décadas, indolente con el saqueo público. El sentido común pasó a ser una opción minoritaria. Por no creer, no creo ni en la inmaculada objetividad periodística que ilumina (o lo pretende) en estas semanas al soberano con este serial de terror. Manos invisibles deciden cuándo se debe tirar la basura, pese a llevar años a resguardo de vete tú a saber qué inquietantes personajes. Perdonen ustedes mi duda cartesiana, pero no se apuren, es tan solo metódica, un paso previo a la certeza (ese esquivo futurible). 

En los últimos días parece que la crisis económica ha pasado al segundo puesto en el ranking de preocupaciones ciudadanas. La corrupción institucional y política acaparan el grueso de la crónica nacional. La trama alcanza su clímax narrativo. Un redoble de tambor subraya el suspense. Parece que Hitchcock hubiera resucitado de su tumba para diseñar este guión. Todo artesano de las emociones sabe bien que es necesario dosificar sabiamente los ingredientes y el tempo en el que se insertan. Ahora toca la escena de la ducha: Janet Leigh grita, impotente, acuchillada por Bates, el psicópata. Mañana Norman cogerá cubo y fregona y limpiará el rastro de sangre. Y al terminar este inquietante relato, el espectador saldrá del cine aliviado al comprobar que solo fue una fugaz pesadilla, que la vida a su alrededor vuelve a la calma, a su reconocible cotidianidad. El infame recuperará aliento y el currante seguirá soñando su tierra prometida. Duelen menos y se olvidan antes los crímenes lejanos que las afrentas domésticas. En el fondo, lo que el pueblo desea es dormir caliente, ajeno al aciago eco del extrarradio. Despotrica hoy contra el teatro del que mañana arderá en aplausos, inocente de su soterrada maquinaria.

Adenda

Mientras tanto, que siga el espectáculo, afile el soberano sus dientes de plástico y bailen los bufones su danza macabra sobre la tumba abierta de sus víctimas. Apuren el momento; a lo lejos el mar acorta su rabia y ya no habrá excusa sobre la que amansar nuestra perplejidad. Solo ahora, al amargo calor del carnicero podrá oírse nuestro llanto, aunque no lo dudéis: no hace el balar del cordero menos afilada la hoja de su verdugo. 

* La imagen reproduce la pintura Una víctima de la sociedad, de George Grosz.
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Hitchcock (Sacha Gervasi, 2012)



Es de esperar que ningún cinéfago se resista a la tentación de ver esta película, no tanto porque espere encontrar detalles biográficos nuevos sobre el maestro del suspense cuanto por recuperar el regusto que deja en su memoria fílmica los ecos de un buen puñados de películas. No en vano, al terminar de ver Hitchcock le entran a uno ganas incontenibles de revisitar Psicosis, o cualquier otra de las delicias audiovisuales del realizador británico. La película de Gervasi opera a modo de detonante en la curiosidad del neófito y de aperitivo suave (que antecede al primer plato) para el espectador curtido en horas de metraje.

Hitchcock es una cinta sin pretensiones. No aspira a excelencias mayores que ofrecer una sencilla crónica de las desventuras que rodearon el rodaje de Psicosis y un micro biopic sobre los intersticios psicológicos de genio artístico. Pero todo ello sin mucho aspaviento ni lecturas complejas. La trama fluye con soltura y el tiempo pasa ligero para el espectador sin prejuicios ni aspiraciones. Aún teniendo cierta cultura cinéfila, agradeces la pintura naïf del protagonista sin rechistar.

Como biopic, Hitchcock no aporta nada nuevo. Reproduce el esquema básico que asocia genialidad con disfunciones psicológicas, pero sin cargar tintas en el conflicto; todo dentro de un retrato creado con pinceladas discretas, en ocasiones caricaturescas, que piden la empatía del espectador y su complicidad cinéfila, pero le evitan entrar en la categoría del drama. La aspereza y el cinismo sagaz del maestro son trazadas con suavidad; quedan tras los títulos de crédito finales como un retrato venial que demuestra la benevolencia de Gervasi hacia quien de seguro venera como director y a quien se retrae a diseccionar con crueldad.

Se queda uno con ganas de apreciar la dicción de Hopkins en su versión original, disfrutas con la excelente interpretación de Mirren en el papel de sufrida esposa y paseas con placer por unos secundarios más que decentes, bien caracterizados, aunque sin perfilar apenas. Y poco más. Hitchcock es tan solo un macguffin que opera a modo de dopamina en manos del cinéfilo insobornable. Estimulará tu hambre de cine, pero dificilmente le harás hueco en tu cineteca de imprescindibles. Nada más pretendió Gervasi y nada más te llevas.
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