Otro PSOE es posible




En los estertores de campaña, tres socialistas apelaron al orgullo y al pasado del partido como única estrategia que, a su juicio, conseguirá frenar la inevitable catástrofe electoral en Andalucía. “Estamos orgullosos de lo que hemos hecho estos 30 años en Andalucía”, afirma Rubalcaba. La campaña en Andalucía cerró con dos únicos comodines: recurrir al pasado glorioso y apelar al miedo a perder derechos. Este es el resumen sucinto de nuestro discurso electoral y, por extensión, nuestra estrategia a nivel nacional. Pura y dura ofensiva naif, ningún atisbo de ideas frescas con las que contrastar el discurso conservador.

Vuelve el relato guerrista del “¡que viene la derecha!". Quizá décadas atrás este recurso al miedo atávico a una derecha rancia tuviera su hueco en el imaginario ciudadano, pero ya no funciona. Es más, molesta; porque se intuye que tras ese tirar piedras y piedras sobre el tejado del vecino solo se confirma la incapacidad de generar un discurso propio.

Exclamó Felipe González en Córdoba: “No quiero que Andalucía entre en la rueda, en la trituradora del conservadurismo que nos va a meter en la crisis diez años más; quiero que la resistencia con una oferta alternativa se produzca en mi tierra”. Bien, y ¿cuál es esa alternativa, señores barones?, ¿cuál? Aún estamos esperando los militantes encontrar en los textos congresuales algo más que quejas, reproches y retórica escolástica. ¿Dónde están las ideas? La militancia tuvo que asistir con impotencia a un proceso congresual a ritmo de tweet, sin la posibilidad de una cocción lenta, que contase con la participación real de las bases en la construcción de un discurso de futuro. No hubo debate, solo nerviosismo por cerrar esta transición sin ruido ni dialéctica. Y todo ello para después dejar el cartel con los mismos diestros en la arena central. Durante todo este tiempo, se ha estado vendiendo a la militancia un discurso renovador, empático con los signos de los tiempos, pero solo de boquilla, fruto de una mera estrategia de maquillaje. 

Por favor, hagamos por una vez autocrítica. El reclamo al orgullo socialista y al miedo a la derecha, además de insultar a la inteligencia de la militancia, se revelan como estrategias inútiles. La propia militancia es escéptica a los cantos de sirena que declaman los barones; no acaba por ver gestos de verdadera generosidad política en el aparato del partido.

Vivimos aún de las rentas del pasado. Ya está bien. Construyamos un socialismo del siglo XXI. Hablemos de cómo aplicar los valores que fundamentan nuestra ideología a estos nuevos tiempos. Apliquemos la autocrítica como impulso para proyectar nuestro discurso hacia el futuro; relatemos alto y claro los errores que no queremos repetir y afirmemos con rotundidad las nuevas ideas que debemos aplicar. 

No se gana Andalucía o Asturias de esta forma. Es mediocre e ineficaz. Desde que perdimos las elecciones, nuestro discurso nacional se basa en meter miedo al ciudadano y en recurrir al pasado como reserva de nuestra esclerosis interna. Una estrategia conservadora y autocomplaciente.

El PSOE aún está compuesto en su mayor parte por una generación deudora del discurso y la organización interna ochenteros. La generación joven -de 30 o 35 años en adelante- es aún minoritaria y no ejerce poder interno, aunque sí tiene ideas reformistas y voluntad de servicio al partido. La vieja guardia se atrinchera en su palacio, incapaz de ceder responsabilidad y poder a los más jóvenes; es más, ni siquiera les escucha. Utilizan su discurso como estrategia electoralista, pero a la hora de la verdad la estructura y toma de decisiones sigue siendo la de antaño. Con la militancia, pero si la militancia; he ahí su lema.

Si algún miembro del aparato del partido escuchara estas palabras, no dirigiría su mirada a mi discurso, no. Simplemente sospecharía que detrás de él se esconden oscuras intenciones, búsqueda de poder y demás maquiaveladas; o peor, que soy un ingenuo o un charlatán, o un inconsciente que hiere lo que debiera amar. Esta es la regla de oro del barón socialista y del perfecto medrador: sospechar del compañero, observarle como futuro oponente, como enemigo interno. El jueves asistí a un acto de mi Agrupación Local y en los prolegómenos charlé con algunos compañeros (ciertamente, el momento más interesante en estos eventos). Me presentaron a una militante de 23 años, universitaria, preparada, aunque sin tiempo que dedicar al partido. Unos días atrás recibió una de las escasas llamadas -por no decir la única- que ha recibido desde que está afiliada al partido. El interlocutor la animaba a asistir a la Asamblea y votar a favor de su lista de delegados. Ella, ilusionada por ser tenida en cuenta, asistió sin rechistar a la Asamblea y, supongo, votó convencida de estar sirviendo a una causa superior; no lo sé y tampoco importa para esta historia. Tan solo pretendo ilustrar el papel pasivo e instrumental que en estos momentos tiene el militante socialista dentro del partido. 

El debate interno no importa; lo realmente relevante es la consecución de cuotas de poder. Nada más. Y el fracaso electoral no ha hecho sino dilatar el miedo a perder sillón. La generosidad y la escucha brillan por su ausencia. Y lo peor no es que los que ya detentan poder dentro del partido se atrincheren, no; otros muchos esperan, como hienas, cubrir el espacio que dejarán los cadáveres políticos.


El perfil socioeconómico del actual militante dista mucho de ser aquel que caracterizaba al socialista primigenio, e interesa que así siga siendo. La formación interna es elitista o inexistente. Quien entra en el partido, debe hacerse hueco a base de codazos y sonrisas. El socialista sencillo -menos aún el iletrado- cuenta poco más que para la pegada de carteles y el voto ocasional. De las ideas, ni hablemos. Los egos preceden al discurso.


Castas familiares burguesas detentan el poder del partido en Extremadura. La voz del ciudadano medio, trabajador, con problemas laborales, voluntad vindicativa y espíritu de equipo es ninguneada, aunque en épocas de elecciones se aprovechan de él para vender una imagen idealizada del partido. Y si no observen la instrumentalización ideológica que en estos días está haciendo el PSOE del sindicalismo como germen de los valores eternos del socialismo patrio.


El cambio estructural que el PSOE necesita está aún por ver, y al paso que vamos no es previsible que vaya a tener abrigo en un futuro próximo. Pero si éste sucediera, vendría de la mano de la militancia, se gestaría de abajo arriba, a la luz del poder de la ciudadanía, otorgándose a sí misma la legitimidad que solo a ella pertenece. El discurso humanista de Marx regresa, pero para hablar duramente a los propios socialistas, que han convertido la casa del pueblo en meras oligarquías políticas.

Ramón Besonías Román

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